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La Izquierda Desnuda Por Rafael Massa

publicado a la‎(s)‎ 8 mar. 2013 6:54 por Semanario Voces
 

Las palabras otrora corrientes no son hoy más que términos del diccionario. De la misma suerte, los nombre de los héroes más celebrados en otros tiempos no son, en cierto sentido, más que vocablos caducados: tales son Camilo , Cicerón, Voleso, Leonato; dentro de poco, Escipión y Catón; luego Augusto, Adriano, Antonino. Todo pasa, y presto no es más que un nombre fabuloso; pronto lo sepulta el más completo olvido. Y hablo  de los que en cierto modo han despedido alguna maravillosa lumbre; porque los otros, desde su último aliento, son desconocidos y silenciados.

Marco Aurelio:” Meditaciones”, Libro IV, #33.

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La historia de los tiempos que nos tocan, serán otros quienes la escriban.  Más aún, quizá ni siquiera hayan nacido aún los que se ocuparán de tal tarea, aunque  es poco probable que en sus trabajos  haya espacio para algunos  de los nombres que hoy la protagonizan. También los detalles, que tanto nos ocupan hoy, quedarán seguramente en el olvido. Por eso, aún con escasa distancia de los hechos es siempre conveniente dejar de lado  la casuística, separar la paja del trigo e indagar en  las verdaderas razones de lo que pasó en las últimas semanas.  

Las resoluciones de la Suprema Corte de Justicia (SCJ) declarando inconstitucionales la ley que permitía el juzgamiento de los crímenes de lesa humanidad cometidos en dictadura  y la que habilitaba al gobierno a incrementar los impuestos sobre la tierra a quienes concentran su poder sobre las misma, han estallado en las narices del gobierno de izquierda.

Las reacciones han sido diversas. Como siempre, la derecha es unánime, por convicción, y en estos casos, también por oportunidad. Sus argumentos son elocuentes: la Corte se ha pronunciado, sus fallos son inapelables, y quienes así no lo reconozcan se ubican, de oficio, en el bando de los opositores a la democracia. En algún caso, haciendo gala de un terrorismo arcaico, han advertido que las instituciones peligran. Es un razonamiento simple, sencillo de comprender y que obedece naturalmente a la lógica de la institucionalidad bajo la cual nuestro país se gobierna desde siempre. Durante los gobiernos de los Partidos Tradicionales, y también desde que gobierna la izquierda, hace ocho años. 

Desde la izquierda, siempre compleja y nunca unánime, los sentimientos, las opiniones y las acciones, lucen dispersas. También esto resulta previsible: en el caso de la ley de caducidad y el cese de sus efectos, el proceso fue errático y confuso;  en materia tributaria, las ásperas disputas internas entre el Ministerio de Economía y la Oficina de Planeamiento y Presupuesto son públicas. Cuando el rumbo no está claro, la fuerza se desvanece y los objetivos se alejan.

 

 

Se han perdido dos batallas, y de no cambiar la estrategia, es probable que se sumen más derrotas. Porque lo que subyace tras estas frustraciones, es que el gobierno no  ha identificado cómo ni dónde golpear a sus adversarios. Aceptar mansamente que como uno de los poderes del Estado ha juzgado, ya nada queda por hacer más que seguir chicaneando jurídicamente para ver si algún otro criminal puede ir preso, es razonar bajo la lógica del enemigo. El discurso de la derecha, bajo el cual la ley gobierna la política es otra falacia, propia de quienes pretenden mantener el estatus quo. Es también haciendo política que lograremos justicia.

El problema de la Corte, y por tanto de las decisiones que tomó, enfrenta al gobierno (e interpela a la izquierda en su conjunto) con sus omisiones y no hace más que confrontarla  con los verdaderos problemas que toda izquierda con aspiraciones debe plantearse, que es ni más ni menos que la de desplazar a los dueños del poder.

