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Lejos del fin del capitalismo pero más cerca de la utopía por Daniela López R.

publicado a la‎(s)‎ 19 nov. 2011 10:32 por Semanario Voces

 

 
Ha comenzado a extenderse la idea de que estamos frente a un cambio en el tiempo histórico, una idea cobijada por las crisis de Estados Unidos y Europa, de las que nadie puede sustraerse. Es cierto, nada será igual después. ¿Pero qué es lo que será distinto? ¿Qué es lo que está cambiando? Pero antes aún, ¿qué es lo que se ha agotado o creemos que se ha agotado? ¿Y nosotros qué? ¿Cómo encajamos en este mundo y en el que vendrá?

Aquí empiezan nuestros problemas, pues no hay aún consenso acerca de lo que está pasando. Muchos datos desordenados, confusos, no sistematizados para comprender la extensión y profundidad de la crisis. Apenas pretendo, desde mi humilde condición, poner en este artículo de Voces unas consideraciones mínimas.

La globalización significó grandes cambios a ritmo de vértigo. Tres sectores se constituyeron en identidad de este tiempo, y fueron los sacaron mejor aprovecharon: las telecomunicaciones, la industria del entretenimiento y el universo financiero. Entrelazados, y aupados en los incesantes adelantos informáticos.

Estos tres sectores no encontraron barreras. La informática, transformada ya en un fenómeno de telecomunicaciones (internet como estrella), modificó todo lo existente, y dio soporte para que otras dos, que por instintos familiarizadas a un ambiente desregulado, perfil cortoplacista, y salvaje  en sus relaciones y sus regulaciones escasas y tardías, sacaran provecho. En esta era de las telecomunicaciones, de lo digital, las transformaciones han sido dramáticas y convergentes. Extienda sobre la palma de su mano y observe su teléfono celular. Desde él hoy podemos comunicarnos con nuestros amigos, con la voz, con mensajes de textos o emails…o hablarnos y mirarnos si nuestro celular soporta el programa skype, todo armónico e interconectado…y hasta podemos pagar con el celular, incluso un taxi. Casi que el mundo cabe en esos pocos centímetros.

Esa concentración de posibilidades y contenidos es, también, una concentración de riqueza y poder, en un mundo competitivo que ha modificado radicalmente las relaciones interpersonales, las relaciones sociales de producción, que ha avasallado las fronteras y se ha mofado de las restricciones regulatorias siempre torpes y tardías. Hoy la crisis nos brinda una oportunidad de democratización única.

Esta trilogía ha experimentado un desarrollo vertiginoso, cautivante, desregulado y con recursos casi infinitos. Su carácter tormentoso, su espíritu aventurero, y el desafío de fracaso/éxito con fuertes y radicales recompensas, ha cautivado a las energías rebeldes de las jóvenes. Y ello  porque la individualización de los avances, la personificación de las acciones, han quebrado y despreciado, la acción colectiva. Ahora importa ser “famos@” y hacerse rico rápido. Atrás quedó el sueño revolucionario del Che, aunque esté en las camisetas adolescentes ya vaciado de contenido.

De este vértigo nació un nuevo entramado de valores, sustentado en la supremacía del yo frente a la acción del nosotros. Así Microsoft es Bill Gates. Y Apple es Steve Jobs. Y lo que no puede ser personificado, aún siendo mejor en calidad y diseño, se desdibuja y desaparece. Extraño tiempo el que nos toca vivir: tenemos más herramientas para la democracia y la libertad pero estamos cosechando individualismo, el “yo” en sí misma, en detrimento de lo colectivo.

CONCENTRACIÓN Y DISPERSION

Al tiempo que procesábamos este cambio vertiginoso y desregulado, se fue dando otra transformación. Por un lado, decíamos, se desarrolla esa arrolladora realidad globalizadora, imponiéndose por encima de fronteras y estados, eso denominado, la economía de lo intangible. Complementariamente, se da un proceso de dispersión, o de globalización de la producción y del capital productivo, provocando un efecto diferente aunque permanece una condición: la formación de una clase capitalista transnacional ya no sujeta a una territorialidad; la declinante importancia de los estados-nación que cede ante la formación de estructuras de alcance transnacional, gestando una nueva administración de las fuerzas capitalistas, en una suerte de nuevo regente de la economía mundial, más allá de gobiernos y gobernantes.

Aparece una nueva configuración de la división internacional del trabajo y con ella, de las perspectivas de la producción. Esta nueva división internacional del trabajo, esta nueva economía mundial capitalista se caracteriza básicamente por el flujo masivo de capitales desde los países centrales hacia el Tercer Mundo, donde los costos del universo del  trabajo son competitivos en términos de sistema. Ya hay muchos análisis que observan que la globalización de la producción se asocia a la centralización y la concentración del capital a través de la dispersión de centros de producción descentralizada, controlada a través de un creciente control centralizado de estas unidades de producción descentralizadas de estas transnacionales, y sostienen que la influencia de las corporaciones transnacionales sobre los gobiernos nacionales y los sindicatos locales, se ha acentuado. Y es, en cierta medida, comprensible: estas geografías deben hacer su propio desarrollo para satisfacer las demandas de sus ciudadanos.

Esta reorganización del espacio de la producción a niveles mundiales conduce a la exportación de procesos de producción con trabajo intensivo a regiones o países donde los salarios son menores y los costos asociados también lo son. Así, mientras el centro se des-industrializa en términos de fuerza de trabajo industrial y de manufacturas en el producto bruto, en la periferia global se da una “industrialización”, que genera un desarrollo propio antes desconocido. Estas ventajas solo la aprovecharán aquellos que presenten las mejores condiciones, no sólo de relaciones económicas, sino de condiciones político-culturales. Y ello, si el país es inteligente, puede realizarlo sin traicionarse. Para algunos, y dentro de la lógica del propio sistema que es intrínsecamente contradictorio, es posible.

CRISIS PROFUNDA

La crisis es profunda en lo económico porque la crisis política llegó antes. Llegó con el vaciamiento de las diferencias inocultables, la licuación de las contradicciones de intereses. La crisis es profunda en, paradojalmente, los países más desarrollados. Pero la crisis es aún más dura, más deshumanizadora, en términos de destino.

De esta crisis el mundo puede salir dando un salto cualitativo en términos democráticos dicho ello desde una perspectiva socialista y humanizadora. No estamos frente a una crisis terminal del sistema. Pero estaremos más cerca de la utopía socialista. Será difícil pues falta una fuerza promotora de los cambios que frente a una ideología dominante y escurridiza, aspire a ser representante política de los desplazados, contraponiendo contenido y esencia a la trilogía ya analizada (telecomunicaciones, entretenimiento y universo financiero).

Sin esa fuerza política, no habrá un nuevo fantasma que recorra Europa. Los indignados no hacen a la esencia revolucionaria, pero contribuyen al proceso democratizador. No alcanza con la crisis del capitalismo para que aparezca nuestra utopía más próxima en el horizonte. Se requiere, si o si, de la fuerza política de los cambios. Y para que exista una fuerza política de los cambios, debe haber un fantasma que recorra el mundo anunciando un mundo posible y real, nuevo, diferente, más libre, democrático e igualitario. Y que esas ideas, nuestra utopía, conquisten corazones y anhelos de hombres y mujeres de todos los rincones del planeta.

 

 

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