Artículos‎ > ‎

LAS IZQUIERDAS DESPUÉS DE LA PROFECÍA (II) Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 16 sept. 2011 11:04 por Semanario Voces   [ actualizado el 16 sept. 2011 11:06 ]
 

 

 

El debate sobre qué es la identidad “de izquierda” en el mundo post “socialismo real”, caracterizado por el desarrollo abrumador del capitalismo global y atravesado por conflictos económicos, geográficos,  militares, ideológicos, raciales y religiosos, es un gran tema para la cultura de izquierda   

Desaparecida la fe en el advenimiento del socialismo y perdida la confianza en el Estado como gestor de la economía y en la planificación como medio de organizarla racionalmente, la cultura de izquierda se ha fragmentado en actitudes que a menudo parecen inconmensurables. En el Uruguay, por ejemplo, son perceptibles al menos cuatro de ellas: 1) la “fundamentalista”, que se niega a asumir el fracaso de las experiencias socialistas y lo atribuye a errores políticos o traiciones de los partidos y gobiernos de izquierda; 2) la “progresista”, que concentra sus esfuerzos en acceder o mantenerse en el gobierno alegando que bajo su administración es posible armonizar al sistema capitalista con la justicia social; 3) la “derecho humanista”, que centra sus esfuerzos en la promoción de derechos humanos universales, identificados en general con los reconocidos por el derecho internacional; 4) la “ecologista”, que en sus variantes más politizadas postula una nueva crítica radical al sistema capitalista global, basada en la incompatibilidad de éste con la preservación de la naturaleza y de las condiciones de habitabilidad del planeta.

Ahora, ¿sigue habiendo algún elemento identitario en común entre esas actitudes que se autoproclaman “de izquierda”?

SIEMPRE LA IGUALDAD

No me propongo “inventar la pólvora”. Muchos autores han señalado que el elemento común entre las diversas posturas de izquierda es la importancia que le dan al principio de igualdad. Como ejemplo, basta mencionar a Norberto Bobbio y –aunque la expresión “izquierda” probablemente les rechinaría - a los liberales igualitaristas académicos (¿igualitaristas de escritorio?), cuyo paradigma es John Rawls y su inagotable cortejo de seguidores, comentaristas y críticos, que incluye también a algunos “neomarxistas”.

En definitiva, la izquierda, como categoría relacional que es, se distingue de la derecha por la prioridad que le asigna a la noción de igualdad social, frente a una derecha que, apelando con frecuencia a las nociones de tradición, eficiencia y realismo, tiende a tolerar o a promover la concentración de la riqueza y del poder político.  

En otras palabras, aun cuando la profecía marxista sobre el socialismo hubiese dejado de tener sentido, la categoría “izquierda” seguiría siendo válida en tanto representaría la voluntad de promover la igualdad social, económica y, eventualmente, también la política.

Esta visión es consistente con otra gran tarea que la izquierda tradicionalmente ha asumido: la defensa de los intereses de los sectores sociales menos aventajados, trabajadores, pobres, marginados, minorías raciales y sexuales, etc. Es decir que, aun en la hipótesis de que la historia no tuviera un sentido predeterminado y de que el socialismo fuera imposible, la categoría “izquierda” seguiría teniendo su razón de ser en la organización y representación política de las clases mayoritarias y postergadas de la sociedad. Después de todo, la representación y la defensa de los intereses de las clases postergadas frente a los intereses de las clases dominantes es una labor clásica y mucho más antigua que la propia izquierda. Basta remontarse a las luchas entre el partido de los plebeyos y el de los patricios, en la antigua república de Roma, para confirmarlo.

Es posible que esa visión de la izquierda, como defensora de los intereses y expresión política organizada de las clases mayoritarias y populares, pueda acomodarse a la visión que de sí mismas tienen las cuatro actitudes de izquierda que hemos descripto, Al menos, no es incompatible con los propósitos de la izquierda fundamentalista, ni con los del progresismo, ni con la defensa de los derechos humanos, ni en general con los del anticapitalismo ecologista.

El problema es que, por su extrema vaguedad, esa coincidencia no asegura una praxis común para las diversas actitudes de izquierda. Lo que obliga a hilar un poco más fino.

