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LA INTENDENCIA TIENE LA PALABRA, LA POBLACIÓN LOS VOTOS Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 1 mar. 2013 11:01 por Semanario Voces
 

Cuando se habla de una ciudad moderna se piensa en su arquitectura, pero, en realidad, se puede invertir en el diseño de los principales estudios de arquitectos del mundo y acabar siendo lo que la “Civilización del Espectáculo” demanda del dinero: ciudades para las agencias de viaje más que para sus propios habitantes. El acarreo de tecnología arquitectónica y el diseño han hecho de Oriente Medio el no va más de los negocios inmobiliarios.

En Arabia Saudita se acaba de reforzar la legislación que separa hombres de mujeres en los centros comerciales más lujosos, lo que viene a cuestionar, todavía más, el carácter de una ciudad, que debería ser, antes que nada, integradora. En Beijing y Shangai el aggiornamiento a Occidente ha producido obras monumentales, que apenas inauguradas comienzan a hundirse en las orillas inconsistentes del río Yangtzé. Beijing ha colapsado una semana atrás debido a la polución del aire. La riqueza puede actuar como esa nube de smog que acogota la capital china, salpicando con fetiches culturales extraños los símbolos de una civilización estancada. Los precios del petróleo o las ventajas comerciales de pagar sueldos de hambre pueden desembocar en oferta y demanda de bienes que las vanguardias de las metrópolis comienzan a cuestionar por innecesarios para la vida actual y futura en el planeta. Las cifras de desechos tóxicos son alarmantes. La obesidad de la población otro tanto. La convivencia en algunas ciudades de América Latina como Tegucigalpa o Caracas se está volviendo insostenible. Nuestra ciudad debería disfrutar del auge económico del país, con obras que le den una perspectiva más humana, en primer lugar, a los sectores más deprimidos de la población. ¿El transporte público ha evolucionado a la par de la economía nacional?  

La administración de la ciudad se parece a una paternidad ausente, a una cinta sin fin de frases ingeniosas, como “Montevideo de todos”. Por mucho que se quiera adornar la acción del gobierno municipal, es una ciudad que se ha marchitado sin que la sucesión de intendentes que llegaron con la recuperación de la democracia representaran algo nuevo, acorde con las posibilidades técnicas de hoy y el aumento significativo del presupuesto. Mucha pirotecnia culturosa pero poco sustantivo en beneficio de los contribuyentes, incluyendo a los que por su condición social pueden aportar lo mínimo.

PARA UNA CIUDAD MÁS SANA

Hay dos cosas que la Intendencia de Montevideo pudo y puede impulsar casi sin recursos: un transporte público eficiente, movido por una energía limpia, y el uso de la bicicleta. Lo primero debiera ser una imposición a las empresas que se benefician de la ciudad, para que, progresivamente, vayan incorporando vehículos eléctricos, sobre todo en las avenidas más largas. ¿Qué debería aportar la Administración? Carriles de verdad exclusivos para vehículos públicos de ese tipo, con obstáculos insalvables para otro tipo de transporte y con inspectores que tengan entre ceja y ceja el bienestar público no el ansia recaudatoria. Montevideo no debió abandonar sus tranvías y trolleys, debió mejorarlos, como se hace en las ciudades mejor equipadas del mundo. De poco sirve echarle la culpa a la herencia maldita. Mentarla, a esta altura, sólo arroja más sombra sobre la propia administración departamental del Frente. De tanto en tanto, vaya a saber uno si partiendo de alguien que intenta mejorar las cosas, o, por el contrario, que anuncia iniciativas para jugar a la mosqueta con los ciudadanos, se oye hablar de un futuro metro, de un tren elevado por Avenida Italia, pero luego el eco se apaga y con ello la credibilidad de los ciudadanos.

PEDALEANDO EN EL PELIGRO

En lo que se refiere a la bicicleta, es un asunto de jerarquías, no se le da, por parte de la Intendencia, la importancia que tiene en ciudades complejas, con cascos históricos protegidos, de trazados estrechos. Hay que ser un kamikaze para transitar por las calles de Montevideo, donde las señales son poco respetadas y los cambios de senda sueles ser sorpresivos. No se ha proveído de protección al ciclista, y algunos trazados, como el de bulevar Artigas son utilizadas como veredas por los peatones cuando no de estacionamiento. De lo que se trata es de emular las ciudades donde la calidad de vida es una demanda de una parte importante de la población. Población, que, por supuesto, tiene acceso a instituciones que recogen sus iniciativas y reclamos. En Montevideo es fácil imaginar a un Defensor del Vecino desbordado por los problemas y sin medios para hacer pesar la opinión de los vecinos.

Si ciudades como Londres, con una larga tradición de proteger su red urbana contra innovaciones, es capaz de trazar hasta autopistas para bicicletas, y señalarlas nítidamente con un color celeste, para que nadie tenga dudas de quienes son los usuarios, ¿cómo no podríamos tener en Montevideo un trazado exclusivo que le asegure a los ciclistas seguridad y servicios complementarios, como parking, servicio de reparaciones y hasta tiendas de accesorios? Quizás el colorido de las ciclovías de Londres como de otras tantas ciudades importantes tenga que ver, además, con la administración del diseño de la ciudad, donde hasta para pintar el frente de la casa o hacer una reforma exterior hay que solicitar permiso a la municipalidad. En Montevideo, en principio, no sería necesario más que sembrar de pinitos la separación entre la ciclovía y el resto de la calle, y pintar en cada cuadra la silueta de una bicicleta.

INCLUSIÓN, SALUD, ENERGÍA LIMPIA

¿Por qué no pensar en una potente política destinada a todo público, netamente inclusiva? Si hay algo que casi cualquier ciudadano puede comprar es una bicicleta. Promover inclusión, promover salud, promover energía limpia debería ser una obsesión, tanto para la administración de nuestras ciudades como para el Estado. Algunas iniciativas pueden no estar acordes con las posibilidades económicas del país, otras están al alcance de la mano, y, sin embargo, no las ponemos en práctica. Esta es una de ellas.

Se desarrolló toda una estructura policial para asegurarse que el tarifado, el guinche, el cepo y todo lo que se puso en marcha funcionase bien para solucionar, se dijo, un problema de congestionamiento de la ciudad, cuando, en los hechos, los nuestros no son ni siquiera los problemas de cualquier barrio de Buenos Aires. Se habló hasta el cansancio del cepo, de los conductores enojados y hasta de las agresiones, pero todo fue para correr de atrás a un problema sobredimensionado, cuando se debieron impulsar políticas alternativas a un uso más racional y sano del espacio común. Se siguió la misma actuación de otras administraciones que eliminaron el tranvía y el trolley. En lugar de emular a los gobernantes que jugaron al achique, las administraciones frentistas debieron tener una visión similar a la de quienes diseñaron los grandes parques de Montevideo y el ensanchamiento de las calles más importantes, obligando a no edificar donde, en aquellos tiempos todavía en tinieblas, se sospechaba circularía el tránsito futuro de la ciudad.

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