Artículos‎ > ‎

Indisdciplina partidaria la columna de Hoenir Sarthou: OCTUBRE

publicado a la‎(s)‎ 9 oct. 2014 15:37 por Semanario Voces

La premisa de esta columna –y de la de la semana pasada- es que un considerable número de personas de izquierda, militantes y/o votantes históricos del Frente Amplio, han –hemos- resuelto no votar al Frente en octubre.

Es una decisión difícil y dolorosa, lo aseguro.

¿Cuál es el motivo?

No creo que haya un motivo único, ni que los discrepantes conformemos un bloque monolítico. Pero la mayoría ve con preocupación a algunos de estos hechos: el excesivo privilegio a la megainversión extranjera, a los dueños  de la tierra y al capital financiero; la sorprendente complacencia con las recomendaciones y mandatos de los centros de poder mundial, incluidos los EEUU;  el fracaso de las políticas sociales y educativas para revertir la fragmentación social; el surgimiento de casos de corrupción y abuso silenciados u ocultados desde el gobierno y el Parlamento (Casinos, PLUNA, ASSE, SIRPA); el secreto que rodea a asuntos como Montes del Plata, Aratirí y la regasificadora; la sistemática relación pública de los gobernantes con personajes muy cuestionados, como López Mena, Paco Casal y Julissa Reynoso, entre otros.

No se trata de radicalismos locos, ni de exquisiteces teóricas. Esos hechos contradicen groseramente lo que fue el origen mismo del Frente Amplio, su razón de ser.  ¿Acaso no era un frente popular, nacional, antioligárquico y antimperialista?

La disidencia “por izquierda” ha sido ignorada por la cúpula frenteamplista, que durante diez años se ha negado a discutir y aun a explicar su viraje ideológico. ¿Cómo extrañarse entonces de que haya gente de izquierda decidida a votar en blanco, o a anular el voto, o a votar a alguna de las opciones de izquierda no frenteamplista?

Sin embargo, la sola mención en las redes sociales, o en rueda de amigos, de que uno no va a votar al Frente genera tormentas: desde el amigo preocupado que intenta disuadirlo a uno con afecto y respeto, hasta el intolerante que lanza con ligereza palabras fuertes, como “traidor” o “vendido”, pasando también por quien reconoce todas las críticas a los gobiernos del Frente pero admite que no puede imaginarse a sí mismo votando otra cosa.

Hay -¿cómo negarlo?- un importante sector de frenteamplistas que, pese a que tiene dudas sobre la gestión del Frente, igualmente piensa votarlo. No están entusiasmados. Les pesa el afecto hacia la opción política que abrazaron de jóvenes, el temor al retorno de blancos o colorados, la tradición, las banderas, el ansia de triunfo, la esperanza de que aquello que les disgusta sean “errores”, la fe en que “todo mejorará si seguimos confiando”, la inseguridad respecto a qué otra opción tomar.

Dicen que  Albert Einstein dijo algo así como “Locura es hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes”. En otras palabras, seguir votando como desde hace cuarenta años no hará que el Frente cambie. Al contrario, reforzará las características que ha ido adoptando.

A veces me pregunto si son más dañosos para el Frente Amplio quienes permiten que siga por el camino en que va, o quienes quieren darle un sacudón que lo obligue a revisarse.  

Desde el oficialismo se esgrimen tres grandes argumentos para reclamar el voto.

El primero es el catastrofismo: “¿Vas a dejar que vuelva la derecha? ¿Le vas a regalar el gobierno al “Cuquito”?”.

Ese argumento es falso. Para octubre, blancos y colorados, sumados, no reúnen la intención de voto de la mitad del cuerpo electoral. Ninguno tiene la posibilidad de ganar en primera vuelta. Al parecer, nadie la tiene. La elección de octubre será una elección de parlamentarios. El presidente se elegirá en noviembre, en segunda vuelta. Allí se definirá quién habrá de gobernar y de qué “pelo” serán los ministros. ¿Por qué anunciar catástrofes y sembrar alarma ahora, entonces?

A lo sumo se podrá decir que en octubre se definirá la correlación de fuerzas entre blancos, colorados y frenteamplistas (yo agregaría también a los “independientes”) en el Parlamento. Pero ya veremos que eso no es necesariamente así.

