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LA DICTADURA INNECESARIA por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 11 nov. 2016 6:05 por Semanario Voces

Si la irrupción de la guerrilla urbana en aquel Uruguay de comienzos de los sesenta, fue innecesaria, el golpe de Estado del 27 de junio de 1973, diez años más tarde de la primera acción de pertrechamiento en el Tiro Suizo, fue el golpe de gracia a la democracia liberal, sistema al que ha adherido la mayoría del pueblo uruguayo y la propia izquierda.

La teoría de los dos demonios siempre ha provocado el rechazo de la izquierda, sin embargo deberíamos dejar de lado los prejuicios porque esta forma de plantear los conflictos  ha sido utilizada hasta el cansancio por la propia izquierda: Pueblo-oligarquía, derecha-izquierda, materialismo-idealismo… Para Marx, todas las otras escuelas filosóficas que no estén comprendidas en el materialismo dialéctico pertenecen al ancho campo de las filosofías idealistas. No se trata de abrir un debate en torno a esto sino a subrayar el insistente recurso de la síntesis para hacer de los procesos complejos un resumen manejable, hasta con fines pedagógicos. Sólo que esta intención tiene origen en la interpretación que se hace de la realidad compleja, por lo general con un fin, y la teoría de los dos demonios tiene el fin que le dio Ernesto Sábato a su informe sobre la dictadura argentina, cuando el primer presidente constitucional argentino post dictadura le encomendó investigar lo que había pasado.

El informe de la comisión que presidió Ernesto Sábato describe la situación previa a la dictadura, con dos fuerzas guerrilleras mayoritarias, Montoneros y Ejército Revolucionario del Pueblo presentes en el país desde la dictadura de Onganía, que optaron por la lucha armada para derrocar la dictadura militar y establecer el socialismo. La actividad de la guerrilla fue creciendo con la entrega del poder por parte de los militares, en 1973, al mismo tiempo que crecía el desorden institucional, la acción de grupos paramilitares, y las posibilidades del regreso al poder de los militares. Al cabo de diez años, desde la presidencia de Héctor Cámpora a la presidencia de Ricardo Alfonsín, Argentina había atravesado por el peor de los infiernos de su historia moderna. Hasta el día de hoy no se conoce con seguridad la cantidad de muertos que provocó ese período. Los cálculos más conservadores hablan de 7 mil muertos, los que se manejan extraoficialmente son 35 mil. Ninguna de las organizaciones guerrilleras pudo pesar militarmente a partir del golpe de Estado del 26 de marzo de 1976. Sólo el debilitado sistema de partidos políticos hizo posible una salida a la cruenta intervención  militar, y dar cuenta de los perjuicios que tanto la concepción foquista de la guerrilla como del militarismo siempre latente en Argentina habían dejado en el país.

Póngasele el nombre que se le quiera poner, la intervención guerrillera, en ninguno de nuestros países trajo otra cosa que confusión en los objetivos de avance social, y sangre, la inmensa mayoría de gente joven, calificada para hacer de la política un medio civilizado y honesto.

Tanto en el contexto regional, con esa burda simplificación de una estrategia elitista a la teoría del foco, como en el nacional, los resultados fueron los mismos.

Se ha argumentado que la presidencia de Mujica desmiente el carácter de la derrota sufrida por el MLN en 1972, pero lo que no se puede ocultar es que llegó a la presidencia por una vía absolutamente distinta a la que había planteado su organización guerrillera para acceder al poder. Si hubo un triunfo fue de la lucha política y partidaria, que retomó la senda a fines de 1974, con los restos de un desastre inconmensurable tras la dictadura militar.

No fue el MLN quien acompañó a Mujica en la presidencia del país sino su obstinada decisión de volcarse a la política, sus indiscutidas condiciones de comunicador, y dotes como filósofo popular, mientras una buena parte de sus compañeros todavía mantenían alguna expectativa de volver a empuñar las armas.

