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LA ELECCIÓN INTERNA DEL FRENTE Y EL DEBATE PENDIENTE Por Gonzalo Civila*

publicado a la‎(s)‎ 9 mar. 2012 3:25 por Semanario Voces
 

 

   

El próximo 27 de mayo se realizarán las elecciones internas del Frente Amplio. Como en otras instancias elegiremos, a padrón abierto y con la posibilidad de adherirse en el propio momento de la votación, a los integrantes del Plenario Nacional y los Plenarios Departamentales, órganos máximos de dirección de la fuerza política a nivel nacional y en cada departamento respectivamente. La mitad de los electos surgirán de las listas de los grupos políticos según su incidencia en la elección, y la otra mitad representará al movimiento (comités de base, coordinadoras, zonales). La novedad de esta elección respecto de las anteriores es que también se elegirán, de modo directo en la votación, al Presidente de la fuerza política a nivel nacional y al de cada Departamental.

 

Dimensionar la elección

      Hay que decir que la discusión pública en torno a los nombres de los eventuales candidatos a presidir el Frente ocupa hoy casi toda la escena. Es natural que así sea. Los compañeros que finalmente sean candidatos a hacerse cargo de esa responsabilidad se estarán postulando para suceder a referentes de la talla de Líber Seregni, Tabaré Vázquez y Jorge Brovetto, en una fuerza que expresa a la mitad del país, con mayoría en las dos cámaras parlamentarias, y a la que la ciudadanía le ha confiado por segunda vez consecutiva la tarea de ejercer el gobierno nacional y varios gobiernos departamentales. A esto se suma una vasta presencia en el recién inaugurado tercer nivel de gobierno y en múltiples ámbitos de poder local y social. Quienes pretendan presidir el Frente Amplio estarán aspirando a conducir a la única fuerza política que tiene un proyecto nacional para el país, a una fuerza que transformó definitivamente la vida política del Uruguay, una fuerza popular, policlasista, plural y compleja, que vino a unir todo lo unible en el camino de la transformación de la Patria a favor de las grandes mayorías, que necesita de un trabajo permanente de articulación y liderazgo unitario, y que se encuentra hoy enfrentada al desafío de recuperar - en un escenario nuevo - su capacidad de crear y transmitir sentido, de retomar su iniciativa política en la sociedad, de convocar nuevas generaciones, produciendo identificación, movilización y poder social capaces de darle continuidad a un largo ciclo histórico de transformación de izquierda en el país. Y esas tareas no se resuelven con una elección.

 

      Dimensionemos entonces esta instancia electoral. Al respecto, tres prevenciones:

          - la discusión en torno a la conducción no puede encubrir el hecho más relevante que es que el Frente Amplio es la única fuerza política en el país que realiza una elección de este tipo para definir sus autoridades, demostrando que la democracia que propugna hacia afuera también la ejerce hacia adentro;

       - la elección no es una llave mágica que nos permitirá resolver todos los problemas y desafíos del Frente;

       - sin embargo, su significación es grande y puede ser un paso relevante en ese sentido, siempre y cuando no quede reducida a un mero debate sobre nombres o a intrigas palaciegas amplificadas mediáticamente.

 

       Resumiendo, la significación de la elección dependerá no sólo de sus resultados sino de nuestra capacidad para transformar los meses que nos quedan en un tiempo de debate y construcción de acuerdos básicos sobre la herramienta política, su sentido y finalidad, y sobre las iniciativas necesarias para fortalecerla, transformándola en lo que sea necesario.

     

 

El debate sobre la herramienta política

 

       Conviven en el Frente multiplicidad de espacios, historias y perspectivas finalistas,  pero propongo que puede hablarse de tres culturas políticas relevantes en las que convergen incluso expresiones ideológicas diversas. Esas tres matrices o lógicas de construcción política no se encuentran en estado puro, dialogan entre sí e inciden una sobre otra. Muy sucintamente, y a riesgo de ser demasiado simplificador, desarrollo este concepto.

