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LA INSEGURIDAD PÚBLICA EN BOLSILLO PROPIO Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 2 dic. 2011 7:58 por Semanario Voces
 

Esta vez me tocó a mí. Me robaron en pleno día, a las siete y media de la tarde, en Eduardo Acevedo y Colonia, cuando estaba entrando al edificio en el que trabajo, saco y carpetas en una mano, llaves en la otra, preocupado por problemas de trabajo y desatento a la calle (ese fue mi error), que parecía normal, llena de gente, con los vecinos y los dueños de los comercios conversando en la vereda.

 

Al poner la llave en la cerradura, sentí una mano ajena en el bolsillo derecho del pantalón. Instintivamente, solté las llaves y agarré la muñeca que sobresalía del bolsillo, tratando de impedir que saliera con el dinero. Por una fracción de segundo pensé incluso en una broma de algún amigo o conocido. Pero no, eran dos muchachos muy jóvenes, desconocidos para mí, morochitos, pelo muy corto, vestidos sólo con bermudas, sin camisa ni remera (en el barrio los conocen, supe después, y saben que se sacan la remera para robar y se la vuelven a poner a dos o tres cuadras de distancia, para cambiar de apariencia).

Mi forcejeo con la muñeca del ladrón duró un instante. En esa posición, de espaldas, es muy difícil resistir con la mano el tirón que el otro da con todo el cuerpo. Me di vuelta y alcancé a tirarle una patada al que me había sacado el dinero, pero eso no impidió que los dos se escaparan corriendo por Eduardo Acevedo hacia abajo. Todo ante la vista y paciencia de al menos una docena de personas.

Ahora, mientras escribo, pasaron ya casi cuatro horas de eso. Tiempo suficiente para superar la sorpresa inicial y la primera reacción de rabia e impotencia. Tiempo suficiente, incluso, para analizarse a uno mismo y reflexionar.

Me robaron casi cinco mil pesos. Una suma nada despreciable. Es decir, mis hijos no van a pasar hambre por eso, por suerte, pero no me sobran cinco mil pesos y, como a casi todo el mundo, me da bastante trabajo ganarlos. Está además el fastidio de quedar con apenas unas monedas en el bolsillo y de pensar en la cuenta que iba a pagar mañana con esa plata. En fin. Fastidio, impotencia, rabia. También la noción de que, para mucha gente, perder esa suma puede significar no tener qué comer durante un mes, o que le corten la luz.

El Uruguay está lleno de gente que escribe sobre la inseguridad pública. Yo mismo he escrito más de una vez sobre el tema. Tal vez no esté mal que me haya pasado esto (no se consuela el que no quiere), me sirve para hablar con un poco más de propiedad sobre el asunto.

Hechos a destacar: 1) No hubo en los ladrones vacilaciones ni tampoco más violencia de la necesaria. El único contacto fue la mano en mi bolsillo, rápida, precisa, diría que profesional. 2)Varios vecinos vieron que los dos tipos me seguían y nadie hizo un gesto de aviso ni me dijo nada. Yo “gileé” al venir distraído, ya sé, pero nadie atinó o se animó a avivarme. 3) Los vecinos se acercaron a solidarizarse cuando los chorros ya habían escapado y ahí me enteré de que los conocen bien, de que andan siempre en el barrio (parece que les roban a los jubilados que salen de la Caja de Jubilaciones), de que ya han robado a mucha gente en la zona y de que la policía los tiene identificados y ha recibido denuncias contra ellos, pero los dos siguen campeando a sus anchas. 4) Una vecina me sugirió denunciar en la Seccional. Yo, sabiendo que no iba a recuperar la plata, le hice un gesto de “¿y pa´ qué?”. La mujer asintió, como ante cosa sabida.

Es la primera vez que me pasa algo así. Habían robado a mis hijos y a varios amigos y amigas. Me robaron el auto alguna vez y me rompieron los vidrios varias veces, pero nunca había experimentado el robo así, de cuerpo presente.

¿Qué pienso ahora de la inseguridad y de la delincuencia?

