Artículos‎ > ‎

LAS IZQUIERDAS DESPUÉS DE LA PROFECÍA Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 9 sept. 2011 8:35 por Semanario Voces
 

 

 

 

 

Mis dos últimos artículos –surgidos a partir de un muy cordial intercambio de opiniones con Eduardo Gudynas y de la lectura de un artículo de Juan Grompone- giran en torno a una interrogante que nos desvela a muchos militantes de izquierda. La interrogante es qué significa hoy ser “de izquierda”. O, en otras palabras, si la expresión sigue teniendo sentido tras el colapso del “socialismo real”, la aparente inviabilidad de la profecía marxista sobre el inminente fin del capitalismo, la consolidación de un modelo capitalista que ha superado los límites nacionales y continentales en su afán de ampliar el mercado y apoderarse de recursos naturales, y la dificultad de los gobiernos y partidos de izquierda para redefinir su papel en la actual etapa histórica.

 

NI DIOS NI “LA HISTORIA”

La profecía marxista sobre el inevitable fin del capitalismo y el consecuente advenimiento del socialismo cumplía un papel ordenador para el pensamiento y la praxis de izquierda. Se podría discutir sobre estrategia, sobre la caracterización de la etapa histórica, sobre la composición de clase de los partidos y movimientos sociales y sobre el eventual carácter de “vanguardia” de cada uno de ellos, pero no cabía duda de que se estaba inserto en un proceso histórico que concluiría ineludiblemente con la socializaciòn de los medios de producción y la toma del poder político por el “proletariado” organizado.

El fracaso del “socialismo real” y la globalización de un capitalismo cada vez más poderoso, voraz y agresivo, impiden hoy seguir recitando el credo marxista con la misma fe con que se lo recitaba veinte y pocos años atrás.

El socialismo podrá ser una utopía, una aspiración ideológica o un proyecto deseable, pero, para la percepción de la sociedad y de la mayoría de los militantes, ya no es un dato de la realidad inevitable y firmemente asentado en el futuro.

Ante esa crisis de fe, provocada por la profecía incumplida, la izquierda de ha fragmentado ideológicamente, ya no por disputas sobre quién es el mejor representante del proletariado sino por la redefinición de su papel histórico y de su función concreta en la sociedad.

 

SÁLVESE QUIEN PUEDA

Como en un naufragio, en el que cada cual se aferra al tablón o salvavidas a su alcance, cada fragmento de la izquierda (tal vez sería más justo decir “las izquierdas”) parece aferrarse a un pedazo de la antigua teoría o de las antiguas prácticas, en el afán de sobrevivir y de seguir teniendo sentido.

Hay, así, una izquierda que se resiste a admitir el fracaso –al menos momentáneo- de la predicción marxista. Para esta corriente, que suele autodefinirse como “revolucionaria”, la caída del socialismo real y la consolidación del capitalismo son, ante todo, fruto de errores ideológicos y de traiciones políticas cometidos por los gobiernos y los partidos dominantes de izquierda. Dado que suele tener inserción e incidencia en los sindicatos y organizaciones sociales, esta corriente puede confluir en ocasiones con aspiraciones corporativas de las organizaciones en las que está inserta

Otro sector, al que se suele denominar “progresismo” o “izquierda pragmática”, ha suspendido el juicio sobre el sentido de la historia e intenta demostrar que el mejoramiento de la situación de los sectores sociales más desfavorecidos es compatible con el desarrollo capitalista tal como está planteado. La lucha por acceder al gobierno, o por conservarlo, ocupa mucha de la energía de esta corriente, que suele presentarse a sí misma como eficaz administradora, confiable para las inversiones de grandes capitales, y, al mismo tiempo, como benefactora de los sectores desposeídos (de los que obtiene el respaldo político) mediante políticas sociales que implican transferencia de recursos, aunque no alteración de las estructuras económicas.