 

      Una de las matrices a la que me refiero es la liberal, con tendencia a reducir lo político a los partidos y más modernamente a la gestión, con un énfasis casi excluyente en lo institucional y en el poder delegado por el voto, en la representación de la ciudadanía. En ese marco conceptual la fuerza política tiene un fin principalmente electoral y, siendo gobierno, de difusión y propaganda de lo que se realiza desde la institucionalidad, algo aproximado a lo que se ha dado en llamar un “partido de opinión”.

 

       Otra, privilegia la generación de hechos de efecto sobre lo que se recorta como “sujeto social”. Hechos desencadenantes de otros hechos, debate, opinión y reacción, tendientes a medir las condiciones políticas y sociales existentes y a su vez generar nuevas. En general, esos hechos se significan para la “multitud” a través de caudillos, líderes o referentes que deben expresar alternativamente las alianzas funcionales a lo que es posible y deseable en cada coyuntura. Esta cultura jerarquiza el estilo como definición de identidad popular y de izquierda.

 

       La tercera matriz es la de la izquierda histórica, de raigambre marxista, que hace centro en la base social organizada (con mayor o menor amplitud en su definición, surgida en todo caso de un análisis de las clases o sectores sociales y su posición estructural en el sistema). La organización de la base social es entendida como condición de cualquier proceso de cambio, y pretende expresar a través de la fuerza política y en alianza con las organizaciones sociales populares en sus diversos ámbitos de acción, la construcción de un bloque social más amplio, capaz de sustentar un proceso de transformación con horizonte de mediano y largo plazo histórico, que tiene como uno de sus escenarios privilegiados de acción el del poder estatal.

 

       Pienso desde la tercera matriz, aunque no dejo de admitir (autocríticamente) que en la práctica ha adolecido de deformaciones aparatistas, ultracentralistas e incluso estatistas. Pese a no compartir su sustrato filosófico, reconozco también el aporte de la vertiente liberal del progresismo en la valorización de los derechos políticos, la institucionalidad y su moderna preocupación por la gestión, así como el dinamismo de la segunda matriz, su contribución en la reivindicación de los sectores más pobres como sujeto social y su preocupación por los significantes populares como instancia fundamental de lo político. En cualquier caso, todas estas corrientes han sido fundamentales en el proceso de acumulación de la izquierda uruguaya.

 

       Hoy, el cambio cultural, nos impone una actualización de estas tres matrices. Entiendo que la síntesis debe hacer centro en la base social organizada y que sin eso no hay izquierda, y también creo firmemente que es imperioso trascender la política de aparato, reafirmar el concepto de multiplicidad de centros de poder, incorporar modalidades distintas de organización y comunicación, y construir un relato y una práctica militante capaces de motivar a la participación más allá de las estructuras.

 

       La síntesis de la fundación del FA fue una y se sostuvo en la lógica del consenso como garantía de la unidad. Hoy, en el gobierno, las diferencias expresan también tensiones en torno a las posibilidades de un nuevo contrato frenteamplista. Simultáneamente enfrentamos una crisis de participación y aparecen distintas manifestaciones de descontento, algunas que proclaman pretensiones instituyentes que debemos canalizar. No seremos creíbles  si eludimos ese reto, y lo que no logremos conceptualizar y elaborar nos hará daño.

 

        Sería saludable que en la campaña electoral se debatiera honesta y fraternalmente sobre las culturas políticas que hacen a la diversidad y riqueza del Frente, y sobre las lógicas que nos van a permitir transitar hacia nuevos y superiores desafíos. Sería saludable que las alianzas internas y las candidaturas facilitaran ese debate. Desde mi identidad socialista, sigo pensando que si el resumen no incluye a la base social organizada (a la que hay que reconvocar y reconstruir) como actor fundamental y protagónico del cambio, es porque el horizonte se nos corrió demasiado cerca.

 

 

*Profesor de filosofía

Secretario Político de la Departamental de Montevideo del Partido Socialista

 

 

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