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LA CONSTRUCCIÓN DEL ENTUSIASMO CIVIL Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 12 jul. 2013 9:22 por Semanario Voces
 

¿Qué medida análoga ha encarado Uruguay a la construcción de los 22 kms. de rambla en Montevideo? Cuando el país encaró esa obra, la riqueza, se dice, pertenecía a los copetudos de riñón cubierto, avaros y explotadores como pocos en el mundo. Aparte de la producción agropecuaria, desde el punto de vista industrial, Uruguay apenas exportaba adoquines para las calles de Buenos Aires, y, por supuesto, lana, cueros y carne apenas procesada. No producíamos soja, ni trigo, ni arroz, ni envasábamos caviar del río Negro, ni cosechábamos olivos, ni enviábamos arándanos al norte. No éramos, como hoy, una referencia en la producción de celulosa o granito. En Europa y Estados Unidos la crisis económica de 1929 estaba por estallar cuando el Concejo de Administración de Montevideo encaró esa obra, enorme para este país y para cualquier otro, con dificultades de todo tipo, incluyendo las financieras. Pero más que una obra de infraestructura urbana era construir algo realmente significativo para la ciudad, en lo que no contaba el cálculo meramente práctico si se toma en cuenta el escaso tráfico de entonces. Sea cual haya sido la fundamentación del proyecto, acabó siendo el espacio más democrático, hermoso y emblemático de Montevideo.

¿Lo permitía la economía del país? Apenas comenzó la década del 20 los precios de los productos de exportación se desplomaron, y Uruguay tuvo déficit fiscal hasta que repuntó el precio de la lana, en 1924. Pero nuestros compradores habían quedado exhaustos tras la Primera Guerra Mundial. Mientras avanzaban las obras en el tramo Escollera Sarandí – Parque Hotel, la devaluación era un fenómeno generalizado. La crisis de 1929 golpeó duramente a Uruguay, que también se vio obligado a devaluar su moneda y a saltearse  el pago de la deuda externa a comienzos de la década del 30. Pero no sólo las obras en la rambla continuaron sino que, también, se construyó un estadio de fútbol en tiempo record, que 80 años después sigue siendo El estadio. ¿Cómo fue posible que Uruguay, el del latifundio, dedicase tanta cantidad de recursos a construir obras que aún hoy, casi un siglo después, siguen siendo un ejemplo de funcionalidad ciudadana, y, lo que no es menor, de belleza? ¿Qué obras se pueden equiparar a las que se encararon en las primeras cuatro décadas del siglo XX para el disfrute irrestricto de su ciudadanía como la rambla, el estadio, el monumento a la carreta, el Jardín Botánico, el obelisco…? ¿El palacio Legislativo…? Todas forman parte del patrimonio de una ciudad que se va llenado de rejas, de mediocridad arquitectónica.

Para la construcción de la rambla hubo que pasar por encima de playas; reconstruir edificios, como el del Templo Inglés, que fue trasladado como a 200 metros de su lugar original, cambiando la posición del atrio y entrada del templo; ganar terreno al mar y que el mar no se lo lleve, y todo eso con carros, a pico y pala, y bolsas con arena para secar lugares en que debían trabajar por debajo del nivel de las aguas. Hoy en el Uruguay hay disponible tecnología para poner de pie molinos de viento de 80 metros de altura, con grúas que son capaces de levantar 650 toneladas a 150 metros del suelo, en cualquier parte del territorio nacional. Hay cemento que seca en pocos minutos, bombas potentes para desalojar el agua de cualquier lado, pero…

¿Qué pasa con nuestra imaginación que a duras penas puede reconstruir algunas de las obras que formaron parte del equipamiento de cualquier barrio, como el Mercado Agrícola, en el barrio Goes, que se acaba de reinaugurar?

Esta letanía conservadora surge porque el país se quedó anímicamente. No sólo se quedó porque Montevideo no puede reanimar el Cerro, una joyita ciudadana y geográfica; se quedó porque al Florencio Sánchez se lo dejó solo, como una excepción, y no se tuvo el coraje intelectual de hacer algo inspirado en lo que otros hicieron con menos plata y menos recursos técnicos. Algunas veces se habló de construir un puente entre el puerto y el Cerro, pero hasta las palabras han perdido la capacidad de contagiar otra cosa que no sea desánimo. También se habló de un transbordador. Pero fue sólo eso: un comentario que ocupó durante algunos minutos los interminables noticieros y después nada más que eso.

La Intendencia acaba de anunciar un plan de ciclovías… bien, al fin algo grande. Pero se parece a aquel proyecto de poner teléfonos, vender cocacolas en los ómnibus, o las máquinas inteligentes de los boletos; tan inteligentes que hace falta un guarda y, cuando no está el guarda, el chofer para cobrar. No, la ciclovía es sólo para la Ciudad Vieja. No para quienes vienen de La Paz o Pando en bicicleta a trabajar en Montevideo, ni siquiera para quienes cambiarían el coche o el ómnibus por el pedal. ¿Para quién es, entonces, la ciclovía, en esas pocas cuadras de la Ciudad Vieja? ¿Para los de los cruceristas? Montevideo podría tener como en las principales ciudades europeas varias medias calzadas para uso exclusivo de las bicicletas, sin que sea a medias seguro y a medias peligroso. Verdaderas ciclovías para ayudar a tener una vida más saludable y menos humo en los pulmones. ¿No cambiaría positivamente la fisonomía de la ciudad?

Si se llegara a decidir la reconstrucción del Cilindro con financiación de Antel, sería otra de las obras que ya estaba en Montevideo, en todo caso sería como implantar una muela rota, nada más que una reposición. Lo nuevo parece ser producto de la mayor de las improvisaciones, como si el dinero fuese lo menos a tomar en cuenta. La obra de Garzón es prueba de esta forma de trabajar en cosas importantes sin el mínimo rigor profesional. Hacer, volver a hacer después de ver cómo circulan los vehículos. ¿No hay ingenieros y arquitectos capaces de pensar a escala para no tener que probar con coches y ómnibus de verdad? Es casi la misma improvisación de cuando se pone un impuesto con el fin de arreglar la caminería rural y después se lo cambia por otro para financiar la Universidad Tecnológica…

El país partidario va como sobreviviendo, de apnea en apnea; unos venden humo, otros venden lentitud bajo el prospecto de actitud responsable.  No hay ningún indicio de que algo grave fuese a pasar, pero sí hay indicios de que la ciudadanía puede llegar a perder interés en una u otra opción partidaria. Puede llegar el momento que le dé igual que sea fulano o mengano. Cuando el Uruguay acometía aquellas obras, como las de la rambla, aquí venían europeos de, prácticamente, todos los países, y no todos llegaban sin nada, la mayoría llegaba con sus oficios y profesiones, que el país aprovechó para crecer. Hoy, Europa vuelve a estar en crisis y nosotros, según parece, no, pero, sin embargo, no generamos esa corriente de entusiasmo que generó aquel Uruguay. Es un entusiasmo cortito, de turista.

A lo mejor el país partidario se debe llevar un susto para que reaparezca el espíritu de reencuentro que hubo desde el NO hasta 1985. En ese período pasaron varias cosas que la ciudadanía quiso que pasaran. Si los partidos políticos se viesen obligados a negociar proyectos de largo plazo y obras de interés real entre sí, porque esa fuese la única manera de no sufrir un descalabro, entonces, quizás, la ciudadanía pudiese recuperar el entusiasmo que tuvo al dejar atrás la dictadura.

 

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