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La dictadura de lo “políticamente correcto” III BLACK IS BEAUTIFUL Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 3 mar. 2012 13:16 por Semanario Voces
 

 

Que un montón de imbéciles –quizá también racistas, pero sin duda imbéciles- hayan insultado y le hayan tirado bananas a un golero de raza negra, en una cancha de fútbol uruguaya, es muy irritante. Muy injusto y muy irritante.

Para colmo, el hecho ocurrió cuando todavía circulan los comentarios y las polémicas sobre el racismo despertadas por el episodio Suárez-Evra en Inglaterra.

Más de uno creerá que el asunto de las bananas es de muy especial gravedad porque el ofendido es negro y, al parecer, al tirarle bananas, se pretendió hacer alusión a su raza. Por eso, ya han aparecido quienes proponen legislar y crear nuevas penas para impedir las manifestaciones de racismo en los espectáculos deportivos.

En lo personal, comparto la indignación por esta agresión en particular, así como me indignan todas las agresiones, racistas o no, deportivas o no. Sin embargo, probablemente sea erróneo pensar en prohibiciones, leyes y sanciones para combatir al racismo. Erróneo, sobre todo, por dos motivos.

El primero es práctico: bajo su apariencia de corrección política, la prohibición y la penalización de las alusiones raciales alimentan y legitiman en realidad al racismo.

El segundo motivo es a la vez práctico y de principio: si el racismo es una convicción (por repugnante que sea) debe ser combatida con argumentos y convicciones opuestas, no con actos de autoridad.  

 

NO INSULTA QUIEN QUIERE SINO QUIEN PUEDE

El mecanismo del acto de agraviar es universal y siempre el mismo. Requiere establecer una categoría general, considerada despreciable (por ejemplo, la de los traidores, o la de los tontos, o la de los excrementos), y luego subsumir al insultado en esa categoría. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando se le dice a alguien: “Sos una mierda”. Se lo está inscribiendo en una categoría unánimemente despreciada.

La cosa parece simple, pero no lo es tanto. Para empezar, porque es necesario que el insultador y el insultado compartan el desprecio por la categoría. Así, la expresión “Callate, bolso” será un insulto entre “hinchas” de Peñarol y no lo será entre “hinchas” de Nacional. Del mismo modo, cuando algún personero del “proceso cívico militar” pretendia ofender a los militantes de izquierda, calificándolos de “marxistas apátridas”, en realidad no los ofendía (salvo con lo de “apátridas”) por la simple razón de que la categoría “marxistas” no tenía para los militantes de izquierda la connotación peyorativa que el personero de la dictadura le atribuía.

Es claro lo que intento decir, ¿no?

Considerar insultante que a alguien se le diga “negro”, o “sudaca”, o “gringo”, equivale a admitir que las categorías “de raza negra” o “nacidos en sudamérica” o “de piel blanca y origen europeo” pueden tener en sí mismas algo desdoroso.

Es posible que quien usa esas expresiones como insultos las crea vergonzantes. Pero, para que el agravio realmente tenga efecto, es necesario que -en el fondo, a veces muy en el fondo de su alma- el agraviado se avergüence de su condición.

Hace casi cincuenta años, las “Panteras Negras” y otras organizaciones de militantes negros estadounidenses acuñaron la consigna “black is beautiful” (literalmente: “negro es hermoso”). No debe haber mejor ni más hermosa forma de combatir el desprecio racial que reivindicar la belleza y el orgullo de la propia raza, la despreciada.

A partir de esa consigna, que se hizo muy popular, para muchísimos jóvenes negros, el ideal de belleza dejó de ser el de los pelos laciados “a prepo” y las narices afinadas a fuerza de cirugías. El “áfrica look”, de motudas melenas, se convirtió en un paradigma estético (y político) que caló muy hondo en la sensibilidad de una generación e hizo más por el orgullo, la igualdad y la dignidad de los y las jóvenes de raza negra que mil decretos y prohibiciones.       

