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LAS MONJAS BATLLISTAS Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 5 dic. 2013 11:25 por Semanario Voces

“En este país las maestras fueron las monjas batllistas”. La frase,  dicha por Ignacio de Posadas, hace años, en un programa de televisión, puede no ser totalmente exacta en los términos (la cito de memoria), pero estoy seguro de que es exacta en los conceptos.

Es difícil transmitir algo con mayor síntesis, brillantez y sentido del humor.  Lo sentí de inmediato al oírla. Me hizo recordar a la vieja Escuela Nro 13, “Joaquín Mestre”, de mi infancia, y a aquel pequeño ejército de maestras, de aspecto fragante y túnica impecable, que fue mi primer contacto con el mundo adulto extrafamiliar.

Como todos, podría recordar mil cosas de mi paso por la escuela. Pero hay algo que sólo percibí vagamente en ese momento y que recién pude entender con claridad años después: aquellas maestras no dudaban. Estaban seguras de que todos los gurises de la escuela aprenderíamos a leer, a escribir, a hacer cuentas, a razonar, a levantar la mano y a pedir permiso para hablar o para ir al baño. No aprender esas cosas no era una opción, ni tampoco una posibilidad. Y, sobre todo,  estaban convencidas –y lo transmitían- de que esos saberes elementales tenían sentido, de que nos serían útiles en la vida adulta.

¿A qué se debía esa serena confianza en su quehacer y en el sistema educativo que lo contenía?

Creo que en la frase de de Posadas está la clave.

Al menos hasta bien pasada la mitad del Siglo XX, la enseñanza primaria uruguaya estaba inserta o se correspondía con un proyecto político de país. Quizá no sea estrictamente justo decir que ese proyecto era el del “Uruguay batllista”, porque el diseño de nuestra enseñanza primaria antecede al batllismo. Pero probablemente haya que admitir que tanto la reforma vareliana como el batllismo fueron expresión de un proceso social, económico, intelectual y político  todavía insuficientemente estudiado.

Basta ver la calidad y variedad de las figuras intelectuales y políticas que, entre fines del Siglo XIX y principios del XX, intervinieron en el debate y el diseño de las políticas educativas (sólo por mencionar a algunos: José Pedro Varela, José Batlle y Ordóñez, José Enrique Rodó, Alfredo Vázquez Acevedo, Carlos María Ramírez, Elbio Fernández, Manuel Herrera y Obes, Pedro Figari), para percibir que la suerte de nuestras diversas ramas de la enseñanza no fue sólo, como se suele creer, fruto de inspiradas acciones individuales de ciertos educadores o estadistas, sino producto de un clima colectivo que contenía en germen las bases de la reforma escolar vareliana y, probablemente, también las del “Uruguay batllista”.

Como sea, lo cierto es que, en primaria, la reforma vareliana, preanunciada por la “Sociedad de Amigos de la Educación Popular” y continuada a la muerte de José Pedro Varela por su hermano Jacobo Varela, fue pensada a partir de un riguroso análisis de la realidad social, económica y política del país y se proponía modificar esa realidad en dos sentidos muy claros. Por un lado, capacitar a la creciente población del país para el desempeño de las tareas laborales que el “Progreso” científico y económico requería. Por otro, formar ciudadanos aptos para participar en la vida republicana y democrática, lo que limitaría los privilegios sociales y pondría coto a la violencia política y al poder arbitrario e irracional de los caudillos. Si eso no es un proyecto político, que venga Dios (o dios) y lo diga.

La consonancia entre las bases ideológicas del proyecto vareliano y las del proyecto batllista son obvias y explican muchas cosas. Por ejemplo, que el espíritu del proyecto de Varela (en especial las aspiraciones de universalidad, gratuidad y laicidad) se concretaran o expandieran a partir del ciclo batllista. Y también que Ignacio de Posadas percibiera a las maestras de la escuela pública como “monjas batllistas”.

A diferencia de la escuela pública, la enseñanza secundaria uruguaya no fue producto de un proyecto político definido. Surgida al principio como una rama de la enseñanza universitaria, destinada a preparar a un reducidísimo grupo de privilegiados para cursar las pocas carreras universitarias existentes, osciló siempre entre esa función “preparatoria” y la de impartir una vaga formación general que permitiera a las clases medias declararse “cultas” y aspirar a algún empleo diferente al trabajo manual.

