Artículos‎ > ‎

La gran confusión por Pablo da Silveira

publicado a la‎(s)‎ 9 nov. 2013 10:16 por Semanario Voces
 

Hace pocos días presencié una escena callejera que, si bien tenía su lado cómico, terminó por entristecerme. Un chico de 18 o 20 años estaba tratando de sacar su auto del lugar donde lo había estacionado. Se lo veía muy inexperto (probablemente acababa de sacar la libreta) y los autos que tenía adelante y atrás le habían dejado poco espacio.

Por Pablo da Silveira

 Otro chico, que cumplía tareas de cuidacoches, le daba indicaciones. Los gestos que hacía no guardaban la menor relación con lo que había que hacer, de modo que finalmente pasó lo inevitable: el coche que trataba de salir del encierro terminó incrustando su paragolpes en el farol trasero del auto que tenía adelante. El cuidacoches hizo un gesto como diciendo “acá nadie vio nada” y siguió dando indicaciones absurdas mientras yo me alejaba.

En los minutos siguientes me quedé preguntando por qué esa escena me había parecido tan deprimente. Y terminé por darme cuenta de que aquello era una escenificación de muchas cosas que estamos haciendo mal como sociedad.

El cuidacoches estaba dando señales inútiles, como hacen la mayor parte de los cuidacoches. La simple razón es que la gran mayoría de ellos nunca condujo un auto, de modo que desconocen las maniobras más elementales. Tampoco sirven para ofrecer protección (en el caso de que pretendan hacerlo) porque no tienen ninguna capacidad para enfrentar a un ladrón que actúe con un mínimo de firmeza. No son policías, ni deben pretender  serlo.

La inutilidad de la función explica por qué no hay cuidacoches en ningún “país de primera”: simplemente no brindan ningún servicio útil. En el mejor de los casos hacen un llamado implícito a la caridad,  y en los peores practican formas más o menos sutiles de extorsión (“si no me das propina te rayo el auto”). Que la ayuda que estaba recibiendo el chico inexperto no sirviera de nada es la situación normal. Pese a eso, seguramente el chico asume con toda naturalidad que, cada vez que estacione en la vía pública, va a tener que pagar.

La tarea del cuidacoches tampoco aportó nada al dueño del vehículo que terminó con un farol roto. No sólo el cuidacoches no lo evitó, sino que provocó el daño. Pero su reacción indicaba que no tenía la menor intención de hacerse responsable. Es fácil imaginar lo que ocurrió cuando el conductor del auto dañado entró en escena: seguramente el cuidacoches le dijo que no había visto nada y comentó lo dura que está la calle. En definitiva, el conductor pagó por un servicio que no recibió, pero no tiene ante quien quejarse. Como mucho, se habrá abstenido de dar propina en esa ocasión. Pero volverá a hacerlo la próxima vez que estacione en una cuadra que haya sido privatizada por un cuidacoches.

Todo esto ya es triste, pero lo más triste es la situación del propio cuidacoches. Era un chico joven, sano, con cara despabilada. Todo indicaba que está en perfectas condiciones de estudiar o de ingresar el mercado de empleo. Pero, en lugar de eso, está  cumpliendo una tarea ficticia que no le agrega nada al país ni a su propio desarrollo personal. Y lo peor es que está recibiendo señales inadecuadas de parte de la sociedad: la Intendencia de Montevideo lo tiene registrado, le ha dado un número y lo controla periódicamente como si se tratara de un proveedor normal. No importa que con eso le esté poniendo una lápida a su desarrollo personal. No importa que lo esté dejando en una situación de extrema vulnerabilidad ante los accidentes, las enfermedades y la vejez. En un momento en el que hay mucho empleo y mucha plata volcada en el sistema educativo, las instituciones públicas actúan de un modo que sería entendible en una situación de crisis profunda y pérdida masiva de empleos. Pero la realidad es exactamente la contraria. Y no es comprensible que, tras una década de inmensa prosperidad, el Estado no haga nada por desalentar actividades que no generan eficiencia, ni equidad, ni desarrollo personal (¿Cuántos de los jerarcas municipales que manejan este tema quisieran que su propio hijo fuera cuidacoches?).

Nadie duda que los cuidacoches merecen todo nuestro respeto como seres humanos. Nadie niega que todo trabajo es digno. Pero  que una persona merezca todo nuestro respeto no significa que debamos aplaudir todo lo que haga. Y que una actividad permita conseguir dinero no significa necesariamente que sea un trabajo. Un trabajo es una actividad que genera valor y que, en consecuencia, va a ser voluntariamente remunerada por alguien.

Nuestra sociedad  y nuestro debate público están intoxicados por falsas ideas sobre la justicia, sobre la eficiencia y sobre la dignidad personal. Por eso terminamos alimentando mecanismos perversos que generan lo contrario de lo que buscamos. Y lo peor es que nos hemos acostumbrado a esas dinámicas como si fueran normales, en lugar de ser vistas como problemas que piden solución.  Así no se construye un país de primera.

Comments