El segundo argumento oficialista es que el país ha crecido materialmente durante los gobiernos del Frente.

Lo que ese argumento no percibe es que no todos estamos de acuerdo con el modelo de “crecimiento” adoptado. El crecimiento que sirve a las estrategias del gran capital transnacional, el que le da el control de la sociedad al capital financiero, el que afecta el medio ambiente, el que se apodera de recursos naturales irrecuperables, el que somete, corrompe y endeuda al Estado, el que exige privilegios, exoneraciones tributarias, puertos, zonas francas, leyes a la medida, inversiones estatales carísimas, el que a la larga deja poco y nada, el que no genera un tejido social integrado, es un crecimiento que no sirve. 

El tercer argumento es que los trabajadores y los pobres están mejor con los gobiernos del Frente.

Es cierto. Los trabajadores que están respaldados por sindicatos fuertes  ganan más, gracias a los consejos de salarios. Y los pobres cercanos a la marginalidad reciben beneficios que con otros gobiernos no recibían.

Pero también es cierto que la mitad de los trabajadores gana menos de $15.000. Y que los beneficios otorgados a los más pobres, tal como están concebidos, alejados de un proceso educativo y laboral integrador, no logran romper el círculo perverso de la marginalidad cultural. Más bien lo consolidan.

De todos modos, veremos que las cosas positivas que se hayan instrumentado en estos años no tienen por qué desaparecer por el hecho de  que no se vote al Frente en octubre.

Fuerza es analizar ahora las opciones que se nos presentan a los frenteamplistas discrepantes “por izquierda” en octubre (noviembre es otra cosa, de la que ya hablaremos cuando llegue el momento).

Más allá de matices, se presentan dos grandes opciones: 1) no votar a ninguna lista ni partido (abstención, voto en blanco, o voto anulado); 2) votar “estratégicamente” a alguna de las listas de izquierda no frenteamplistas.

Las dos posibilidades tienen ventajas y desventajas.

Abstenerse, votar en blanco, o anular, entronca con la vieja tradición limpia y principista de la izquierda y es una forma de enviar un mensaje removedor al sistema político, en particular al Frente Amplio y a la cultura de izquierda. Podría ser leído como un reclamo de refundación de la izquierda.

Como desventaja, se le objeta que es un mensaje impreciso y que no contribuye a evitar el ingreso de legisladores blancos o colorados al Parlamento. Pero, claro, eso último no es culpa del votante, sino de las fuerzas políticas que son incapaces de representarlo. Sostener lo contrario sería invertir la lógica democrática, poner la carreta delante de los bueyes.

El voto “estratégico”, a las opciones de izquierda extrafrentista, en la medida en que puede hacer entrar al Parlamento a algún diputado de una izquierda hasta ahora no representada, contribuye a evitar que ingresen más parlamentarios blancos o colorados y abre  la chance de que se oigan en el Parlamento voces nuevas. Es de suponer –y de exigir- que, en caso de gobernar el Frente, ese eventual parlamentario apoye las propuestas de sentido popular y se oponga a aquellas que no lo son. Una voz de ese tipo ha hecho falta en los últimos años, en que la obediencia y la “mano de yeso” ha sido la práctica constante de todos los legisladores frenteamplistas.

Como desventaja, la opción “estratégica” obliga al votante a apoyar con su voto a una lista partidaria que tal vez no le genere plena confianza ni refleje íntegramente su pensamiento. Pero partimos de la base de que votar al Frente también violentaría sus convicciones.

No es mi intención decirle a nadie lo que concretamente debe votar. Me sentiré satisfecho si acaso este breve análisis ayuda a alguien a definir su voto según su propio criterio. Yo también me decantaré por una de esas dos grandes opciones en base al juego de razones que acabo de compartir.

En el fondo, lo que se vote no es lo más importante. Lo importante es que, en ámbitos de izquierda, por primera vez en muchos años, las cabezas están empezando a desafiar a las rígidas lealtades partidarias. Basta ver los debates virtuales (esa nueva plaza pública que nos depara la tecnología) para percibir que las viejas disciplinas partidarias tienen los años o los días contados. Es cuestión de tiempo, ideas y coraje.      

 

 


Comments