 Porque lo que queda tras estas batallas perdidas, es también la constatación de que el poder no está en cuestión. Y si para algo nació la izquierda es para subvertirlo, para cuestionarlo, para generar un nuevo orden, una nueva sensibilidad, en definitiva, una nueva cultura.

Y ocurre lo que ocurre, porque ni este gobierno ni el anterior han tenido la voluntad de plantear en forma franca y directa el cuestionamiento al poder establecido. Ni el poder militar, ni el poder de los medios de comunicación, ni el de los propietarios de la tierra, ni el de la banca, ni el de la burocracia estatal, ni ningún otro.

Nada se ha cuestionado desde una perspectiva de los cambios de las relaciones de poder. ¿En qué ha devenido la política para la izquierda? ¿O cree que se pueden transitar los cambios sin enfrentar al enemigo?  No es jugando a la mosqueta que la izquierda logrará subvertir el poder, sino planteando los temas con valentía, transparencia y claridad. Lamentablemente se ha perdido mucho tiempo y con ello, también la fuerza.

Basta con observar lo que han hecho algunos de los gobiernos de la región para advertir que, aún bajo las reglas de juego existentes, es posible introducir los cambios necesarios para ir modificando las mismas. Ecuador, Bolivia, Venezuela, Argentina, han encarado profundas reformas institucionales que  van en el sentido de transferir el poder, aunque sea paulatinamente, a quienes han sido históricamente sujetos de opresión por parte de las clases dominantes. Por supuesto que enfrentan obstáculos, en algunos casos con extrema dureza, aunque también es cierto que concitan cada vez más apoyo electoral.

¿Cuáles son los temores del gobierno a tomar las medidas que enderecen el camino?  ¿Qué piensa en relación al “tema militar”? Porque mucho más allá de las consecuencias sobre el juzgamiento a los militares delincuentes, lo que subyace  como consecuencia de la decisión de la Corte es el fortalecimiento del poder de la casta militar uruguaya. Por otra parte, ¿recién ahora nos damos cuenta que esta Corte, así como todo el sistema judicial,  necesita cambios profundos? ¿Por qué no convocar entonces de una vez por todas la tan prometida Asamblea Constituyente que ponga éste y otros tantos temas en discusión?  

 

 

 

 

El mundo ha cambiado mucho desde el análisis del capitalismo realizado por Marx, aunque” la vinculación entre, por una parte, la opresión política, la existencia del Estado y la naturaleza oligárquica del poder, y por otra parte, la propiedad privada, especialmente los medios de producción y de los instrumentos de circulación financiera” (*), permanece inalterable.

Ante esto, abdicar de” una organización totalmente diferente de la comunidad de los vivientes humanos, una organización basada en la apropiación colectiva de la producción, la igualdad estricta, el fin de la división del trabajo, en suma, que la especie humana se eleve por encima                de la animalidad darwiniana y deje de considerar que son inevitables la competencia egoísta, la lucha de todos contra todos y la desigualdad monstruosa de las fortunas”(*), es inadmisible para un gobierno de izquierda.

Muchos tenemos la convicción de que los desafíos planteados por el gobierno en el par de años que restan, de acuerdo a lo señalado por el presidente, no cambian, sino que afianzan el rumbo trazado. Ni un puerto de aguas profundas, ni la extracción de los recursos minerales de nuestro suelo, ni el cambio de la matriz energética, ni la UTEC, ni la manoseada ley de medios pondrán ningún límite a quienes detentan los poderes reales.

Como Marco Aurelio, que redactó sus Meditaciones en la soledad de su tienda de campaña, en las pausas de los combates, la izquierda debería también hacer una pausa introspectiva, dialogar consigo misma y olvidar por un momento el efímero contexto. Al menos, si lo hace y recuerda su esencia,  alejará por un tiempo el más completo olvido del que nadie escapará.

(*) Alain Badiou: Entrevista a La Nación, 2008-10-04.

 

 

 

 

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