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Los tiempos económicos y los tiempos políticos, una vez más Por Javier de Haedo

publicado a la‎(s)‎ 21 feb. 2013 12:58 por Semanario Voces
 

Hemos ingresado en la recta final del actual período de gobierno y las elecciones ya están a la vista: ellas se realizarán, en dos o tres etapas, en el correr del año que viene. Y con los tiempos políticos o más precisamente electorales, vuelve aquello de si los tiempos económicos calzarán con ellos. Dado que “lo económico” juega un papel importante en la toma de decisiones electorales (al menos en aquella fracción del electorado que define las elecciones), los gobiernos suelen preocuparse de que ambos tiempos calcen, de modo que se llegue al período electoral con la comodidad de tener el frente económico en calma.

En esta oportunidad el tema es relevante porque recientemente se han dado algunos resultados que han enturbiado la trayectoria de la economía: la inflación acercándose a la línea del 10% y las medidas para contenerla que han generado polémica (básicamente por el “efecto UTE” en el IPC de diciembre y enero); la caída del precio del dólar que ubica a los indicadores de tipo de cambio real en los niveles más bajos desde antes de la crisis de 2002; y el resultado fiscal de 2012, con un déficit que el MEF informó en 2,8% del PIB, el mayor desde 2003. Como consecuencia de este último dato, han surgido (desde el Gobierno) comentarios referidos a contener el gasto público y a ajustar impuestos, aunque en este último caso los retoques al sistema tributario que se han planteado, exceden el tema fiscal y también tienen su origen en cuestiones ideológicas (como las propuestas que surgen de la OPP) o prácticas (la sustitución del ICIR).

Para ser bien claro: si con las elecciones a la vista tenemos que estar hablando de contener gastos y ajustar impuestos, y encima hay que andar haciendo malabarismos para que el IPC no se escape, es muy pertinente plantearse aquello del calce o no de los tiempos económicos y político electorales. De allí a hablar de “ajuste fiscal” hay un paso. Yo estoy convencido de que en el horizonte uruguayo hay un nuevo ajuste fiscal y creo que el contexto externo seguirá siendo favorable por un tiempo y entonces no habrá de precipitarlo, sino que, al revés, permitirá postergarlo, patearlo para adelante. Pero en algún momento ese contexto cambiará de tal modo que lo hará inevitable. Es decir que “los tiempos económicos” por el momento seguirán ayudando a postergar el ajuste. ¿Hasta cuándo? Nadie lo sabe. ¿Será en 2014? ¿Será en 2015? Si es en el 2014, no tengo dudas de que “los tiempos políticos” jugarán decisivamente para volver a diferir el ajuste, en la medida de lo posible. Si es en 2015, en cambio, sí será impostergable.

Lo que también parece claro es que cuanto más se difiera el ajuste, menos incidencia en su diseño tendrán quienes dirigen la política económica. Cuanto más chico se agarre el problema, más fácil será lidiar con él. Por el contrario, si se lo deja agrandar, serán las circunstancias las que impondrán mayoritariamente el diseño del ajuste. Creo que lo que ocurrirá será esto último y una vez más la inflación será la encargada de poner a los precios relativos y al gasto público en sus sitios. Dicho de otro modo, agarrado el problema a tiempo, un equipo económico puede diseñar una batería de medidas que incluyan ingresos y gastos (y cambios en otras políticas) y realizar el ajuste. Pasado cierto momento, la inflación se encarga de ajustar… o se encarga, de hecho, a la inflación que ajuste.

Volvamos al tema fiscal, y repasemos lo que ocurrió en los últimos cinco períodos de gobierno. En el promedio de todos ellos, en el tercer año hubo un déficit fiscal de 1,6% del PIB y en el último año, hubo un déficit de 3,1% del PIB. Es decir que en “el gobierno uruguayo promedio” el déficit fiscal empeora un punto y medio del producto en el último bienio. Sabemos que los promedios ocultan especificidades importantes y sabemos que en los cinco gobiernos anteriores hubo, en las rectas finales respectivas, realidades económicas diversas (es decir que estaban en diferentes momentos del ciclo económico). Pero también sabemos que es habitual en nuestro país que haya expansión fiscal al final de los gobiernos (dicho sea de paso, hasta le hemos puesto nombre a esto y le hemos llamado “Carnaval electoral”).

