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LAS CONTRADICCIONES DE LA IZQUIERDA FRENTE AL CAPITAL Por Eduardo Gudynas

publicado a la‎(s)‎ 19 ago. 2011 8:14 por Semanario Voces
 

 

 

 

 

 

En el diálogo en marcha con Hoenir Sarthou sobre el papel de la izquierda frente al desarrollo, acordamos en la relevancia de enfrentar esas cuestiones. En su último aporte, Sarthou repasa las opciones para la ciencia y la tecnología, y el desarrollo, pero con un tono de perplejidad y escepticismo. Por mi parte, considero que hay muchas oportunidades para romper con los viejos vicios. Algunas son pequeñas medidas (como por ejemplo, potenciar una ciencia nacional y regional, antes que seguir las metas y procedimientos anglosajones), y otros son de mayor envergadura (tales como explorar una ética de la austeridad).

 

En este artículo apunto a continuar el diálogo con Sarthou, partiendo desde nuestra coincidencia: la izquierda se “compró” la idea convencional del desarrollo, y hoy aparece como obsesionada con el crecimiento económico motorizado por las exportaciones y la captación de inversiones. Avanzaré desde allí, pero en otra dirección.

 

Contradicciones en la izquierda socialdemócrata

 

Ya no es raro escuchar que, por ahora, no es posible escapar de una organización capitalista de las economías, y por lo tanto el crecimiento económico es la única vía efectiva para generar empleo y financiar al Estado. En este artículo quiero poner en consideración que eso genera una serie de contradicciones, las que primero se expresan en las prácticas de los gobiernos de izquierda, pero que a la vez corroen su alma ideológica.

 

Las contradicciones más evidentes nacen en la promoción de ese crecimiento económico, y en especial la captación de inversiones para sostener sus exportaciones. Paulatinamente, esta izquierda se acerca más y más al capital, por lo que debe renunciar algunas regulaciones sobre el capital. Sus límites están, por ejemplo, en no ahuyentar a los inversores y en poder competir con éxito con medidas similares que aplican los países vecinos. Esto se expresa en acciones como las exoneraciones tributarias o los tratados de inversión.

 

Este tipo de problemas los padeció la socialdemocracia europea. Debía asegurar la expansión económica para sostener el Estado de bienestar, con lo cual se repetían las concesiones al mundo de la economía y las empresas. Pero a la vez, debía atender a demandas de sectores organizados (especialmente los sindicatos) y asegurar la protección social. Muchas de esas medidas se contradecían son los postulados ideológicos de la izquierda, y por lo tanto fue necesario reconceptualizarla como la “Tercera Vía”, para así liberar los mercados, apoyar la competitividad empresarial o rebajar los impuestos corporativos.

 

El alemán Gerhard Schroeder fue uno de sus promotores más conocidos, tanto en la interna de su partido como desde el gobierno. Era una máquina para ganar elecciones pero con ello erosionaba la base conceptual de su partido. Si bien distintos líderes le abandonaron, en general casi nadie atendió a las advertencias sobre la Tercera Vía. Como última confirmación sobre dónde estaba su corazón, después de perder las elecciones de 2005, Schroeder abandonó la política para pasar a ser un alto ejecutivo de una gigante corporación rusa en energía que había negociado con su gobierno. Contradicciones similares vivieron, por ejemplo, el laborismo inglés de Tony Blair o el socialismo español, donde también se cristalizó una subordinación al capital que destruía los cimientos ideológicos de la izquierda.

 

Contradicciones en la izquierda sudamericana

 

Problemas parecidos ya se observan en la izquierda sudamericana. Por ejemplo, en Brasil, el Partido de los Trabajadores (PT) redefinió el papel que otorgaba al empresariado y el capital. Esto desembocó en una estrecha alianza gubernamental con un pequeño conjunto de megacorporaciones brasileñas. No es menor que los sindicatos también cambiaran en esa dirección, ya que los fondos de pensión de varios de ellos pasaron a invertirse en varias de esas grandes corporaciones. Sin duda eso genera más estabilidad y legitimidad con algunos sectores, pero limita todavía más los márgenes de maniobra frente al mundo empresarial.

