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La ciudad fragmentada

publicado a la‎(s)‎ 30 abr. 2010 17:04 por Victor Garcia | Semanario Voces

Montevideo fue una ciudad integrada. Se la ha descrito ahora como la yuxtaposición de una ciudad del primer mundo (la zona costera-este) y una del tercero (tejidos intermedios y primera y segunda periferias (zonas norte y nor-oeste)

 

El Montevideo que fue.

Las clases medias primaban en su población. Si una familia debía elegir un barrio para vivir, todos le estaban abiertos y la opción dependía de afinidades y preferencias. No había restricciones la elección y ésta se hacía limitada por los precios de la oferta y motivada por razones de vecindad, la calidad de la Escuela Pública en el lugar, la proximidad al trabajo o facilidades de accesibilidad.

La gente de clase media solía preferir la Ciudad Vieja, el Prado, el Buceo, Sayago o Colón, Parque Rodó, Hipódromo, Aguada, Malvín. Las familias de clase medio-alta, elegían Pocitos, Parque Batlle, Carrasco o Colón (en las hermosas casas-quinta). Las familias obreras, de clases medias bajas, posiblemente eligieran el Cerro, La Teja, las zonas industriales en torno a la antigua Veracierto (hoy Hipólito Irigoyen). Había clases pobres: los que vivían en los conventillos de la Ciudad Vieja o el Barrio Sur y Palermo y en algunas zonas periféricas.

El centro, usado por todos los ciudadanos, quedaba entre las Plazas Matriz y el Gaucho y era sitio ceremonial, área de paseo y encuentro. En aquel Montevideo anterior a los años ’50 la mayor parte de los niños asistían a escuelas públicas, de túnica blanca y moña azul que no hacían visible la condición económica de la familia de origen. Las casas no se enrejaban.

 

La Fragmentación

Procesos no controlados ni administrados, alteraron radicalmente esa realidad en la segunda mitad del siglo XX. Si bien no existen inhibiciones formales para que un ciudadano elija cualquier barrio para vivir, la ciudad se ha subdividido en áreas diferenciadas. Su tejido básicamente abierto ha adquirido formas cerradas, verdaderos enclaves. La Intendencia de Montevideo no ha permitido los barrios cerrados (puertas controladas, muros y alambradas) y éstos crecieron en el área metropolitana. Los barrios informales de distinto nivel carecen de muros o alambradas que los cierren, pero no es obvia la entrada en ellos.

Las decisiones respecto al uso del suelo de la Intendencia de Montevideo y las inversiones públicas y privadas cimentaron la diferenciación del precio de la tierra (función de las normas, la implantación del lote, de infraestructuras, servicios, accesibilidad y otros factores producto de acciones y consensos sociales). Se produjeron a la vez la limitación de la oferta de tierras y la diferenciación en la calidad de los servicios: la elevación del precio de la tierra fue consecuencia de esas normas y acciones. Los pobres debieron buscar terrenos fuera de Montevideo, en los departamentos linderos. Nacía el área metropolitana.

También se produjeron cambios en el poder adquisitivo de las familias. Los extremos se alejaron: los ricos fueron más ricos y los pobres mucho más pobres. Las clases medias se empobrecieron progresivamente y se sumaron a los sectores pobres. Las posibilidades de compra de tierra estratificaron y diferenciaron los sitios de posible radicación. Los que no pudieron acceder a ella, la ocuparon, a la vista de todos, ante la inactividad de los responsables municipales de gestión y contando con la frecuente complicidad de políticos en la identificación y organización de las invasiones de tierras.

La ciudad se fue transformando: áreas ricas, donde no viven pobres, favorecidas por la gestión y la calidad de actuaciones públicas y privadas y áreas pobres, donde no viven ricos, cuya condición resulta totalmente inaceptable como tejido urbano por su naturaleza y carencias. Entre ellas, áreas intermedias. Algunas, empobrecidas, carentes de estímulos, renovación o mantenimiento, en procesos de despoblación y tugurización. Otras, sobreviviendo, en algunos casos férreamente imposibilitadas de cambio por criterios gubernamentales de preservación a ultranza de su paisaje (la Ciudad Vieja, por ejemplo). Otras, cambiando con pujanza por circunstancias no previstas (por ejemplo el centro comercial de Goes).

