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LA OTRA CARA DEL SUPER BRASIL Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 7 dic. 2012 12:01 por Semanario Voces
 

El pasado 22 de noviembre, Joaquim Barbosa fue nombrado Presidente del Tribunal Supremo Federal, la máxima autoridad judicial del país. Barbosa cuenta con un extraordinario currículum, con postgrados en Francia, Estados Unidos y Brasil. No sólo eso, este prestigioso abogado de 58 años también es un virtuoso intérprete de piano y violín. Maneja con fluidez, aparte del portugués, inglés, italiano, francés y alemán. Si bien era un abogado con prestigio en el ámbito del Derecho, su nombre saltó al conocimiento popular por haber sido el instructor en el juicio a los 25 encausados por la trama delictiva llamada el Mensalao, donde fueron procesados varios dirigentes del PT y del gobierno de Lula.

 

¿De dónde salió este hombre que ha sido capaz de poner en la picota nada menos que a la cúpula del gobierno y el partido del hombre que se retiró de la presidencia con un altísimo nivel de aprobación popular?

Fue precisamente Lula quien lo recomendó para integrar la Suprema Corte en 2003. Era la primera vez que un abogado negro asumía una responsabilidad tan alta. Quizás haya influido el color de su piel en el nombramiento, pero sus antecedentes, en todo caso, lo blindaban ante cualquier interpretación de discriminación positiva. Nada más que en la Sorbonne obtuvo tres diplomas de postgraduación. De haber existido algún tipo de preferencia a favor de Barbosa nunca debió aplicarse para el Tribunal Supremo Federal; no se lo hubiera permitido nadie a Lula, por más que existiese una cierta indulgencia en un caso como este, teniendo en cuenta que Brasil es el segundo país con población negra de la Tierra, después de Nigeria. Su independencia la demostró en el juicio que se siguió a los principales dirigentes del partido y del gobierno de Lula, precisamente, quien lo había propuesto para integrar el máximo tribunal federal. Por más que Genoino, y, sobre todo, José Dirceu, intentaran defenderse con que el juicio que se les seguía era una maniobra de la prensa, la realidad demostró que las pruebas que presentó el instructor del proceso fueron concluyentes, y que la acusación a ese grupo delictivo es sólo parte de una patología que Barbosa parece estar dispuesto a erradicar.

Lo sustantivo del juez Joaquim Barbosa es su trayectoria, su lucha contra la adversidad, sin más estímulo que una profunda convicción en lo qué quería ser en la vida. Hijo de una familia numerosa, con ocho hijos de un albañil y una limpiadora; Barbosa nació en el Estado de Minas Gerais, hace 58 años. Ni en su pequeño pueblito de nacimiento ni en su familia podría encontrar las posibilidades para pelear por su futuro. A la edad de 16 años deja su casa para buscar posibilidades en Brasilia. Consigue trabajo nocturno en una imprenta y, por el día, un trabajo de limpiador en los tribunales, en esos mismos tribunales donde volverá, años más tarde, como magistrado. Hoy, Barbosa es un superhéroe, y no falta quien, desde ya, lo esté proponiendo para las elecciones presidenciales de 2014.

A la causa colectiva del Mensalao, se le han sumado otros casos de corrupción en el sistema político, el último esta semana anterior, el llamado Rosegate. Rosemary Novoa Noronha, una persona muy allegada a Lula, quien había sido designada por él en 2003, en un cargo, al parecer, hecho a medida, con el pomposo título de “Jefa de gabinete de la oficina de la Presidencia de la República en San Pablo”. ¿Cuáles eran sus funciones? Al parecer estar cerca de Lula, viajar con pasaporte diplomático donde él viajase. La esposa de Lula, Marisa Leticia, la tenía entre ceja y ceja, y no ahorró gestiones, siempre que pudo, para que la excluyesen de la delegación oficial. Quince días atrás fue destituida por la presidente Dilma Rousseff, su casa fue allanada por la Policía Federal, confiscándosele numerosos documentos, más de 10 mil emails, registros de llamadas telefónicas, más de 100 con Lula, después de haber dejado la presidencia. La ahora exfuncionaria está acusada de pertenecer a una red de tráfico de influencias, en la que aparecen varios familiares suyos, y altos funcionarios del gobierno, en primera línea tres hermanos Rodrígues Vieira, principales de la Agencia Nacional de Agua y Aviación Civil. Estas nuevas detenciones golpean el sistema político, y habría que preguntarse hasta cuándo podrá resistir. Por el momento Lula viene salvando el pellejo pero son demasiadas personas de su entorno más inmediato las que caen, y en caso que el sistema judicial vaya a fondo, y Lula fuese citado a declarar, la crisis política sería inevitable.

El nombramiento de Barbosa, y su actitud de ir hasta el fondo, aunque se trate del partido de su mentor, le aportan aire fresco al panorama político brasilero. Un hombre con una sólida formación, de origen humilde, es la contracara del Brasil poderoso, el que ha hipotecado la salud del pulmón del mundo ante compañías extranjeras que adquirieron más tierras en Brasil que la totalidad de los territorios de sus países de origen. Barbosa no tiene pelos en la lengua, y ha fustigado duro al propio sistema penal brasilero, que procesa, con preferencia, a los negros, los pobres y las minorías. Si bien ya Lula representó un cambio trascendente, teniendo en cuenta sus orígenes, con Joaquim Barbosa, realmente, comienza ese cambio. Lula llegó a la presidencia aupado por un partido político. Barbosa llega a la máxima jerarquía de uno de los poderes del Estado por sus propios méritos. Sin padrinos, como premio al esfuerzo personal y a las estructuras educativas que la República ha podido consolidar, Barbosa también parece decir “sí, se puede”, y esto debería generar una reflexión en nuestro ámbito, porque pudo sin que mediara ninguna ley discriminatoria, aun tratándose de una discriminación positiva. Su trayectoria y su visibilidad actual, de por sí, estimularán el esfuerzo y la autoestima de quienes hoy puedan sentirse, y con razón, discriminados.

Las reformas que Fernando Henrique Cardoso había iniciado, y que luego Lula y Dilma Rousseff continuaron y profundizaron, comienzan a dejar atrás el Brasil feudal, un país en el que todavía quedan demasiados intocables. Pero, también, la reacción del juez Barbosa ante los indicios de una gran red criminal asociada al partido de gobierno, y al gobierno es, en sí, es la contracara de ese Brasil prevaricado. El Partido de los Trabajadores actuó con reflejos del pasado, no comprendió que había llegado su hora, y que su rol, aparte de gobernar bien, era el de hacer realidad el carácter moral de su gestión. Habrá que esperar para saber si los cambios serán capaces de mantenerse en el tiempo, pero ya no hace falta esperar más para constatar que los principales dirigentes del PT fueron procesados por haber manejado los fondos públicos como propios, incurriendo, además, en delitos graves de corrupción.

Joaquim Barbosa, aunque hubiese sido rubio o achinado, devolvió a la ciudadanía la confianza en la democracia, y, por primera vez, el eje de la vida nacional no es el Poder Ejecutivo sino quien debe velar por la aplicación de la Justicia. Esto puede ser trascendente si se tiene en cuenta la importancia de Brasil en el contexto internacional y la imagen que proyecta en un mundo que ha perdido los paradigmas que marcaron buena parte de los Siglos XIX y XX.

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