Esa radical indefinición de objetivos de la enseñanza secundaria, que en principio estaba destinada a pocos alumnos pero se fue ensanchando con el crecimiento de las clases medias y de sus aspiraciones de ascenso social, parece estar relacionada con su crisis actual.

Mientras que la currícula de primaria, con limitaciones, fue pensada para formar ciudadanos y trabajadores, la de secundaria parece pensada para formar personas con un difuso barniz cultural, de tipo enciclopédico y molde europeo, personas que, en caso de no culminar una carrera terciaria, de alguna manera se sentirían frustrados ante la falta de formación laboral recibida en su paso por secundaria.

Con esos dos formatos educativos, el de primaria y el de secundaria, acompañados por una UTU a la que, pese a los esfuerzos de Figari y de docentes más actuales, le cuesta aun superar el estigma de su origen como ámbito disciplinario y de formación para el trabajo exclusivamente manual, llegamos hasta nuestros días.

En una nota de la semana pasada hice algunas afirmaciones que resultaron polémicas. Dije que primaria había resistido mejor la crisis social y cultural de nuestra época de lo que lo había hecho secundaria. Y lo mantengo. Ello se debe a que primaria fue pensada desde nuestra realidad y para incidir en ella. En tanto secundaria fue creciendo a tono con un país de clases medias ascendentes con la mirada fija en Europa, un país que ya no es.

También dije que el trasplante de modelos educativos exitosos de otras sociedades, como el de Finlandia, es inviable. Y también lo mantengo. Porque un modelo educativo sólo puede realizarse con buenos resultados partiendo de las características -de las fortalezas y debilidades- de la sociedad en la que nace y a la que está destinado.       

Algún día, cuando en el Uruguay tengamos un proyecto propio y autodeterminado de sociedad, habrá que rediseñar la enseñanza primaria y terciaria, y repensar por completo la enseñanza secundaria.

Mientras tanto, ¿qué hacer?

A menudo, lo mejor es enemigo de lo bueno. Es decir, dedicarnos a pensar reformas radicales de nuestro sistema de enseñanza es excelente. Siempre que eso no nos nuble la mirada para ver la realidad y para actuar sobre ella.

Por defectuoso que sea lo que tenemos, es preferible que los gurises y muchachos asistan a la escuela y al liceo, que aprendan en ellos los saberes básicos (comprensión lectora, expresión verbal y escrita, pensamiento lógico básico) que en muchos casos  se están perdiendo.

Para que esa aspiración mínima se cumpla, es necesario hacer algunos cambios. Particularmente en secundaria.

Para empezar, hay que recordar que ningún proceso educativo puede cumplirse si falta uno de sus dos elementos básicos: los alumnos y los docentes.

El régimen de elección de horas que rige en secundaria (no me canso de decirlo) favorece la desintegración del sistema. Impide que entre docentes y alumnos se establezcan lazos estables de afecto y compromiso. Promueve la anomia y la deserción.

En primaria, en cambio, aunque quedan pocas de aquellas “monjas batllistas”, subsiste un mayor grado de estabilidad y de compromiso de los docentes con los alumnos y con la escuela.

Hasta que me prueben lo contrario, creeré que ese factor pesa. Y que es imprescindible estabilizar a los docentes en cada centro de estudio para que se integren a él, para que conozcan y se encariñen con los alumnos, para que sientan compromiso y orgullo o vergüenza por los resultados, para que puedan ser conocidos y respetados en el barrio, para que puedan ser evaluados en serio, para que se pueda planificar. En fin, para que haya proceso educativo.

Ese cambio obvio no se hace por dos razones. Uno es la resistencia de los gremios docentes, que prefieren el dudoso privilegio –sólo válido para los más antiguos- de elegir cada año el liceo y horario en que trabajarán.  El otro motivo es la inexplicable falta de visión y de voluntad política de los gobiernos, ninguno de los cuales se ha atrevido a hacer de este tema una causa nacional.

La enseñanza secundaria no se volverá perfecta por eliminar la elección de horas, ni mucho menos. Pero ordenará al sistema y será una señal clara de que la sociedad se toma el asunto en serio .

Además es gratis y no le hace perder el trabajo a nadie. Al contrario.

¿Alguien en el sistema político puede explicar por qué no se lleva a cabo?

 

 

 

 

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