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Lo mejor y lo peor del presidente Mujica Por Javier de Haedo

publicado a la‎(s)‎ 6 mar. 2015 12:17 por Semanario Voces


Como cualquier obra humana, una presidencia, un período de gobierno, tienen luces y sombras, resultados positivos y negativos y un cierto saldo o balance. Me propongo responder la pregunta implícita en el título que elegí para esta columna desde dos aproximaciones, la profesional, como economista, y la personal, como ciudadano.

En el caso de la economía, el balance lo voy a realizar a partir de los resultados (un poco por aquella sentencia bíblica de “por sus frutos los conoceréis”) sin tomar en consideración cuánto hubo de suerte, de gestión y de herencia, en este último caso, herencia del gobierno que le precedió y también de la tradición y reputación del país que se ha venido construyendo por décadas. Que, dicho sea de paso, hubo de los tres: suerte, gestión y herencia.

Destaco en primer lugar que en el período que finalizó en el pasado fin de semana, la economía creció considerablemente, alrededor de 30% en cinco años, y también crecieron, juntos, el salario real y el empleo. Volvieron a bajar pobreza e indigencia y a mejorar, la distribución del ingreso.

Segundo, se mantuvo un manejo profesional de la deuda pública que produjo resultados muy satisfactorios, dando lugar a la recuperación del “grado de inversión” a partir de 2012 y coadyuvando a la constitución de un cierto “blindaje” ante eventos adversos que podamos encontrar en el camino en el futuro previsible.

En tercer lugar, el país mantuvo en estos cinco años su poder de convocatoria de la inversión extranjera directa, la que se mantuvo de manera permanente por encima de los cinco puntos del PIB. Y, más allá de ello, la inversión en general mantuvo una tendencia de firme crecimiento, que la llevó a los niveles, relativos al producto, más elevados en décadas.

Veamos ahora la parte vacía del vaso. Primero, tras dos años iniciales con un desempeño fiscal satisfactorio, en los tres últimos se registraron déficits considerables, que totalizaron US$ 4.500 millones. Esto, que de por sí ya es negativo, lo es mucho más porque se dio a pesar de tener a la economía “volando”, y por lo tanto generando cuantiosos impuestos producto de un consumo desenfrenado. Déficits que jaquean el referido “blindaje” pues obligan, como sucedió hace dos semanas, a reponer reservas en las alforjas a cuenta de mayor endeudamiento.

Segundo, las políticas económicas se condujeron de manera inconsistente, manejándose menos instrumentos que la cantidad de objetivos perseguidos: en los hechos, sólo se pretendió usar la política monetaria (poco poderosa en un país con dos monedas) para enfrentar al mismo tiempo los problemas de inflación y competitividad y, como suele ocurrir en estos casos, no se llegó a buenos resultados en ambas áreas.

Por otra parte, la combinación de políticas económicas utilizada tuvo como resultado el mantenimiento del impulso al gasto (público y privado) a pesar de que los tiempos ya empezaron a cambiar a mediados del quinquenio, con los resultados referidos de inflación alta, atraso cambiario y déficit fiscal creciente.

Tercero, no propiamente en la economía, pero de todos modos en la parte vacía del vaso, destaco tres temas: la enseñanza pública, con persistentes malos resultados a pesar del mayor presupuesto, la infraestructura, excepto el caso de la generación de electricidad, y la inserción internacional, más orientada a cultivar relaciones considerando las afinidades de ideas que los intereses del país (el caso de la relación con Argentina muestra la inoperancia de esa visión).

Como balance general, me queda la sensación de “lucro cesante”: no es que desde las políticas públicas hubo un “daño emergente” pero sí queda como saldo no haberse aprovechado los tiempos de vacas gordas para hacer algo más. Y para fundamentarlo basta un ejemplo: las cuantiosas inversiones pendientes en infraestructura requerirán de enormes cifras de recursos, los que, ya sean privados o públicos, era más fácil conseguir en los años idos de lo que lo serán en los años por venir, de crecientes tasas de interés y reversión del sentido del flujo de los capitales globales.

Ahora voy a responder la pregunta implícita en el título, pero como ciudadano.

Lo mejor de estos años ha sido, como dicen los abogados, el “no innovar” respecto de algunas políticas que como país tenemos desde tiempo inmemorial. O aquello que alguna agencia calificadora de riesgo dijo del gobierno de Mujica, al reconocernos el grado de inversión, cuando fundamentó ese reconocimiento en “la continuidad de políticas conservadoras”.

Para ser bien claro: Mujica hizo una gestión bien diferente a la que él mismo hubiera soñado en los 60 e incluso en los 90. Es más, estoy seguro de que su gestión fue más parecida a las de los 90 que a las que él soñaba por aquellos años. Como bien expresó Ernesto Talvi el año pasado en una entrevista televisiva en los Estados Unidos, “no fue Mujica quien cambió al Uruguay sino que fue el Uruguay el que cambió a Mujica”.

Mujica, como presidente, nos puso en el candelero y eso es per se un activo para nuestro país, que quien lo sucede debe intentar aprovechar al máximo, ciertamente más que el propio Mujica.

Mientras tanto, como ciudadano opino que lo peor de Mujica fue el resentimiento que cultivó cada vez que se refirió a “clases” y cada vez que puso la mira en algún sector de la sociedad, para elogiarlo o criticarlo, favoreciendo una división entre buenos y malos. Los favoritos en sus diatribas fuimos los profesionales universitarios, destacándose los casos de abogados y economistas. Ya en los descuentos de su período de gobierno, volvió a poner sobre la mesa el concepto de clases en ocasión de hacer consideraciones sobre los recursos para el sector judicial. Ciertamente, decidió no representarnos a todos los uruguayos.

Muchas veces Mujica pareció exaltar la pobreza y pareció trasmitir la idea de que trabajar es algo así como un mal necesario, del cual es preferible no abusar.

En su discurso inaugural, el presidente Vázquez (un destacado profesional universitario, dicho sea de paso) pareció responder a esa actitud de vida destacando el valor del trabajo. Y predica con el ejemplo, porque su propia historia de vida es la de alguien a quien nuestro país (y no precisamente el del Frente Amplio) permitió escalar socialmente por su trabajo y esfuerzo, por sus propios méritos y talentos. Oportuno y bienvenido giro en la cabeza del gobierno.


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