Artículos‎ > ‎

La Ley de Gresham en la política Por Javier de Haedo

publicado a la‎(s)‎ 11 may. 2012 10:24 por Semanario Voces
 

Hay una ley en la economía que se conoce como la Ley de Gresham, que expresa que “la moneda mala desplaza de la circulación a la buena”. En principio, esa definición choca con el sentido común, dado que parece claro que si puedo optar entre dos monedas, voy a preferir la mejor. Piénsese en una economía con inflación, como la que tuvimos en forma crónica en nuestro país entre los 60 y los 90, cuando justamente el dólar desplazó al peso uruguayo (que supo tener varios nombres y perder varios ceros en esos años) y se desarrolló la dolarización contra la que todavía hoy cuesta luchar, tras más de diez años con la inflación en un dígito casi sin excepciones.

 

Vale la pena recordar que desde la creación del Banco Central del Uruguay se han emitido sucesivamente tres monedas: el “peso” hasta julio de 1975, el “nuevo peso” desde entonces y hasta 1993, y a partir de ese año, el actual “peso uruguayo”. Cada cambio implicó la “pérdida” de tres ceros con relación al antecesor inmediato. El sostenido deterioro de la moneda nacional se debió a la referida inflación crónica que se padeció durante décadas, hasta que a comienzos de los 90 se inició un plan de reducción gradual de la inflación que la llevó a menos de 10%, situación que llega hasta nuestros días. Obsérvese la contradicción entre el deterioro de la moneda nacional sufrido entre 1975 y 1993 (en solo 18 años hubo que volver a quitar tres ceros), con lo sucedido en los ya casi 20 años posteriores a 1993. Procesos similares, pero mucho más frecuentes, se dieron en Brasil y en Argentina, también hasta comienzos de los 90: el real nace en 1994, mientras que la última vez que se quitaron ceros a la moneda argentina fue en 1992.

 

En cuanto a la dolarización, el indicador más habitual es el que tiene en cuenta a las proporciones de depósitos en pesos y en dólares. Hasta comienzos de la década pasada, el “grado de dolarización” de los depósitos del sector privado en el sistema bancario se ubicaba en torno al 90%. Tras la crisis de 2002, numerosas medidas fueron dispuestas para incentivar la desdolarización de la economía en general y de los depósitos en particular: previsiones sobre créditos, encajes sobre depósitos, seguro de depósitos, creación de la Unidad Indexada y emisión de títulos públicos en esta unidad, etcétera. Sin embargo, la dolarización de los depósitos sólo se redujo al 75% y parte de esa caída es meramente contable, debida a la valorización del peso frente al dólar. Es decir que la mayoría de la gente aún perdiendo, prefiere el dólar.

 

Como expresaba al comienzo, la Ley de Gresham, que expresa que “la moneda mala desplaza de la circulación a la buena”, choca con el sentido común, dado que parece claro que si puedo optar entre dos monedas, voy a preferir la mejor.

 

Sin embargo, hay que ubicarse en el contexto en el cual Sir Thomas Gresham, comerciante londinense que fuera fundador de una bolsa para comerciantes que se convirtió en la Royal Exchange, la formuló en pleno siglo XVI. En aquella época coexistían diferentes monedas con poder cancelatorio similar, pero algunas tenían un valor intrínseco mayor que otras por el contenido de oro. Siendo así las cosas, si se aceptaban por igual ambas monedas, la gente tendía a atesorar las de mayor contenido de oro, es decir las mejores monedas, y a utilizar las de menor valor propio. Por lo tanto, las monedas malas desplazaban a las buenas como medio de pago, ya que las buenas eran retiradas de la circulación por la gente.

 

Algo similar sucede con las noticias, a las que también se puede aplicar la Ley de Gresham, la que en este caso se formularía así: “la noticia mala desplaza a la buena”. Múltiples son los ejemplos que a diario podemos ver para comprobar esta ley aplicada a las noticias. Vea el lector los informativos esta noche o escuche la radio al mediodía y haga la prueba de contar la cantidad de “malas noticias” (crímenes, problemas carcelarios, accidentes, conflictos políticos, problemas climáticos, huelgas) y de “buenas noticias” (inauguración de una escuela o policlínica, avance en salud, instalación de una nueva empresa). Las primeras ganan por goleada.

 

Es posible que la Ley de Gresham se pueda aplicar a múltiples otras cosas, y dejo al lector que juegue con su imaginación en ese sentido. Pero hay un caso concreto al que desde hace tiempo sé que esta ley se aplica, porque lo he podido comprobar en forma recurrente. Es el caso de los asesores. En este caso la ley rezaría del siguiente modo: “el mal asesor desplaza al buen asesor”, y la comprobación en reiteración real que he realizado de la aplicabilidad de esta ley en este caso se debe a un tema que he conocido desde cerca, el de los asesores económicos en la actividad política.

 

Es posible que esa Ley también se pueda aplicar a buenos asesores en otras disciplinas de la actividad pública, a quienes sus jerarcas no lleven el apunte (enseñanza, salud, seguridad,…), pero voy a escribir sobre lo que conozco.

 

Tampoco dudo que la Ley se ha de aplicar también en forma elocuente en otras áreas del asesoramiento, en el ámbito privado. Sin ir más lejos es posible que el lector pueda encontrar algún ejemplo de su propia actividad profesional o comercial, en la cual el director o directorio de una empresa se sintiera más a gusto con los asesores o gerentes que sólo le trajeran buenas noticias y por el contrario desplazaran o prefirieran tener menos reuniones con quienes por sus posiciones y/o convicciones les hicieran ver la parte vacía del vaso.

 

Volviendo al caso que me interesa destacar, el mal asesor económico, entonces, desplaza al bueno, en la actividad política. Creo que es bastante obvio, pero vale la pena elaborar al respecto.

 

Es mal asesor el que dice a su asesorado (líder político) lo que los oídos de éste pretenden escuchar. Es bueno, en cambio, el asesor que además de los aspectos positivos de una propuesta (un proyecto de ley o un programa de gobierno, por dar ejemplos), le hace notar los inconvenientes de lo que está proponiendo, las limitaciones y restricciones que deberá enfrentar para llevar adelante su iniciativa y las cosas que no podrá hacer si elige ese camino (la economía nos hace ver que los recursos son siempre escasos y que los fines son diversos y los exceden, por lo que hay que optar).

 

En definitiva, el mal asesor asiente cuando su asesorado le dice que dos más dos suman cinco y, en el súmmum del mal asesoramiento, le pretende dar fundamento técnico. El buen asesor, en cambio, se resigna ante lo inexorable: dos más dos siguen y seguirán sumando cuatro, seguramente por mucho tiempo.

 

El desplazamiento del buen asesor por el malo se puede dar de diversos modos. Por un lado, puede suceder que el asesorado (recuérdese, el líder político) deje de consultar al buen asesor porque a fin de cuentas siempre le viene con problemas y dificultades. Por otro lado, puede ocurrir que sea el buen asesor el que decida tomar distancia por aquello de que no vale la pena gastar pólvora en chimangos.

 

Comments