 

Entretanto, ese y otros gobiernos progresistas llevan adelante fuertes programas de asistencia social, y para ello necesitan importantes recursos, de donde se vuelven todavía más necesitados de esas inversiones. Esto genera una izquierda gobernante que por un lado se aleja de las aspiraciones clásicas de regular el capital, ya que está obsesionada con las inversiones y las exportaciones, y por otro lado se acerca a su tradicional compromiso con la igualdad, por la aplicación de sus planes de acción social.

 

Allí reaparecen las contradicciones entre esas dos metas. Los problemas de fondo no se resuelven, en tanto en América del Sur buena parte de esas inversiones se centran en los sectores primarios de la economía, o en adquirir activos preexistentes, lo que perpetúa las condiciones de subordinación a la globalización. A su vez, las compensaciones y asistencias monetarias focalizadas sirven como paliativos de emergencia, pero no generan un desarrollo genuino.

 

La erosión ideológica

 

Estas contradicciones y la subordinación al capital tienen consecuencias, tanto en el plano conceptual o ideológico de la izquierda, como en el campo de sus acciones en el manejo del Estado. 

 

Sobre el primer punto, el presidente Mujica ha dicho una y otra vez, que las inversiones no se discuten, sino que el debate sólo puede enfocarse en cómo “repartir” el beneficio que generen esas inversiones. El vicepresidente Astori dice más o menos lo mismo, pero de manera más prolija. Esas nuevas fronteras ya están penetrando la forma de pensar de nuestra izquierda y la obligan a redefinirse. Enrique Rubio, uno de nuestros sofisticados pensadores progresistas, lo deja en evidencia en Voces (28 julio): “Para el país productivo que propusimos y estamos construyendo, es imprescindible la inversión, y solamente habrá inversión si hay expectativa de ganancia”, y agrega que eso “significa que lo distributivo tiene límites objetivos, independientes de la voluntad del gobierno, traspasados los cuales no hay inversión viable”.

 

Clarísimo: el pensamiento de izquierda deberá lidiar con una nueva frontera, que se define como objetiva, y esta es colocada en las condiciones de operación de las inversiones. Pero como ese capital es extranjero, sus mediadores son también extranjeros, y su institucionalidad es global, ese nuevo marco conceptual de la izquierda queda subsumido dentro de la globalización, donde poco y nada podemos hacer. La justicia redistributiva solo sería posible dentro de las reglas impuestas por la inversión.

 

Apunto aquí que no comparto esa posición, ya que existen muchos márgenes de maniobra frente a las inversiones en particular, y muchas vías para regular el capital en general, aún considerando todas las limitaciones que invocan Mujica, Astori, Rubio y otros.

 

Pasando ahora al plano de las acciones gubernamentales, podemos citar como consecuencias recientes el acuerdo confidencial de inversiones con Montes del Plata o el debate sobre Aratirí. Tenemos entonces en el primer caso al Ejecutivo que condiciona a todo el Estado al desempeño de una empresa, y en el segundo caso, a líderes políticos de izquierda que dicen más o menos lo mismo que la empresa minera. Se rechaza el debate ciudadano y partidario asumiendo que eso “asustaría” a los inversores. En el caso de la pastera de Conchillas habría que preguntarse si el acuerdo es secreto no sólo por la confidencialidad propia del empresariado, sino también porque irritaría a unas cuantas ideas propias de la izquierda.

 

Como conclusión, el haberse “comprado” la idea convencional del desarrollo hace que incluso la izquierda de los gobiernos económicamente exitosos quede sumida en contradicciones y tensiones sustanciales. Algunas de ellas son propias de la gestión estatal, pero en todos los casos van carcomiendo el entramado ideológico, con intentos de limitar o redefinir el espíritu propio de la izquierda. Esas contradicciones son inherentes e inevitables bajo las estrategias de desarrollo convencional (uno de los puntos en mi artículo inicial de este diálogo con Sarthou). Es por ello que cualquier renovación ideológica deberá reconstruir la vieja idea del desarrollo.

 

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