La cultura urbana en las zonas ricas es distinta de la de las áreas pobres. Son diferentes los medios de vida, la calidad de la misma, la oferta de educación y salud, las formas de transporte, la calidad de los espacios de uso público y las formas de vínculo de la población con ellos, la forma de vestirse, las opciones de esparcimiento de niños  y adultos (comparar el paisaje y las vivencias urbanas de las Avenidas Arocena y Belloni).

Los ricos no entran en las áreas pobres y menos aún en las muy pobres. Hace pocos días un candidato a Intendente me dijo que había entrado – por primera vez - en el asentamiento que se extiende sobre la orilla del Arroyo Malvín, a dos cuadras de Avenida Italia y que no podía creer cómo vivían allí los uruguayos. Nadie pasea por los cantes para ver como son y como vive allí la gente (el sanitizado nombre de “asentamiento” siempre me rechina). Los pobres sí transitan por los barrios ricos en carritos, bicicletas o a pie, a menudo con niños. Son perfectamente distinguibles por su vestimenta y las actividades que desempeñan, ligadas a la recolección de basura y a distintos tipos de  mendicidad más o menos creativa: “cuidadores” de autos, limpiavidrios, malabaristas y mujeres y niños – aún muy pequeños – pidiendo directamente dinero en muchas esquinas.

No los miramos, a menos que se impongan a través de la insistencia de sus demandas. Y que cuando los vemos, atendemos poco a su flacura – a veces extrema - y su suciedad, a que suelen estar descalzos o con calzado obviamente ajeno, expuestos a las inclemencias del sol y la lluvia, desabrigados en invierno.

Los uruguayos que “vivimos formalmente” (formalidad: de acuerdo con las normas y costumbres sociales) pasamos al costado de realidades que no sabemos como encarar, y seguimos adelante con nuestros quehaceres, sin conmovernos y sin mayor remordimiento. Nos molesta la presencia de los pobres en la ciudad rica y sus huellas: los carritos tirados por sufridos caballos, los desparramos de basura alrededor de los contenedores, los mendigos (a los que no llamamos por ese duro nombre) y su insistencia a veces agresiva. Poco nos motiva a actuar la vista de  un niño entrando o saliendo de los contenedores de basura. ¿Será indiferencia o un sentimiento compartido de impotencia frente a la dimensión del fenómeno? El efecto es el mismo.

Hoy sabemos que el mirar para otro lado no nos libra de los efectos demoledores de vivir en una ciudad fragmentada. Las violencias de todo tipo son su expresión. Las rejas y la represión, respuestas insuficientes.

 

Preguntas y desafíos

¿Cómo reintegrarnos? ¿Cómo hacer esa integración partiendo de que “los otros” son ciudadanos uruguayos de pleno derecho, a los que cabe ayudar con los mismos criterios que si hubieran sido llevados a esa condición por una catástrofe natural, en vez de por políticas de gestión urbana? ¿Cómo asegurarnos de que esos uruguayitos no van a crecer rebuscando en contenedores de basura? ¿Cómo recuperar la convivencia en los espacios comunes – la red vial, calles y aceras, calles, plazas, espacios destacados? ¿Cómo erradicar la violencia de los institutos de enseñanza media? ¿Cómo prepararnos para recibir compatriotas provenientes de la pobreza – y su cultura - para su realojo en barrios consolidados?

Es el gran desafío del hoy. Convoca a la responsabilidad y la solidaridad. Como ciudadanos tenemos derechos y deberes. Éstos trascienden el mero hecho de votar cada cinco años. El conflicto es un problema de gestión pública, pero no es sólo tarea del Estado. Sólo con participación efectiva y compromiso de toda la sociedad estaremos en condiciones de encontrar y posibilitar soluciones válidas. Algo así hizo, en su momento, José Pedro Varela: partiendo de una cultura que dirimía a cuchillo y lanza las divergencias, abrió camino a una sociedad nueva por la vía de la integración a través de la educación pública, laica, gratuita, obligatoria, dispuesta al cambio.

>> por Isabel Viana 

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