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LA ENSEÑANZA DESPUÉS DE LA TORMENTA Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 25 jul. 2013 7:33 por Semanario Voces
 

El levantamiento de la huelga de los docentes nos permite comenzar a evaluar cómo ha incidido ese conflicto en el estado de nuestra enseñanza pública.

Varias circunstancias hicieron de esa huelga algo especial.

En primer lugar, lo sensible del área afectada, la enseñanza pública, en la que se forman tres cuartas partes de los niños y de los jóvenes uruguayos, en particular de los sectores sociales menos favorecidos económica y culturalmente.

En segundo lugar, el hecho de que la enseñanza privada, en la que en general se pagan salarios iguales o inferiores a los de la pública y en la que en buena medida trabajan los mismos docentes que en la pública, no se viera afectada por el conflicto.

En tercer lugar, algunas características inusuales para el movimiento sindical uruguayo, como, por ejemplo, que el conflicto por reivindicaciones salariales se planteara estando vigente un convenio colectivo, o que, en la mayoría de los centros de estudio, al menos  en los de nivel secundario, el paro fuera acatado por menos de la mitad de los docentes y sin embargo la dirección sindical pretendiera continuar con la medida.

Estos dos últimos hechos han llamado la atención a más de un experiente sindicalista, porque, históricamente, los convenios colectivos han sido conquistas que el movimiento sindical se ha empeñado en preservar, cumpliéndolos y haciéndolos cumplir, y porque, como es sabido, las medidas de lucha que no cuentan con el apoyo mayoritario de los trabajadores suelen poner en peligro la unidad gremial y a la propia herramienta que es el sindicato.

Para concluir, es notorio que algunas de las dirigencias sindicales involucradas tienen un perfil político de izquierda extrafrentista y ven en el conflicto un medio de poner en evidencia las contradicciones entre el discurso del Frente Amplio cuando era opositor y el que emite ahora, cuando es gobierno. 

Sin embargo, el problema más grave que puede acarrear este conflicto no es institucional, ni sindical, ni político. El problema mayor es lo que puede ocurrir en la cabeza y en la vida de muchos de los niños y muchachos que asisten a la escuela o al liceo públicos. Porque, ¿cómo hacerles creer que su educación es importante cuando ven que tanto sus docentes como las autoridades del país permiten que las clases se suspendan durante semanas? ¿Con qué ánimo y con qué confianza volverán a clases los que vuelvan? ¿Cuántos, sobre todo en secundaria, habrán elegido otros caminos en estos días sin clase?

Seamos claros: este no es un problema exclusivo de los docentes y del gobierno. La sociedad uruguaya en su conjunto –todos nosotros- hemos desatendido el problema educativo. Los salarios de los docentes, sobre todo en comparación con otros salarios, reflejan la desconsideración social no solo hacia los docentes sino hacia la función de educar. Como también la reflejan los bajos niveles de formación y de exigencia de los docentes y el escaso respeto que se les profesa.

Lo triste es que hemos perdido –o estamos perdiendo- la oportunidad de hacer de la educación (no sólo de la enseñanza)una causa nacional. Una bandera que podríamos abrazar todos.

Porque estrictamente no hay causa más universal y prioritaria que la educación. Importa o debería importar a los niños y a los jóvenes, pero también a sus padres, a sus abuelos y aun a quienes no son padres o abuelos pero conviven en la misma sociedad.

Eso no significa que los caminos sean claros. Habría mucho que discutir para saber qué clase de educación queremos en el Uruguay.

Pero ese debate debería darse con el claro consenso de que la enseñanza no puede detenerse, que debe funcionar al menos en sus aspectos básicos: que cada chiquilín tenga todos sus docentes asignados, que los programas se dicten y que el aprovechamiento sea seriamente evaluado.

Sobre todo lo demás podemos discutir.

 

 

 

  

 

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