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MANIPULACIÓN Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 26 jul. 2012 15:39 por Semanario Voces
 

Dichosos los tiempos en que el dominio económico se imponía a bala y a garrote. Cuando los poderosos del mundo actuaban a lo bruto, mandando por delante ejércitos y cañones, con invasiones y golpes de Estado, con coimas y con chantajes. Cuando las compañías bananeras ponían y sacaban gobiernos a su antojo y podían exterminar a pueblos enteros para quedarse con sus tierras o para evitar una huelga.

 

Sí, ya se. Exagero un poco. No eran tiempos felices. Pero al menos estaba claro quién decidía y para qué. Y uno no se hacía ilusiones.

Ahora, en cambio, ya nada es claro. En la sociedad “occidental” y “de consumo” (que integramos, pero que dista de ser la totalidad del mundo), los medios de comunicación, la publicidad, los tecnócratas internacionales, los ideólogos de moda, los psicólogos y sexólogos televisivos y hasta los artistas “rebeldes” conspiran para que sintamos que somos “libres” cuando elegimos justamente aquello que quieren vendernos.

Ya no es necesario esforzarse ni sufrir. Todos tenemos el derecho (y la obligación) de ser  jóvenes, modernos, alegres, lindos, flacos, libres y divertidos. Podemos elegir la ropa, la computadora, el peinado, el celular y el auto que nos guste. Pensar lo que queramos pensar, veranear donde queramos veranear, elegir nuestra opción sexual, hacer el amor con quien deseemos, votar a quien nos convenza, ver la película que nos guste e ir a cenar donde se nos antoje.

Lo curioso -¡oh, casualidad!- es que la enorme mayoría pensemos, creamos,  elijamos y compremos las mismas cosas. O -más patético aun- deseemos las mismas cosas, aunque no podamos adquirirlas.

 

PEPE GURÚ

Hace pocos días, un amigo me hacía notar que, más allá de sus aciertos o errores, el Pepe (Mujica, claro) ha instalado, en el limitado repertorio de ideas sobre las que discutimos los uruguayos, la noción de que el consumo es un problema político central. De que “el consumismo”, entendido como el hambre y el deseo de poseer y consumir cosas en grado desproporcionado con nuestras necesidades, es, a la vez, la cadena que nos quita la libertad personal y la clave del desarrollo del sistema capitalista.

Claro que el consumo no se limita a cosas. Las ideas, las personas y hasta las emociones pueden ser objeto de consumo. ¿Qué otra cosa son, si no, los “reality shows”, que nos venden la ilusión de compartir emociones con los efímeros protagonistas, que lloran, ríen, sufren, aman, pelean, se exhiben y se confiesan para la pantalla?

Woody Allen, en “Roma”, su hasta ahora última película, presenta el caso de un italiano promedio (Benigni), tranquilo, más bien feo, rutinario y vulgar, que de pronto es declarado famoso por la prensa y por el público. De pronto, sus opiniones y sus gustos se convierten en asunto de interés y apasionamiento colectivo. Su casa es acosada por las cámaras y los fotógrafos, su familia espiada, y él es interrogado por la prensa en la calle sobre los temas más diversos e invitado a toda clase de programas para hablar de su vida. Le piden autógrafos por la calle, la gente lo imita y quiere fotografiarse con él, lo persiguen bellas mujeres y es contratado para hacer publicidad de toda clase de productos.

Un día, tan sin motivo como nació, su fama desaparece. Las cámaras y los micrófonos pasan a enfocar a otro individuo y el protagonista vuelve a ser el oscuro habitante de la ciudad que era antes. La honestidad de Woody Allen está en que el personaje no recupera la tranquilidad de su vida previa. Termina angustiado por el anonimato, ofreciendo autógrafos por la calle a desconocidos que se apartan de él con miedo.

Nada más parecido a lo que vemos todos los días por televisión. Ese cambiante universo de “estrellas” que son famosas porque salen en televisión y salen en televisión porque son famosas. Ese universo de personas que no sólo son usadas para vender productos sino que son en sí mismas un producto.

 

EL ANTIPRODUCTO

Todo puede ser vendido y consumido. Los discursos políticos, los presidentes, y hasta la guerra.

Pensemos en lo ocurrido en países como Afganistán, Irak y Libia, o en lo que puede ocurrir dentro de muy poco en Siria o en Irán.

¿Cómo empezaron algunas de esas guerras y cómo están a punto de empezar otras?

Antes de tirarles la primera bomba, los países del “eje del mal” fueron literalmente bombardeados con publicidad negativa.