SIEMPRE LA DEMOCRACIA

¿Qué significa, en los tiempos que corren, propender a la igualdad y defender los intereses y asumir la representación de los sectores sociales mayoritarios y postergados? ¿Se trata de distribuir ayuda económicos? ¿De organizar luchas reivindicativas? ¿De hacer la revolución? ¿De asegurar el gobierno a partidos de izquierda? ¿De declarar nuevos derechos humanos? ¿O de exigir el respeto a la naturaleza e impedir actividades económicas depredatorias?

Salvo que se acepte recaer en posturas mesiánicas, la definición de los intereses de los sectores sociales mayoritarios y postergados de la sociedad no puede ser hecha desde afuera y por encima de la voluntad y de las prácticas vitales de esos mismos sectores sociales. Porque, ¿quién está legitimado para decir si a los sectores populares les conviene recibir ayuda económica, o declarar nuevos derechos, o votar a ciertos gobiernos, o hacer la revolución, o proteger a la naturaleza? En otras palabras, la definición de esos intereses no puede hacerse por otra vía que mediante un fuerte –y en cierto modo ciego- impulso democratizador, por el que todas las personas, y por ende las mayorías postergadas, participen directamente en la definición de los fines y objetivos de la sociedad

En el fondo, las luchas sociales son siempre luchas por el poder, por la redistribución del poder. Es decir, se puede repartir riquezas, o declarar nuevos derechos, o votar gobiernos “progresistas”, o proteger a la naturaleza. Pero esas conquistas serán débiles y podrán perderse si no van acompañadas por una redistribución democratizadora del poder, en sus aspectos económicos, pero también en los políticos, culturales e institucionales. Porque, a la larga, no es tan importante lo que se haga como quién define lo que se hará. Y este no es un tema menor en tiempos en que los Estados nacionales, de organización democrática, se vacían de poder en beneficio de organismos internacionales no sujetos a ningún control popular.

¿Será disparatado afirmar que la seña para determinar la identidad de izquierda de una política pueda consistir en ver si la misma apunta a la redistribución del poder por la vía de la democratización y el protagonismo de las mayorías?

Es posible que la idea suene livianita, pero no lo es. Sobre todo porque puede terminar evidenciando que ciertas políticas, habitualmente consideradas “de izquierda”, no lo son tanto. Por ejemplo, ¿son de izquierda las políticas sociales en las que el beneficiario es un mero receptor pasivo? ¿Lo es propugnar una revolución prescindiendo de la voluntad de convivencia pacífica que suelen tener los pueblos? ¿Y someter el concepto de derechos humanos a organismos internacionales sobre los que los pueblos no tienen el menor control? ¿Y conceder en secreto a inversores extranjeros privilegios que se niegan al resto de los ciudadanos? ¿E insistir en soluciones políticas para asuntos que han sido sometidos a plebiscito más de una vez? ¿Y priorizar el cuidado de la naturaleza en realidades en que los seres humanos tienen sus necesidades básicas insatisfechas?

Y SIEMPRE LA EDUCACIÓN

Por otra parte, el criterio de la redistribución democratizadora del poder puede sugerir también líneas de acción que la izquierda parece desestimar.

Por ejemplo, si la clave de la acción política de izquierda es su carácter democratizador, ¿habrá algún tema más importante que la educación? Porque, contra lo que se suele creer, no se nace ciudadano, sino que uno se hace ciudadano por la práctica de la participación y por la educación.

Claro, no cualquier clase de educación, sino una democrático- republicana, que tenga por objetivo la adquisición de los conocimientos, la información y las habilidades necesarias para la participación responsable en la vida ciudadana. Lo que implica cuestionar algunas nociones educativas muy de moda, como la “cultura de la imagen”, la “adecuación al mercado y al mundo del trabajo”, o la “variedad de ofertas educativas”.

En síntesis, hay un hilo conductor que une a la  izquierda con el principio de igualdad, y al principio de igualdad con la participación democrático-republicana, y a la participación  democrático-republicana con la educación. Lo que sin duda insinúa un camino radical y polémico pero fértil, en el que tal vez podrían coincidir algunas –no todas- de las actitudes de izquierda.

Pongo fin a esta nota sabiendo que no hice más que mencionar los titulares de un tema inagotable.

        

 

         

 

Comments