Cuando un periodista pregunta a Fernández Huidobro en la conferencia de prensa de Conventuales, el 14 de marzo de 1985, tras la salida de la cárcel, cuál era la opinión del MLN respecto a la posibilidad de volver a la lucha armada, la respuesta fue ambigua, a pesar de que llevaban más de un año en el penal de Libertad, y que el Ñato conocía de primera mano que la opinión de Sendic era disolver el MLN. El Ñato jugó con esa ambigüedad hasta después de aquella conferencia de prensa. Mientras tanto, Mujica, en un acto público, destinado a dialogar con sus excompañeros, el 17 de ese mismo mes, tres días después de Conventuales, apela a la reunificación de los tupamaros, utilizando una metáfora muy efectiva: ellos, los que acababan de salir de largos años de durísima cárcel, podían ayudar, como el palito a la colmena, para volver a construir el espacio en común.

Pero no funcionó. El MLN se llenó de intrigas, de resentimientos que cada uno se ocupó de volcar dentro de aquella iniciativa, sin que hubiese una idea concreta hacia dónde dirigirse. La inmensa mayoría de los tupas ya había tomado una decisión durante esos años: No volverían a la lucha armada, y la ambigüedad sólo hizo que la organización guerrillera inutilizara el gran caudal de militantes que se acercaron al MLN, para sumarse a la construcción de una alternativa político-partidaria. Cuando Mujica llegó a la presidencia ya la fuerza política que lo había hecho conocido no existía como tal.

Estos hechos son parte de un intríngulis político que no acabamos de desmadejar. Se parece un poco a la historia vieja del país. Hasta se ha especulado que cuando la generación del sesenta haya desaparecido se resolverá el dilema, y que muchos secretos (se supone que de aquella época, según el Ñato), quedarán enterrados para siempre. ¿Cuáles, por ejemplo?

Es público y sabido, que Fernández Huidobro encabezó las conversaciones con un sector militar, y que de aquella relación surgió un fuerte vínculo, tal vez todavía vigente. La vida militar es, de por sí, bastante hermética, y más para la ciudadanía que vive al margen de la institución militar. Aquellos tenientes y capitanes que tuvieron como misión combatir a la guerrilla escucharon de boca de sus detenidos que habían causas que generaban la violencia, y contra esas causas la juventud de los sesenta se había alzado en armas. ¿Todos? No todos, pero observar únicamente el mundo particular lleva a generalizar, y una vez más la cuestión binaria del principio: políticos-corrupción, honradez-juventud en armas. Aquella fórmula elemental prendió en algunos militares que vieron en el Ñato un líder militar inesperado. ¿Hasta cuándo el Ñato siguió ejerciendo ese liderazgo para una parte del ejército? Tal vez no lo sepamos nunca, tal vez ese haya sido el secreto mejor guardado.

Pero no es el único secreto que, quizás, haya guardado el Ñato bajo siete llaves.

Durante sus años de dura prisión en carácter de rehén de la dictadura, el Ñato se dedicó a dibujar con los pocos medios que tenía a su alcance un personaje que bautizó: “Garabato”. La “Historia de Garabato y Florazul” encerraba ese otro secreto, que llegó a ser una obsesión para el Ñato. Su alter ego, había guardado un gran secreto bajo la arena, seguramente todavía está allí, en algún lado. Era el secreto de Garabato y el suyo propio, y tenía mucho que ver con un personaje al cual se lo ha puesto en otra de las series binarias: Héctor Amodio Pérez.