Voy a ser muy sincero. Inmediatamente al hecho y durante los siguientes veinte o treinta minutos, sentí el deseo incontenible de encarar a los dos chorros con un fierro (no un revólver, sino un buen pedazo de hierro) en la mano. Prometí ser sincero y esa es la verdad. No quería hacer denuncias, no quería trámites burocráticos ni perder el tiempo, no me interesaba que fueran presos y descontaba que nunca iba a recuperar el dinero. Lo que quería era desahogar la furia y la impotencia con una revancha física directa.

Después, poco a poco, lo fui pensando mejor. Seguía dándome mucha bronca que esos dos cretinos fueran a disfrutar el dinero que yo había ganado trabajando, pero me puse a pensar en el asunto más en general.

Trabajo en la zona. Mis hijos vienen más que a menudo a mi lugar de trabajo. Cientos de personas pacíficas viven en las cuadras circundantes. Los actos de venganza generan nuevos actos de venganza. Los delincuentes también tienen familia y amigos, y el “ojo por ojo” puede tener un final imprevisible. Sin contar con que siempre pueden aparecer otros delincuentes que se sientan más valientes o más impunes. El asunto, entonces, no es desahogarse. El asunto, el verdadero asunto, es que estas cosas no pasen más. La cuestión es ¿qué habría que hacer para que dejen de pasar?

Primera cosa: de nada sirve ponerle por delante un micrófono o una cámara de televisión al que acaba de sufrir un robo o un acto de violencia. Lo que va a decir es lo mismo que pensé yo durante la primera media hora siguiente al robo: que le gustaría partirle los huesos al culpable. Así de simple y de primario. Así de inútil y de peligroso.

Segunda cosa: la gente tiene miedo de los delincuentes y no confía en la policía. Es un secreto a voces. Todos, en cada barrio, saben quiénes son los delincuentes, los grandes y los chicos. Saben dónde viven. La policía también lo sabe. En cada Seccional lo saben. Mucha gente no denuncia porque sabe que será inútil, piensa que los delincuentes se van a enterar y tiene miedo de las consecuencias. Los “operativos de saturación”, esos “de película”, con helicópteros, cámaras de televisión y mucho despliegue de milicos, son puro cuento. En Montevideo, en el Uruguay, somos pocos y nos conocemos. Si alguien quiere identificar a los que hacen cierta actividad –cualquier actividad- no precisa helicópteros, basta con preguntar.

Un ejemplo. En la zona del Parque Rodó, a una cuadra de la sede del MERCOSUR, un grupo de delincuentes vive en un hotel abandonado. Han robado a todos los comercios de la zona, hace poco mataron a un muchacho ante la puerta del hotel y tienen amedrentados a los vecinos. Cansados de denunciar ante la Seccional 5ª, algunos vecinos fueron a hablar con el Ministro del Interior. El Ministro les pidió tiempo y paciencia. Veremos qué pasa.

Uno de los secretos de la inseguridad es que la policía, en lugar de ser la solución, es parte del problema. Bastaría la voluntad policial, respaldada por la judicial, de desarticular los centros de delincuencia conocidos para disminuir la inseguridad. Sin esa decisión, de nada servirá contratar más policías, comprar más helicópteros y más patrulleros, aumentar las penas y bajar la edad de imputabilidad.

Tercera cosa: si las políticas sociales siguen siendo repartir plata en lugar de insertar cultural y laboralmente a los jóvenes, la usina de delincuencia seguirá en marcha. Si además se irresponsabiliza a los padres y el sistema educativo público no funciona, a breve plazo el problema será incontrolable. Ni toda la policía del mundo, por honesta que fuera, podría controlar una situación de marginalidad social tan extendida.

Los dos muchachos que me robaron eran muy jóvenes. Probablemente menores de edad. Apostaría mi cabeza a que ya tienen algún antecedente policial y a que no completaron tercer año de liceo, cuando en teoría es obligatorio cursar sexto año.

Me pregunto por qué el sistema de enseñanza permite esas deserciones sin tomar medidas, sin hacer sonar la alarma. ¿Dónde habrán aprendido esos gurises el oficio de ladrón? ¿Dónde estarán sus padres? ¿Habrán sido citados alguna vez para rendir cuentas por sus hijos?  

 

  

        

  

               

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