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Los Valores por Andrés Berterreche

publicado a la‎(s)‎ 15 may. 2014 15:08 por Semanario Voces

Debo confesar que tengo debilidad por los remates. No  de los del centro, de muebles lujosos  y arte costoso, sino de esos que de vez en cuando aparecen en los barrios o en los pueblos del interior. Me gusta el misterio del origen de las cosas, los personajes que lo frecuentan, esa extraña competencia que se da en gente que parece ser parroquiano de ese boliche. Evidentemente no tengo mucho tiempo para poder dar rienda suelta a este pasatiempo. Y no hablo de plata porque en general soy muy malo en el negocio y casi siempre me vengo sin rematar nada. Pero hace una semana la necesidad de un artículo que aparecía en la propaganda y la cercanía a mi casa me permitieron concurrir a uno de estos remates de barrio.

Una vez diagnosticado el producto específico por el que iba a ser postor, y asignándole el precio de inicio y de tope que podría pagar, me dediqué ver el resto de los lotes que saldrían al ruedo. Un par de camas, otros muebles, estufas y ventiladores, alguna antigüedad valiosa entreverada, muchos adornitos de los clásicos en la repisas de las casas de los barrios. En un rincón, enmohecidos, unos zapatos de dama dentro de un destartalado bolso junto a unos cuadritos y un álbum de fotos, de aquellos de los viejos, con tapas duras tapizadas y páginas de cartón doble con cintas transparentes donde se colocaba cada foto. Mi primera sensación fue de profunda tristeza, porque al ver los artículos era claro que a ese remate era la parca la que había enviado los lotes. Abrí el álbum y me puse a ver esos pedacitos de memoria de gente que ya no estaba. Calculo que la mayoría de las fotos iban del 30 al 50, alguna del 60. Las clásicas de borde recto y otras más antiguas de márgenes troquelados. Clásicas fotos de familia, fiestas, afectos y amores, la infaltable de un jinete a caballo o el campamento al lado de un río, los gurises en la playa y algún primer día en la escuela. De todas, sin embargo, la que me atrajo y me dejó pensando, era la de tres mujeres, tal vez de los 50, por vestidos y peinados, obreras que sonrientes se apretaban delante de la hilera de conos de hilo, seguramente en una textil. En esa foto estaba el símbolo, la rúbrica de todo el resto. En definitiva cada una de esas fotos era una descripción de los valores, más que materiales, morales y éticos de la clase obrera uruguaya. que se construyó al influjo de la industrialización de la primera mitad del siglo XX.

Por estos días he visto en la televisión muchas referencias a la palabra “Valores”, en propaganda y en discursos, en ruedas de prensa y en reuniones partidarias. Sin embargo, los valores no son exactamente lo mismo para todos. Y voy a poner  algunos ejemplos. Por ejemplo robar está mal, es un anti valor y ahí casi que estaríamos de acuerdo todos. Ahora quedarse con parte del valor de un trabajador en favor del capital parecería no ser un antivalor, aunque para mí no se diferencia del robo. Si un trabajador produce 100 con su trabajo quedarse con una cuota parte de esos 100 es robarle, al menos para mí. Peor aún es cuando un actor político llega a decir que cuando un jerarca se apropia indebidamente de dineros colectivos la justicia no debería intervenir porque es poca plata. Es un valor combatir la prostitución infantil, aunque se relativiza esto por parte de algún comunicador y se trata de olvidar rápido lo de la Casita del Parque. Considero que la fortaleza de una democracia es que cualquier ciudadano pueda representar a parte de la ciudadanía, no importando  más que la honestidad de sus acciones, y en particular si es un trabajador. Esto es un verdadero valor. Sin embargo hay quienes que se desagarran las vestiduras porque un sindicalista ingresa al Palacio de las Leyes, pero no les parece para nada mal tener a representantes del empresariado en sus listas. Podría seguir con decenas de valores que no siempre son compartidos. No creo que aburra pero que ya son suficientes para entender que no alcanza con decir “Valores” para validar éticamente un discurso.

Por eso me emocioné ante las fotos de aquellas obreras textiles, porque la defensa de mis valores son los valores que lleva implícito el proletariado. La solidaridad, el compromiso, la humildad, el espíritu de sacrificio, la importancia de lo colectivo, los códigos del barrio. Está claro que la clase obrera no va necesariamente al paraíso, no tengo una visión ingenua de la sociedad, pero los valores colectivos son lo que permitieron por muchos años aquellas barriadas una vida más humana y fraterna; donde el control colectivo a las desviaciones la hacía el conjunto del barrio.

El problema es que la derecha se encargó durante décadas de romper ese entramado social. En La Teja, mi barrio, ya no existe ni la BAO, la Colagel, la Lustrino, varias textiles, la Vidplan, la Ferrosmalt, y muchas más. Y esto seguramente se puede repetir en todos y cada uno de los barrios obreros de Montevideo y de las ciudades del interior. Las sirenas de lo peor del capitalismo (disculpen la redundancia) llamaban a una esperanza individual de salvación en un sistema de ganadores y perdedores, no al ascenso del conjunto de la masa trabajadora. La reconstrucción de este tejido social llevará años. Al menos hemos comenzado a generar puestos de trabajo y mantener, a veces rayano en la heroicidad, las fábricas que los trabajadores se niegan a que se cierren y las retoman en un sistema de autogestión.

Los valores de los trabajadores son y serán de los trabajadores. Los valores de la oligarquía son los de ellos. Por eso nos va la vida en continuar un proceso productivo pero también cultural que revierta las consecuencias que a nivel social ha tenido la aplicación de ciertos valores de la clase dominante.

Cerré el álbum de fotos y puse atención en el remate que ya había empezado. Un veterano con sordera hacía de rematador. Por supuesto que como siempre no rematé nada. Ya de tardecita me fui calle abajo, pateando las hojas otoñales de los plátanos. Me acompañaban las sonrisas y el perfume de aquellas tres muchachas de delantal delante de los conos de hilo.


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