El 8 de octubre de 1969 el MLN protagonizó la operación más compleja de su historia, con el copamiento de la ciudad de Pando. En los días previos, y teniendo en cuenta las dificultades que podría traer a la Organización una acción de tanta envergadura, Fernández Huidobro y Raúl Sendic tuvieron una reunión personal, a la que sólo fueron invitados dos de sus compañeros: Efraín Martínez Platero y Lucas Mansilla, quienes sustituirían al Ñato y al Bebe, respectivamente, en caso que cayeran en la acción. En ese momento, Fernández Huidobro hizo un planteamiento crítico hacia Amodio Pérez, les anunció que todos los antecedentes estaban en varios papeles que había llevado a la reunión, y que escondería en los médanos, en las cercanías de la actual Giannattasio. Tanto Fernández Huidobro como Raúl Sendic compartían la apreciación sobre Amodio, tal vez el más promocionado y reconocido jefe militar del MLN.

El informe de Fernández Huidobro quedó bajo la arena, y a eso es que se refiere su personaje “Garabarto”. Todo lo que había allí pertenece a hechos anteriores al 8 de octubre de 1969, día de la toma de Pando, donde Fernández Huidobro es detenido, no así Sendic. Luego vendría el episodio de las libras de Mailhos, al menos la parte del botín que Amodio reconoce que Sendic le entregó, antes de su caída, el 30 de junio de 1970. Sendic es detenido dos meses más tarde, en la múltiple caída de Almería.

¿Es importante aquel secreto del que dejó constancia Fernández Huidobro para revertir la derrota que sufrió el MLN en 1972? Sólo en la medida que se le atribuye a Amodio Pérez la casi total responsabilidad de la derrota, mediante la colaboración con las Fuerzas Armadas. La repercusión que su colaboración pudo haber tenido en la derrota no exime al MLN de su propia responsabilidad en la construcción de una organización clandestina que pesó en la vida política del país, y que generó un ambiente propicio para el protagonismo de los sectores más reaccionarios dentro de las Fuerzas Armadas.

Obviamente que el ejército vivía internamente la tensión del país, y militares como Seregni, Zufriategui, Licandro, y tantos otros, eran un muro de contención para mantenerlo subordinado al mando civil y a la Constitución. El crecimiento de la guerrilla, la audacia de sus golpes frente a una estructura policial desbordada, la declaración de un estado de guerra civil en el copamiento del aeropuerto de Paysandú en diciembre de 1971, y las acciones del 14 de abril de 1972, son sólo algunos hitos que marcan el progresivo deterioro institucional, que cuenta, además, con el adoctrinamiento del ejército por parte de los presos políticos, que creen ver en su relación con determinado grupo de oficiales la posibilidad de volver a protagonizar hechos revolucionarios.

Con la derrota de 1972 no sólo se cerraba la alternativa revolucionaria sino, casi sin pensarlo, las posibilidades de que el sistema político pudiese intentar alguna salida. También la fuerza “pacífica y pacificadora” del Frente Amplio comenzaba a vivir sus peores horas.

El MLN perdió su retaguardia sin darse cuenta. Es más, Raúl Sendic, y un grupo de militantes experimentados protagonizan, simultáneamente a la detención de decenas de integrantes del MLN en todo el interior, mediante la obtención de datos por tortura, una acción desesperada en los montes de los ríos Uruguay y Queguay, como la acción del aeropuerto de Paysandú, alertando, si cabía más, que se avecinaba un choque frontal entre el movimiento tupamaro y las Fuerzas Armadas.

La tortura comenzó a aplicarse en el interior del país, pero las Fuerzas Armadas se cuidaron de utilizarla en Montevideo, donde el MLN era fuerte y todavía se mantenía demasiado oculto como para conocer su potencial. A partir de las acciones del 14 de abril de 1972 ya los plazos se habían cumplido. El MLN había puesto toda la carne en el asador sin respetar las más elementales reglas militares que preceden a una acción de ese tipo.

La suerte comenzaba a estar echada para el MLN y para el país. Desde el 9 de setiembre de 1971 en adelante, la respuesta militar había sido contundente en el interior; más tarde, también en Montevideo. Por último llegó la respuesta política. Un ejército protagonista, que no se detendría hasta que las circunstancias se lo hicieron comprender, siete años después.

