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Las mil y una dudas Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 4 mar. 2011 13:53 por Semanario Voces   [ actualizado el 4 mar. 2011 13:59 ]

Cuando uno lo ve, con esa gorra y ese uniforme de director de circo con que aparece en las últimas fotografías, cuando uno ve la expresión casi bestial que cuarenta y dos años de poder absoluto parecen haberle impreso en la cara, cuando uno oye su interpretación, tal vez algo delirante pero también astuta, sobre las manifestaciones y revueltas que hacen tambalear a su régimen, uno casi se siente tentado a concordar con los ministros de energía de los países centrales, con las grandes cadenas informativas, con las Naciones Unidas, con Barak Obama, Hillary Clinton y hasta con la VI flota estadounidense, que se apresura a ocupar posiciones estratégicas cerca de Libia, seguramente para garantizar el ingreso de Libia a la vida democrática, como ya lo ha hecho en Irak y en Afganistán.

 

 Es cierto que Gaddafi (o Qaddafi) tiene una imagen y trayectoria poco recomendables. Al verlo, uno se pregunta qué fue de aquel beduino austero que antes de los treinta años se convirtió en el líder de Libia y en una figura influyente del mundo árabe. Uno se sorprende al recordar que es abogado y coronel, que desde muy joven se proclamó socialista y adhirió al nacionalismo árabe antiimperialista del líder egipcio Gamal Nasser. Asombra pensar que durante los primeros veinte años de su liderazgo fue considerado por los Estados Unidos como un izquierdista y terrorista antiestadounidense, que el gobierno de Ronald Regan intentó matarlo en 1986 con un misil que falló en su objetivo pero dio muerte a una hija de Gaddafi.

Más sorprende recordar ahora que, durante los siguientes veinte años, Gaddafi cambió de rumbo. Se amansó, decidió tolerar a Israel y no desafiar a los Estados Unidos. Siguió proveyendo a Europa de petróleo y poco a poco fue reconocido, aceptado y hasta financiado por los gobiernos de los EEUU y de Europa.

Sin embargo, nada de eso parece servirle en esta hora de desgracia. Como le pasó en Egipto a Mubarak (otro gobernante funcional a los intereses de EEUU e Israel), apenas sus regímenes se tambalean, sus aliados norteamericanos y europeos se apresuran a retirarles el respaldo, o a patearles directamente el banquito.

El objeto de esta nota no es explicar la rebelión que parece recorrer a los países árabes. Eso está muy fuera de mis posibilidades y conocimientos (como lo está también de los de muchos “analistas” occidentales que sin embargo profetizan sobre el tema). El propósito de esta nota es mucho más modesto. Pretende llamar la atención sobre la forma en que, desde aquí, vemos el conflicto árabe. Porque, tal vez por los reflejos de la arena del desierto, o por el brillo de las cámaras de televisión, se suele caer en espejismos, a veces inocentes y a veces interesados.    

 

ALGUNOS HECHOS PARA TOMAR EN CUENTA

1)      La mayor parte de los países árabes tienen petróleo. “¡Chocolate por la noticia!”, dirá algún lector. Sí, claro. Pero no hay que olvidarlo al  recibir el bombardeo informativo de la CNN, la BBC y sus “repetidoras” de todo el mundo, o los pronunciamientos de los gobernantes de los países centrales y de los organismos internacionales controlados por esos países. Porque las economías de los EEUU y de Europa (por no decir las de todo el mundo) dependen del petróleo y eso hace al menos sospechosa la preocupación euronorteamericana por las libertades y la democracia en los países árabes. ¿Por qué eso nunca les preocupó mientras los gobernantes árabes mantenían el control y garantizaban el suministro de petróleo?                                            

2)      La mayor parte de los países árabes tiene una cultura (eso incluye filosofía, religión y política) completamente distinta a la occidental. Por eso, interpretar sus conflictos, y prever sus consecuencias, de acuerdo a las categorías occidentales seguramente sea un error. Nada indica que las revueltas en Libia, en Egipto o en Túnez desemboquen en regímenes democráticos al estilo occidental, ni que eso sea lo que quieren sus habitantes. Que los manifestantes usen celular o facebook no indica nada sobre el contenido de sus reclamos. No olvidemos que algunos gobiernos y organizaciones árabes también usan misiles y aviones de última generación para hacer la “guerra santa”.

3)      Justificar cualquier intervención de los países centrales (y occidentales) como forma de implantar la democracia y los derechos humanos en los países árabes es una contradicción en sí misma. Cientos de miles de muertos en Irak y en Afganistán, por la intervención de los EEUU, lo confirman.

4)      Todos los gobernantes que se enemistan con los Estados Unidos son sistemáticamente descalificados como “locos” y, si es posible, como “locos sanguinarios y liberticidas”. Hussein, Chávez, Ahmadinejad, Fidel Castro, Evo Morales y Gaddafi, entre muchos otros, son o han sido objeto de campañas en ese sentido. Curiosamente, ninguno de ellos era loco ni molestaba hasta que se enemistó con los EEUU. “Psicopolítica”, que le dicen.

5)      La democracia no es la única forma de organización política posible, aunque pueda ser la que nos parezca mejor a los partidarios de la Ilustración y descendientes de la Revolución Francesa. Sin embargo, en pleno Occidente, la Iglesia Católica y el Estado Vaticano son entidades esencial y filosóficamente no democráticas, lo que sin embargo no ocasiona intervenciones ni críticas de las Naciones Unidas.

6)      Los grandes fenómenos sociopolíticos no deben ser abordados como un “clásico” entre Nacional y Peñarol. Ninguna necesidad tiene la historia universal de que los uruguayos nos embanderemos a favor o en contra de Gadaffi, o de los actuales o futuros gobiernos de Egipto, Túnez o Argelia. Sobre todo cuando en el partido juegan también los EEUU y su VI flota. Tal vez lo mejor sea mantener, ante la enorme complejidad de esa realidad, la apertura a la duda, la suspensión de los juicios fáciles y una atenta observación de los hechos, para entenderlos y aprender de ellos.

Por otra parte, como ciudadanos del mundo, solidarios y respetuosos de la vida ajena, quizá lo más que podamos hacer sea desear que esos pueblos encuentren una forma pacífica de convivencia, de acuerdo a sus propios valores y costumbres. Y, de paso, cuidarnos mucho de aceptar versiones manipuladoras de la prensa y, sobre todo, de legitimar a la distancia intervenciones que algún día podrían llegar a aplicársenos a nosotros o a nuestros vecinos cercanos.

 

  



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