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Malditos ecologistas Por Pedro Mosca

publicado a la‎(s)‎ 23 jun. 2012 8:40 por Semanario Voces
 

La bronca anti-ecologista de algunos pragmáticos (¿de izquierda?) salta en el debate público. Las pelotudeces que se han oído en torno al puente sobre la laguna Garzón rematan ahora en el invento de un arquitecto que como Gardel, nació en la Banda Oriental y se fue chiquito a la occidental, para terminar en el norte.

 

Que Viñoly sea “un arquitecto uruguayo que vive en Estados Unidos” no parece justo, para un tipo que se pasó la vida en la Argentina, donde creció, se formó y trabajó durante gran parte su vida. Parece intrascendente todo esto, pero no lo es tanto. El tema de la nacionalidad del arquitecto funciona en el nivel ideológico más básico, como haciendo valer la patria por encima de los intereses “porteños” (casi escribo “unitarios”), para reducir la antipatía oriental a niveles mínimos. Lo que sucedió después es otra historia.

La cosa pasa, como siempre, por otras latitudes.

El puente hecho de balsas de Viñoly trabaja en el plano de lo ideológico. Todo se manejó en el mundo de las ideas asociadas a las imágenes. Ni puente, ni balsa, sino todo lo contrario; el aparato es tan evanescente que no sirve para mucho. La reacción de Constantini es absolutamente esperable, y la aclaración de Viñoly del martes de la semana pasada en El País es muy coherente con su artículo en Voces. Mirándolo más de cerca, es probable que a los biólogos no les guste nada toda esa masa flotando en la laguna. Sin embargo Rucks –que no es biólogo, pero entiende- lo apoyó al toque, porque captó enseguida, supongo, la fuerza ideológica del asunto. Y parece haber vislumbrado una salida salomónica –tan típica e ingenuamente uruguaya- al desbunde político.

El tema merecería una discusión a otro nivel que no han propiciado nuestros políticos, ya sea por legos o por cortoplacistas, como se ha denunciado repetidamente desde esta página. Los “ecologistas” son tratados como si fueran de una facción terrorista o de un grupo new age, lo que es propiciado por algunos de ellos mismos.

La ecología es una ciencia relativamente joven pero no tanto; nacida a fines del siglo XIX, trataba de la relación biológica de los seres vivos y su medio, y fue haciéndose cada vez más interesante y compleja hasta que en los años setenta –y por razones que no tienen que ver con la ciencia- se convirtió en una misión política que sustituyó a los basamentos agrietados de una izquierda cuyas verdades se tambaleaban peligrosamente. En esa época es que la palabra “ecologista” toma fuerza: el partido verde alemán (“Los verdes”, que en realidad querían zafar de todo lo que tuviera tufo a política tradicional) se fundó en 1980 después de una década de intentos fallidos. Desde ese entonces, el ecologismo es ideología.

Pero hay un ecologismo que en realidad habría que llamar de otra manera. Se trata del trabajo de un conjunto de mujeres y hombres de ciencias varias, como la biología, la oceanografía, la geografía, la economía, el derecho, la planificación, y otras, que desde sus respectivos campos advierten de los peligros de la urbanización, la depredación de las áreas naturales, la contaminación de las aguas y los aires, etc., etc. A todo eso debemos agregar el recalentamiento de la industria de la construcción que es peligroso para cualquier economía sana y sustentable. Esto ya se sabe, pero nadie dice nada porque mejora los números, tiene un montón de gente ocupada (y contenta), y por ahora sirve para anidar capitales en fuga de por ahí. Ojo: miremos a España y pongamos nuestras barbas a remojar, cuanto antes.

De todo esto advierten los “ecologistas”, pero se los trata como fundamentalistas desquiciados que amenazan que todos vamos a morir de cáncer de piel, o que nos va a llevar un tsunami provocado por el cambio climático. No podemos dejar que los desprestigien de esa manera tan grosera.

Los deberíamos llamar de otra manera, porque sus recursos no son ideológicos, sino científicos. Quizás haya que bautizarlos “ecólogos”. No les interesa la ecología política, pero saben que esto se juega en la cancha de la política y el debate público. Su misión es doble: trabajar científicamente para mantener sano el ambiente (que es mucho más que la mera atmósfera) y convencer pacientemente al público. Esto es fácil. Lo difícil es convencer a los políticos de la insania de seguir haciendo política como antes: usando el agua, el aire y el suelo (lo más preocupante acá) como si fuera moneda corriente. Y eso está presente: repasen las críticas a la Ley de Ordenamiento Territorial, en la que las intendencias se quejan de que ya no pueden lotear libremente. Los argumentos son un asco, ahí se ve claramente que los políticos todavía no entendieron que así no se construye un país productivo, sino un país especulativo donde pierden los que no tienen nada con qué especular.

No se concibe, por eso, la embestida anti-ecologista, decimonónica, de los izquierdistas “pura sangre”. Contraponer el gasto energético de la India a la urbanización de la costa es un argumento podrido. Desautorizar el pensamiento científico es un método también podrido. Condenar a la inteligencia a jugar a las figuritas de decoración en los museos es peligroso para una nación que apuesta a la inteligencia –y eso está en el programa político- y después desautoriza a la inteligencia. No te llevo.

 

 

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