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LA ATMÓSFERA EN QUE VUELAN LOS ANGELES DE LA MUERTE Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 22 mar. 2012 13:45 por Semanario Voces
 

 

 

 

Edgar Allan Poe, que inventó un hotel dirigido por asesinos y escribió pesadillas de emparedamientos y enterrados vivos, no habría podido imaginar algo más siniestro.

Dos enfermeros (la prensa los ha bautizado “los ángeles de la muerte”) se dedicaron durante más de dos años a matar sistemáticamente a pacientes internados en el hospital Maciel y en la mutualista Asociación Española. Las muertes comprobadas hasta el momento son dieciséis, pero en ámbitos policiales y judiciales se sospecha que podrían ser más de cincuenta.

Es innecesario detallar el horror del caso. Porque todo asesinato indigna y conmueve, pero, que se cometa contra personas  indefensas y confiadas, en el lugar al que fueron con la esperanza de recuperar la salud y  la seguridad de que iban a ser cuidadas, es simplemente pavoroso.

 

UN CASO EXTRAÑO

Los móviles (motivos) de los asesinos todavía no están claros. Se especuló al principio con la piedad, pero la edad y estado de salud de algunas de las víctimas llevó a descartar esa posibilidad. A partir de allí se dispararon en la opinión pública otras hipótesis, que van desde negocios tenebrosos, como la venta de órganos, hasta un “complejo de Dios”, que afectaría a los asesinos y habría generado entre ellos una patológica competencia por ver quién mataba a más gente, sin descartar incluso razones más prácticas, como la de eliminar a pacientes que daban mucho trabajo. En rigor, tampoco se sabe si los dos enfermeros actuaban exclusivamente por su cuenta y si contaban o no con cómplices, como la mujer que fue procesada por encubrimiento (los asesinos seriales rara vez actúan en sociedad y no suelen tener cómplices). Nada de eso está claro por el momento y habrá que ver si la investigación logra esclarecerlo.

De todos modos, lo poco que se sabe alcanza para ponerle a uno la carne de gallina. El caso tiene otros aspectos que lo vuelven aun más inquietante para todos. Por un lado, el hecho de que los responsables fueran al menos dos personas impide la tranquilizadora afirmación de que “bueno, fue un caso único de locura y por suerte lo descubrieron”. Por otro, el que haya ocurrido a la vez en dos instituciones, una pública y otra privada, además, transmite la fuerte sensación de que “nadie está libre”.

 

SIEMPRE LA POLÍTICA

Ya se inició la clásica busca de responsabilidades políticas. Por supuesto, el Ministerio de Salud Pública será llamado a sala por el Parlamento y los directores y jerarcas de las instituciones afectadas seguramente serán investigados. La oposición afirma –con razón- que fallaron los controles y el gobierno probablemente no tendrá más remedio que entonar un prudente “mea culpa” y comprometerse a extremar los controles en el futuro.

Todo eso está bien y es indispensable que –por las razones que sea- el sistema político y el sistema institucional se vean sacudidos por los hechos y  reaccionen.

Sin embargo, en algún rincón de todas las mentes existe la oscura sensación de que esta clase de casos no se explican sólo por la falla de los controles institucionales y –lo que es peor- que no se previenen sólo con controles institucionales.

¿Cómo es posible que los dos asesinos actuaran durante años sin ser notados? ¿Cómo no lo percibieron los médicos? ¿Cómo no sospecharon sus compañeros de trabajo? ¿Cómo no se dieron cuenta los familiares de las víctimas, o, si se dieron cuenta y se quejaron, nadie les hizo caso?

 

LA ATMÓSFERA EN QUE VUELAN LOS ÁNGELES

Uno no puede menos que sospechar que mucha gente tiene que haber tenido razones para desconfiar o para tener la certeza de que algo andaba muy mal. Se sabe ahora que, en el año 2011, en uno de los CTI afectados se habían triplicado los fallecimientos. Pero, incluso sin ese dato, en cualquier lugar de trabajo, la gente sabe cuando todo anda normal o cuando ocurren cosas raras. Lo sabe y sabe quién anda en algo raro y quién no.

Por eso es que, más allá de las responsabilidades formales y de las medidas de investigación y control, que son indispensables, cabe preguntarnos qué pasa en la sociedad uruguaya para que hechos como éstos ocurran sin que “suene la alarma”, sin que los controles informales, esos controles horizontales que todos ejercemos sobre todos, nos alertaran a tiempo.

El de la salud no es un caso aislado. Hace algún tiempo se supo de un fiscal que asesoraba a narcotraficantes y hace menos tiempo de una juez que se hacía librar y cobraba órdenes de pago contra depósitos de dinero confiscado. Así como de una jerarca de un establecimiento del INAU que prostituía a las adolescentes internadas. Y ni hablar del decaecimiento del sistema educativo, que se ha venido produciendo desde hace muchos años ante la vista y paciencia de los mismos educadores.

¿Por qué estas cosas ocurren en ámbitos de trabajo colectivo y por qué tardan tanto en descubrirse?

 

LA CULTURA DE LA INSOLIDARIDAD

Una hipótesis posible es la de que la sociedad uruguaya vive desde hace tiempo sin mística colectiva.

Fuera del entusiasmo con la selección de fútbol, es difícil encontrar algo que nos galvanice, nos de ese entusiasmo colectivo imprescindible para que todos queramos que las cosas nos salgan bien.

La consecuencia de la falta de mística es el descreimiento. Una suerte de pérdida de autoestima colectiva, por la que se termina perdiendo el interés y el entusiasmo en la propia tarea. Cada uno se encierra en sus intereses y pone en lo colectivo sólo el esfuerzo mínimo necesario para no ser sancionado. Ni hablar de preocuparse por la responsabilidad de los que trabajan al lado o por lo que salga mal en el lugar de trabajo.

El discurso “de los derechos”, la insistencia en los derechos de cada uno, que se ha impuesto en los últimos veinte años, no es ajena a ese clima colectivo. Porque los derechos, aunque son indispensables, deben estar necesariamente unidos a obligaciones y a proyectos en común.

Nadie se inflama de entusiasmo por derechos o intereses individuales de otros. Sólo las causas comunes, el orgullo de participar en la construcción de una sociedad más justa, más educada, más sana, más segura, pueden devolvernos el entusiasmo y hacer que cada uno ponga lo mejor de sí para que las cosas “salgan bien”.

Está bien, entonces, que se apliquen controles institucionales. Pero la verdadera forma de prevenir situaciones dramáticas, como la que ahora nos perturba a todos, es recuperar el orgullo de hacer cosas en común. Cosas que no son necesariamente heroicas. A veces pueden ser que un hospital o un liceo funcionen bien, que los pacientes sean bien atendidos y los alumnos educados.

No es tarea fácil. Pero imagino que la cosa empieza por dejar de pensar tanto en los derechos propios y pensar un poco más en objetivos comunes y en obligaciones propias.

Una tarea cultural, sin duda. Que, para variar, tiene mucho que ver con la educación. 

 

 

 

 

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