 

“PERO DEFENDERÉ CON MI VIDA SU DERECHO A DECIRLO”

Hasta hace pocos siglos, dudar de la existencia de Dios o de la centralidad de la Tierra era ser candidato a la hoguera. Hasta hace menos siglos, en muchos países europeos, cuestionar a los gobiernos monárquicos o predicar la “lucha de clases” era ser candidato a la cárcel, al destierro, o a la muerte por “traición a la patria”. Desde la Segunda Guerra Mundial, en muchos países del mundo, reivindicar al régimen nazi o poner en duda la existencia del “Holocausto” está prohibido y es penado por la ley.

De la mano de la “corrección política”, se aproximan nuevas prohibiciones. Cada vez más, está prohibido opinar o hacer referencias a las razas, al género, o a las opciones sexuales de las personas. Incluso está censurado el uso de ciertas palabras (el término “negro” debe ser sustituido por “afrodescendiente”, lo cual es inexacto, ya  que no todos los pueblos africanos son negros).

Las consecuencias de estas prohibiciones, legales o morales, pueden ser tremendas para el arte, la ciencia, el pensamiento y hasta para el humor. Una ideología –la “políticamente correcta”- pretende prescribir qué puede decirse y qué no puede decirse sobre la realidad

El pasado martes por la tarde, en un programa sobre carnaval que se emite por M24, el conductor del programa entrevistó a un representante de la colectividad negra respecto al episodio de las bananas y al asunto Suárez-Evra. Conductor y entrevistado se esforzaban por demostrar que las murgas debían emitir un mensaje y usar un lenguaje “no discriminatorios”. La tarea de imaginar a una murga “políticamente correcta” era ímproba, por la sencilla razón de que el humor, como el arte, la ciencia e incluso el pensamiento, no pueden ni deben estar atados a los criterios de “corrección política” de una época. Por el contrario, su función histórica es revisar, criticar y transgredir los criterios de su época para dar lugar a los nuevos.

El racismo, como el nazismo, son opiniones. Podrán ser repudiables, pero, en tanto sean sólo opiniones (es decir, en tanto no se manifiesten en actos delictivos) deberían poder expresarse. En una sociedad democrática,  también las concepciones antidemocráticas deben poder expresarse. Esa es la fuerza de la democracia: su capacidad de absorber y demoler argumental y políticamente incluso a las opiniones que la niegan.

Toda idea y todo sentimiento reprimido multiplica silenciosamente su fuerza para estallar en reacciones imprevisibles. Por eso, hasta desde el punto de vista práctico, es preferible que los sentimientos racistas –si existen- afloren. Porque eso permite combatirlos, argumentar en su contra, educar para prevenirlos y destruir sus fundamentos.  

 

BANANAS

La agresión al golero, dado que se manifestó en actos de agresión (insultar y arrojar bananas) puede y debe ser sancionada, incluso penalmente. Pero esa no es la verdadera solución al problema.

Pienso en otras formas, más positivas y pedagógicas, de combatir al racismo. Imagino, por ejemplo, un acto de desagravio, hecho en el mismo estadio, en el que participaran la dirigencia del cuadro del que es partidaria la hinchada agresora y la del cuadro rival, autoridades nacionales, la prensa, artistas populares.

Porque las opiniones y las convicciones no se combaten con leyes. Se combaten con argumentos y convicciones opuestas, pacíficas, firmemente sostenidas.

Ojalá encontráramos la forma de extraer de estos hechos lamentables un aprendizaje colectivo, sin caer en nuevas intolerancias “políticamente correctas”.

Ojalá aprendiéramos que la discriminación está ante todo en nuestras cabezas; que, ante pretendidos insultos, como “negro”, “sudaca”, o “gringo”, la mejor y única defensa es asumirnos, decir y decirnos: “Sí, soy sudaca (o negro, o gringo) y a mucha honra”.

Ojalá reaprendiéramos, también, que bromear sana y mutuamente sobre nuestras características físicas, raciales, sexuales, de carácter, o sobre nuestras preferencias políticas o deportivas, no es necesariamente una muestra de odio. Hecha con afecto y respeto, puede ser una forma de querernos y de aceptarnos. Una señal de madurez.     

 

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