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LAS PARADOJAS DEL PORRO por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 6 jun. 2013 11:29 por Semanario Voces

 

Hoy ya no hay que esconderse ni que secretear para hablar de despenalizar la producción y venta de una de las drogas hasta ahora ilegales, en concreto, la marihuana. Tampoco hay que usar eufemismos para mencionar el tema en la prensa.

En el Uruguay son varios los proyectos de ley despenalizadotes y/o reguladores que se han redactado y discutido públicamente desde el año pasado.

Hubo al menos uno orientado a despenalizar el “autocultivo” (el cultivo para consumo propio), que fue promovido por los cultivadores de cannabis; otros, si no recuerdo mal, fueron redactados por legisladores; y otro más, el más notorio, fue presentado por el Poder Ejecutivo y no sólo proponía despenalizar sino que le adjudicaba al Estado la producción y venta de marihuana. Ahora, una agrupación ciudadana denominada “Regulación responsable” está promoviendo un nuevo proyecto de ley que sintetiza  varios de los anteriores. Por ejemplo, contempla tanto el autocultivo como la producción y venta de marihuana bajo control estatal.

 

UN CLIMA MUNDIAL

Lo que está pasando en el Uruguay no es un hecho aislado.

En buena parte del mundo, en particular del llamado “mundo occidental”, las políticas tradicionales, fundadas en la represión y en la noción de “guerra a las drogas”, han entrado en crisis y son objeto de discusión.

Los Estados, los organismos internacionales, algunos presidentes en ejercicio y varios ex presidentes prestigiosos, intelectuales, artistas, economistas, médicos, psicólogos y educadores hacen público día a día su descreimiento en la posibilidad de erradicar tanto el consumo como la producción de drogas. Confiesan, cada vez más abiertamente, que la “guerra contra las drogas”, promovida desde hace décadas por los EEUU, ha fracasado rotundamente y que sus resultados han sido mayores niveles de consumo y de producción, el enriquecimiento de las organizaciones de narcotraficantes, la corrupción de los organismos públicos dedicados a combatirlas, un aumento desmesurado de la violencia y la criminalidad, y la creciente impotencia de los Estados para manejar el problema.

El cambio de mentalidad a nivel mundial es sorprendente. Hace apenas diez años, las críticas a las políticas prohibicionistas eran casi un pecado. Apenas unos pocos iconoclastas célebres, de distintos “pelajes ideológicos”, como el escritor Gabriel García Márquez, el economista ultraliberal Milton Friedman o, a nivel nacional, el siempre polémico Jorge Batlle, se habían atrevido a pronunciarse a favor de la despenalización.

Hoy, en cambio, al menos en el ámbito latinoamericano, casi nadie defiende teóricamente a la estrategia de“guerra a las drogas”. Las cosas se han invertido y son los partidarios de la represión los que no se atreven a hablar, en tanto las voces críticas crecen y se multiplican, incluso entre los jefes de Estado y los jerarcas de organismos internacionales, como el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, que acaba de instar a los países miembros de la OEA a hacer “las reformas necesarias” en las políticas sobre drogas.

 

PARADOJAS

Pocos asuntos presentan un carácter tan paradojal como el de las políticas relativas a las drogas. 

El problema principal es que lo que debe hacerse –lo que los expertos y responsables políticos de todo el mundo están viendo cada vez con más claridad que debe hacerse- contradice a un cierto sentido común que ha sido impuesto machaconamente a la opinión pública mundial durante décadas.

La idea de que las “drogas”, en todas sus formas y niveles de consumo, son un pecado contra la persona y contra la sociedad, un pecado con el que no se puede convivir y que puede y debe ser erradicado mediante represión, es, paradojalmente, la idea que impide dar encares constructivos y nuevos al problema. Es la paradoja madre, origen de todas las demás que el tema plantea.    

 

PARADOJA 1: LAS ENCUESTAS

Pese a que los resultados de las políticas represivas son espantosos, pese a que cada vez mayor número de estudiosos del tema aconsejan cambiar esas políticas, pese a que el consumo y el narcotráfico crecen a ojos vistas y a que los Estados son impotentes para controlarlos, el sentido común de mucha gente se resiste a cambiar. Eso explica, por ejemplo, que en el Uruguay, según las encuestas, algo así como dos terceras partes de la población desaprueben la despenalización de la producción de marihuana.

Seguramente esa resistencia mayoritaria al cambio responda a que mucha gente enfoca el problema mirando exclusivamente los efectos que las drogas causan a los consumidores problemáticos. El razonamiento es aproximadamente así: “¿Las drogas hacen bien? No, causan daño. ¿Las despenalizamos, entonces? No, claro que no”.