Las Fuerzas Armadas arrasarían con las instituciones, sin edificar nada sobre sus ruinas, y sin que aquellos oficiales en los que el Ñato había confiado, protagonizaran su sueño de transformarse en un ejército popular. Lo que comenzó en los cuarteles, en particular en el batallón Florida, en 1972, no tuvo una expresión progresista, en ningún momento salvo en los engañosos comunicados 4 y 7 de febrero de 1973, como actos preparatorios del golpe de junio. Sólo quedó la muerte de tantos uruguayos como saldo amargo, y un atraso social del que el país no se ha podido sobreponer, en parte, por la misma o parecida miopía de tantos dirigentes de la izquierda uruguaya que parecen no haber comprendido el dilema político que separan a la revolución de la democracia.

Este es un país complejo. La política está construida de momentos, y no siempre la democracia facilita adivinar los caminos del futuro. La revolución, en cambio, hace posible adivinar lo que vendrá, hasta el final de los días, en que un mundo maravilloso se abra como una flor. “El mundo será el paraíso de toda la humanidad”, dicen las estrofas de la Internacional. Sobre esa construcción ideológica se mueve la visión “materialista” de la izquierda teórica.

Frente a sí ha tenido y tiene la disyuntiva de romper con el viejo régimen para construir sobre sus ruinas la sociedad justa del futuro, o aceptar la democracia representativa como espacio de civilización y condición indispensable para construir esa sociedad ideal.

Cuando los uruguayos nos paramos frente a esta disyuntiva damos señales confusas.

No porque estemos dispuestos a volver al camino revolucionario, a pesar de que todos los indicadores acusan un evidente deterioro social con respecto al Uruguay previo a la aparición del MLN, sino porque elegir el camino democrático implica un compromiso que excede los resultados electorales. Desde 1984 la urgencia parece ser ganar elecciones, y este ejercicio rutinario ha desplazado de la práctica política varias cosas que habían aflorado a partir de la respuesta popular de 1980.

La dictadura militar debió dejar la enseñanza de que la democracia es una frágil construcción social que requiere una fuerte convicción para que no desaparezca como un castillo de arena al borde del agua.

Cuando la dictadura militar avanzó sobre las instituciones, en febrero de 1973, ensayaba erigirse en dueño y señor de toda la sociedad uruguaya, anulando el imprescindible flujo de ideas, esencia inmaterial que amalgama cada voluntad ciudadana. El 27 de junio de 1973, más allá de que buscasen al senador Erro, que bien sabían no estaba en el Palacio, lo que buscaban era descabezar el sistema político uruguayo. Con el pasar de los años es más fácil comprender que ese fue el resultado buscado y encontrado.

Si Wilson se les escapó para sumarlo a la matanza del 20 de mayo de 1976 fue de milagro, pero no se les escapó en 1984, cuando el sistema político ayudó a aislarlo, y a aislar a Seregni, bajo la presunta certidumbre de que los militares no entregarían el poder. El 20 de mayo  no está tan presente entre nosotros con la gravedad que tuvo y que tiene, hasta hoy en día. La dictadura sabía muy bien que ninguno de los cuatro que asesinaron ese día representaba un peligro militar. William Whitelaw fue uno de los cuatro dirigentes tupamaros que habían tomado la decisión de abandonar la lucha armada entre los años 1974 y 1975. Quienes los mataron también lo sabían, y muy bien.

No fue un asesinato en frío, por una decisión equivocada. Sus cuerpos fueron mutilados de forma salvaje, con verdadera saña, tal vez para expresar el verdadero motivo de los asesinatos: un odio visceral a la sociedad civil que había confiado en ellos para protegerla. Cuando el Parlamento inició la investigación de esos sucesos, debió suspenderla entre amenazas e intentos de hacer desaparecer a los testigos.

Lamentablemente, este es el resultado, no el resultado de aquellos sueños generosos, y conviene tenerlo presente. Siempre se puede reincidir.

 


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