Otra parte de la izquierda ha identificado el programa de izquierda con la vigencia y la expansión de “los Derechos Humanos”. Frustrada tal vez por las incertidumbres de los procesos económicos y sociales, cree poder prescindir del análisis de esos procesos y superar las incertidumbres mediante la afirmación de un elenco de derechos universales, pre-políticos, reconocidos por el derecho internacional e independientes y superiores a cualquier voluntad mayoritaria. Esta corriente parece no advertir el carácter puramente liberal de esa concepción de los derechos, así como el riesgo que implica independizar su definición de la voluntad popular y sujetarla a los dictados de organismos internacionales, controlados por los intereses políticos y económicos dominantes en el mundo. En la práctica, además, su accionar parece abandonar la aspiración de reforma general de las instituciones sociales y sustituirla por medidas parciales de compensación y reconocimiento hacia las víctimas de ciertas violaciones de derechos en particular (víctimas de las dictaduras, mujeres discriminadas, minorías raciales, homosexuales, etc.). La inflación del concepto de “derechos”, por otra parte, estimula y legitima también, a menudo, a demandas e intereses corporativos disfrazados de derechos.         

Finalmente, una cuarta tendencia de la izquierda ha puesto la mira en la crítica al modelo de desarrollo capitalista imperante, advirtiendo sobre su carácter depredador de la naturaleza y sobre lo peligroso que resulta para la continuidad de la vida sobre el planeta. Lo interesante de esta corriente es que retoma el cuestionamiento al sistema capitalista, pero ya no fundándose en la profecía marxista sino, a diferencia de la izquierda “revolucionaria” tradicional, en base a nuevas evidencias –reales o presuntas- sobre el agotamiento de los recursos naturales y las consecuencias que el modelo de desarrollo aparejaría para la estabilidad de todos los ecosistemas que sustentan la vida humana. Esta tendencia no es homogénea (ninguna lo es por completo) ya que se subdivide en puntos de vista que exaltan el retorno a la vida natural, propendiendo a la limitación del consumo y a la admiración de las culturas indígenas, en tanto otros hacen un encare más político del problema, centrándolo en la limitación o sustitución de los parámetros de producción capitalista. Tal vez el dilema más complejo que plantea esta corriente sea que, en la mayoría de sus variantes, parece implicar un freno o redirección de las actuales tendencias de la ciencia y la tecnología, orientadas y estimuladas desde hace más de un siglo por el consumo masivo.

 

EN BUSCA DE LA IDENTIDAD PERDIDA

Desde luego, es difícil encontrar a alguna de estas cuatro corrientes de izquierda en estado puro. Lo usual es que sus líneas de pensamiento se mezclen y entrelacen en el discurso. Es en la práctica, en la acción práctica, donde se percibe el predominio de una u otra concepción, dado que muchas veces son o parecen ser incompatibles a la hora de tomar definiciones sobre problemas concretos.        

Sin embargo, es posible que la identidad de izquierda siga teniendo factores comunes, capaces de rearticular un proyecto esperanzador y de largo aliento.

Por supuesto, la búsqueda de esos factores comunes no puede hacerse desde la mente de un iluminado –teórico o político- que señale el camino correcto. Seguramente no se trate de inventar el camino, sino de buscarlo en la realidad y en los acuerdos y prácticas en común de las diferentes actitudes “de izquierda”.

Para ello, es imprescindible dar cuenta de algunos fenómenos característicos del tiempo que nos toca vivir. Tiempo de demandas insaciables de consumo, de concentración de la riqueza, de enajenación del poder político, que se desterritorializa y se sustrae a los Estados nacionales y a las mayorías ciudadanas. Tiempo de globalización económica y tiempo de “posdemocracia”, por decirlo en términos de Colin Crouch.

¿Hay en las diversas variantes de la izquierda una respuesta a esas realidades?

La semana próxima seguiremos intentando averiguarlo.

 

 

Comments