He comprobado esa línea de razonamiento en numerosos amigos y amigas, a quienes respeto mucho. Algunos viven en su entorno familiar o laboral problemas de adicción, otros sienten miedo o una suerte de puritanismo visceral. Lo cierto es que centran su mirada en el consumidor, con lo que pierden de vista otros aspectos, también importantísimos, del problema.     

 

PARADOJA 2: EL CONSUMO YA NO ES EL MAYOR PROBLEMA

Convengamos que el conocimiento o el trato frecuente con quien hace un consumo problemático de drogas es una experiencia demoledora. Muchos podemos dar testimonio de alguna experiencia de ese tipo. Pero los consumidores problemáticos no son las únicas víctimas de las drogas.

En rigor, el aspecto más amenazante del fenómeno “droga” ya no son los consumidores sino los traficantes. Países como Colombia y México, en los que el narcotráfico ha causado, de una u otra forma, decenas de miles de muertes violentas, países en los que el Estado y la policía están en buena medida corrompidos y controlados por los narcotraficantes, son una suerte de espejo en el que ojalá no tengamos que mirarnos. Porque también en el Uruguay el fenómeno del narcotráfico se está haciendo sentir. Dueños de “bocas de venta” que controlan el barrio en el que actúan, corrupción carcelaria, crímenes por encargo, ajustes de cuentas, inseguridad pública, son señales de que el narcotráfico y sus consecuencias son ya el aspecto más inquietante del fenómeno “drogas”. Y tengamos presente que su violencia y corrupción golpean o pueden golpear a cualquiera.

La prohibición no ha logrado disminuir la cantidad de adictos. Ha posibilitado que las organizaciones de narcotraficantes sean cada vez más ricas y más violentas. Por eso el problema no puede ser analizado mirando sólo al consumo

 

PARADOJA 3: LEGALIZAR PARA DEBILITAR

Tal vez el aspecto más desconcertante de la propuesta legalizadora, el que más cuesta entender, sea que apunta a combatir al narcotráfico y a controlar el consumo haciendo legal precisamente la producción y la venta de drogas.

Y, sí, es paradójico. Pero en realidad el narcotráfico vive de la prohibición. Si las drogas fueran legales y su venta estuviera permitida, los narcotraficantes nada ventajoso tendrían para ofrecer a sus clientes adictos.  

La legalización no busca aumentar el consumo. Busca quebrar el monopolio de las organizaciones delictivas que se dedican al narcotráfico, quitarles la fuente de su riqueza y de su poder.

Podría traer además otro beneficio. Porque, eliminado el secreto y la clandestinidad que hoy rodea también al consumo, posiblemente sería más fácil educar, tratar y rehabilitar a los consumidores problemáticos.

 

PARADOJA 4: LA MARIHUANA ES UNA REFORMA TÍMIDA

Sí, aunque ahora parezca audaz, la legalización de la marihuana es una reforma válida pero incompleta e insuficiente, al punto que podría llegar a fracasar si queda por demasiado tiempo limitada sólo a la marihuana.

Si el objetivo es quebrar y dejar sin asunto a las organizaciones de narcotraficantes, será necesario mucho más que legalizar a una droga en particular.

A la larga, sólo la superación de la noción misma de “sustancias prohibidas” permitirá eliminar a las organizaciones mafiosas que las trafican. Porque, mientras haya sustancias prohibidas, habrá organizaciones delictivas que las produzcan y vendan. Y, como se ha demostrado, la sociedad está en desventaja si lucha contra ellas mediante la prohibición.

Tarde o temprano, el cambio de políticas que se avizora en el mundo habrá de superar la idea misma de que debe haber sustancias prohibidas. Reitero: no porque el consumo de cualquier sustancia sea visto como deseable, sino precisamente por lo contrario.

 

FINAL PARA INDECISOS

Este tema está aún en etapa de discusión y debate.

Quienes estamos decididos a favor de la legalización, ya sea de la marihuana o de la legalización en general, debemos ser respetuosos y tener presente que la nuestra es una posición o una causa todavía minoritaria.

Escribo estas últimas líneas pensando en varios amigos y amigas que sacuden dubitativamente la cabeza cada vez que oyen hablar de despenalizar o legalizar la producción y el consumo de la marihuana o de todas las sustancias.

Mi mensaje es simple: alcemos la mirada y observemos la totalidad del problema. Veamos cuál es la parte del daño que causan las sustancias en sí mismas y cuál la que causan las bandas ilegales, los políticos y policías corruptos, los miles de millones que circulan en negro, las armas, el silencio forzoso, el miedo.

  

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