¿Cabe esperar entonces que el déficit fiscal de 2014 sea igual a 2,8 + 1,5 = 4,3 por ciento del producto? Cuando el MEF informó el resultado fiscal de 2012, destacó correctamente el impacto fiscal de la menor generación de electricidad a partir de las represas, que lo situó en 0,7% del PIB. Bueno, digamos que en 2014 llueve normalmente (es complicado cuando el fisco y el IPC dependen de que llueva, pero en fin…) y entonces mi cuenta pasa a ser 4,3 – 0,7 = 3,6 por ciento del PIB. Digamos entonces, redondeando, que es previsible tener el año próximo un déficit del orden de 4% del PIB, unos dos mil millones de dólares con el PIB actual. Eso, encima del déficit de 2,8% del año pasado y del 2,0 a 3,0 por ciento de este año. O sea casi cinco mil millones en tres años. Un verdadero final a toda orquesta.

¿Qué pasó en los gobiernos anteriores? Por cierto, Sanguinetti no tuvo suerte, dado que al final de sus dos presidencias el sector externo empeoró considerablemente, en 1989 por la hiperinflación argentina y en 1999 por la devaluación brasileña. Lacalle heredó un déficit fiscal de 6,2% del PIB al que se debió sumar de manera inmediata otros dos puntos por la reforma constitucional de los jubilados. Obviamente, la respuesta al inicio de su gobierno fue un fuerte ajuste fiscal. En el final de su gobierno, la economía “voló” y sin embargo subió el déficit fiscal a 2,5% del PIB desde un superávit de 0,9% en el año del medio. El deterioro fiscal concomitante con el auge de la economía se debió a que Lacalle cumplió su compromiso de “dejar mochas las tijeras por cortar cintas” debido a la inauguración continua de obras en el año electoral. Como atenuante se puede decir que las inversiones se terminan y no se traslada al sucesor un mayor gasto permanente. Al volver Sanguinetti en 1995, año del efecto Tequila, hace un ajuste fiscal menor, pero nada hace en 1999 tras la devaluación brasileña ni tampoco su sucesor, Batlle, en 2000 tras asumir, a pesar de haber heredado un déficit de 3,5% del PIB en un contexto de estancamiento económico. Tras la gran crisis de 2002, Batlle reacciona y termina su período con una persistente mejoría en las finanzas públicas simultánea a la baja de impuestos. Fue el único caso de los cinco comentados, en el cual no hubo Carnaval electoral. Llega Vázquez en 2005 y se jacta de no hacer ajuste fiscal, pero todo el mérito por ello es de Batlle y del viento de cola que por entonces había empezado a soplar. En 2008 las economías avanzadas entran en crisis y las emergentes apenas lo sienten. En 2009 el mundo se recupera, acá volvemos a crecer fuerte (casi 5% entre cuartos trimestres y casi 10% un trimestre después) pero el déficit, que había sido casi nulo en el año del medio, termina en 1,9% del PIB.

Así llegamos al sexto período en Democracia, el actual, con la economía creciendo firme, aún con viento de cola, pero con las finanzas públicas en la situación referida anteriormente y con un ajuste fiscal en el horizonte. Un ajuste fiscal (con diseño voluntario o forzado por una crisis) que es poco probable de concretarse en 2013 y 2014 pero inevitable en la etapa inicial del próximo gobierno.

Y que deja planteadas, al menos, dos preguntas con fuertes connotaciones políticas. Primero, ¿querrá Vázquez (que ya tiene ganado un buen lugar en los libros de Historia) volver a la Presidencia para hacer un ajuste fiscal o enfrentar una crisis? Segundo, ¿cuán atractivo puede resultar para un líder de la actual oposición (sea Larrañaga, Lacalle Pou o Bordaberry) tener que asumir para pagar la cuenta de la fiesta de otro (con ajuste o crisis) y tener que continuar el vuelo (políticamente) averiado por el resto del período?

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