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Kant, mi abuelita y Ana Olivera

publicado a la‎(s)‎ 10 may. 2010 20:23 por Semanario Voces   [ actualizado el 10 may. 2010 20:27 ]
Voto departamental en blanco


Hace más de doscientos años, el filósofo Immanuel Kant propuso su célebre regla para actuar conforme a la ley moral: “Obra de tal modo que puedas querer que la máxima de tu conducta se convierta en ley universal”.

La idea parece simple pero tiene lo suyo. Significa que una conducta será moralmente válida si podemos considerar positivo que se generalizara, es decir que todo el mundo la adoptara.

Hace más de cuarenta años, cuando con mis amigos molestábamos a los vecinos jugando al fútbol, o rompíamos un vidrio de una pedrada, o cuando me pasaba la tarde jugando a la bolita y no hacía los deberes, mi abuelita, meneando la cabeza, me decía: “Ay, m´hijito, ¿te pusiste a pensar en lo que pasaría si todos hiciéramos lo mismo?

Lo de mi abuelita me causaba perplejidad. No tanto porque me intrigara saber si ella había leído a Kant (ninguno de los dos teníamos idea de quién era Kant), sino porque me costaba mucho imaginármela jugando a la bolita con aquellas polleras de paño oscuro. Por otra parte, un mundo en el que todos jugaran al fútbol o a la bolita la tarde entera, sin hacer los deberes, me parecía el mejor de los mundos posibles. En fin, sospecho que Kant se habría decepcionado si me hubiera conocido.

Lo cierto es que Kant y mi abuelita estaban de acuerdo en que, para saber si estamos haciendo lo correcto, hay que imaginarse qué pasaría si todos hiciéramos lo mismo.

 

MontevideANA

Tras veinte años de gobierno frenteamplista en Montevideo, hay mucha gente desconforme y diversas razones para estar desconforme.

Hay quienes se quejan de la recolección de basura, del estado del pavimento y de la iluminación de las calles. Otros están enojados con la estructura orgánica frenteamplista por la forma en que impuso la candidatura de Ana Olivera o porque impidió la de Daniel Martínez. Otros simplemente están enojados con la estructura frenteamplista, así, a secas. Muchos están molestos por lo que consideran una excesiva contemplación ante las exigencias de ADEOM. Otros reprochan el aumento de los tributos o la excesiva burocracia y hay quienes sospechan episodios de corrupción. En síntesis, veinte años de gobierno generan desgaste.       

Sea como sea, el Frente parece haber perdido votos para estas elecciones. Algunos son de gente que votará a blancos o a colorados. Pero eso no es lo más significativo. Lo más significativo es que muchos frenteamplistas de toda la vida, gente que se cortaría la mano antes de votar a blancos o a colorados, se dispone a votar en blanco.Es su forma de hacerle saber a la dirección y a la orgánica frenteamplista que algo tiene que cambiar.

Confieso que llegué a sentirme tentado a hacer lo mismo. De alguna forma, la condición de militante de izquierda lo predispone a uno a la rebeldía. Con independencia de las virtudes de la candidata, ¿hasta cuándo creerá la dirigencia del Frente que podrá seguir imponiendo lineazos desde arriba y cerrando los ojos ante los errores?

Después, una voz empezó a sonar en mi oído o en mi conciencia. “¿Estará bien que hagas eso?”, me decía. “¿Qué pasaría si todos hiciéramos lo mismo?”

No sé si era la voz de Kant o la de mi abuelita, pero me hizo recordar que uno debería votar en la forma en que desearía que lo hicieran todos, como si de nuestro voto dependiera el resultado de la elección. Y eso me hizo notar la falla conceptual del voto en blanco para esta elección: es un voto que especula con –y depende de- que mucha otra gente vote igualmente al Frente para que éste conserve la Intendencia. Porque, ¿qué pasaría si todos los frenteamplistas votáramos en blanco? Es simple: la Intendencia y la Junta Departamental de Montevideo pasarían a manos de los blancos o de los colorados. ¿Es realmente eso lo que quieren quienes votarán en blanco? Me atrevo a apostar que no.

 

MENSAJE

En realidad, el grueso de los posibles votantes en blanco desea enviar un mensaje a la dirección y a la orgánica del Frente. Un mensaje que dice, “Estamos desconformes; así no va más”. Pero no desean que el Frente pierda la elección. El problema es que ese voto no resiste la prueba de la generalización, tan cara a Kant y a mi abuelita. Es un voto que apuesta a su propio minoritarismo, porque no puede proclamarse como la mejor opción para todos los uruguayos.

Me he encontrado con alguno y alguna que, al hacerle esa objeción, ha respondido que no le importa, que está dispuesto/a a que el Frente pierda el gobierno departamental por un período si eso es necesario para que el mensaje llegue. Pero, al preguntarle a esa misma gente si harían el mismo razonamiento para una elección nacional, respondieron alarmados: “Ah, no, una elección nacional no se las facilito a los blancos y a los colorados ni loco/a”.

Desgraciadamente, el resultado de la elección departamental de Montevideo es un mensaje casi profético para el futuro del país. Al menos lo fue en 1989. Porque ganar el gobierno de Montevideo fue el preanuncio de que el Frente sería gobierno nacional. ¿Estamos dispuestos a lanzar la profecía en sentido inverso? ¿Estamos dispuestos a enviarle a todo el país el mensaje de la declinación del Frente en el que siempre ha sido su principal baluarte?

En conclusión, probablemente la mejor forma de manifestar disconformidad con la interna frenteamplista habría sido evitar la candidatura única, presentando otras candidaturas. Seguramente eso ocurrirá en la próxima elección, a menos que surja un nombre capaz de generar consensos.

Mientras tanto, la dirección y la orgánica frenteamplista cargan con una pesada responsabilidad. La de entender que las cosas han llegado demasiado lejos. Que los lineazos y los “yesos” no pueden seguir para siempre. Que, a falta de consensos, es mejor que las cosas se diluciden democráticamente, por medio de varias candidaturas. Al fin y al cabo, ese fue el camino que se siguió en las últimas elecciones internas, y no dio mal resultado.

>> Por Hoenir Sarthou

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