Primero, se desarrolló una pertinaz campaña para asociar al mundo musulmán con el terrorismo. Ayudó para ello que esos barbudos cubiertos de trapos oscuros no son ni jóvenes, ni modernos, ni lindos, ni alegres, ni divertidos. En suma, no son como uno quiere ser. La campaña incluía e incluye además sistemáticas denuncias sobre violencia, cierta, ejercida contra mujeres, lapidaciones, mutilación de genitales, etc. Después, tras décadas de verlos ejercer el gobierno, se “descubrió” que Hussein y Qadaffi eran unos tremendos y sanguinarios dictadores, se los acusó de poseer armas terribles y se procedió militarmente contra ellos.

El alivio de muchos occidentales bienpensantes, al saber que esos “dictadores crueles y machistas” iban a ser derrocados, les impidió notar que en el proceso iban a morir cientos de miles de mujeres, de niños y de ancianos (lo malo es morir lapidada, no bombardeada por la ONU o la OTAN) y que los “revolucionarios” eran tan o más dictadores sanguinarios que los gobernantes derrocados. También les impidió notar que bajo el suelo de esos “dictadores” había el codiciado petróleo. En síntesis, la guerra se volvió un producto popular, alegremente consumido.

Hago constar que, en estos momentos, el bombardeo mediático está dirigido contra el gobierno sirio, lo que anuncia próximos males mayores para Siria.

 

NO QUIERO SER PASTOR

¿Han visto a esos fanáticos religiosos que elijen predicar contra el juego en plena ciudad de Las Vegas?

Bueno, algo parecido es combatir el consumo y predicar la austeridad en plena sociedad de consumo.

¿Cómo convencer a un gurí de dieciséis años, que codicia un par de championes de doscientos dólares, de que sería mejor no comprarlos, o comprar unos de 800 pesos, y dedicar su plata y su tiempo a ir al cine, a tocar la guitarra, a escribir poesía o a leer a Shakespeare?

Sencillamente, es una misión imposible.

Aparentemente, el consumo es una religión invencible. Porque vende algo inmejorable: la sensación de estar en comunión con los demás y en la misma senda que los más prestigiosos. Si oigo la misma música, me pongo la misma ropa, digo las mismas palabras, pienso las mismas ideas y voy a los mismos (o similares) lugares que los ricos, bellos y famosos, seré como ellos. Y a la vez seré como todos los demás, mis amigos, vecinos y conocidos, porque todos seguimos el mismo modelo, que se erige así en el mejor y tal vez en el único modelo.

En esa realidad, combatir al consumismo podría ser una tarea revolucionaria, liberadora y, a la vez, cuestionadora de los aspectos más negativos del sistema económico. Lástima que sea también una tarea casi imposible.

 

¡AH, ESA RAIZ CRISTIANA...!

Tal vez el problema no esté del todo bien planteado.

¿El problema es el consumo, o la manipulación de la que somos inconscientemente objeto, manipulación para que queramos dar cierta imagen, para que compremos determinado objeto, o cierta marca, o para que creamos en ciertas ideas y aceptemos determinadas guerras?

Quizá el problema esté en que se tiende a asociar el combate al consumismo con la prédica de la austeridad.

El consumo no es un mal en sí mismo. Tener mucha ropa, o dos autos, comer  mucho, consumir drogas, beber mucho alcohol, o comprar muchos electrodomésticos no son cosas malas en sí mismas. Pueden ser decisiones libres, motivadas por opciones de vida de cada persona. Como tampoco es en sí mismo malo vivir a verduras, no ver televisión y negarse a probar el alcohol.

El problema, el verdadero problema, es cuando las personas son incapaces de distinguir sus gustos y opciones personales de los gustos y valores que se les imponen a través de los modelos socialmente exitosos, los cantantes, jugadores de fútbol, modelos y  otros personajes mediáticos.

Ese es el consumo alienado, el que termina destruyendo la libertad y la personalidad de sus adictos. El que nos vuelve fácilmente manipulables.

Luchar contra el consumismo, entonces, puede no ser sinónimo de predicar la austeridad, sino de estudiar y desnudar públicamente los mecanismos publicitarios e ideológicos por los que somos impulsados a desear, creer, comprar, votar o consumir.

En el fondo, como siempre, es un problema educativo. Si sabemos los códigos con los que trabaja la publicidad, si conocemos las trampas retóricas y argumentales con que nos aturden los políticos y los vendedores de mitos, la decisión de comprar, votar o creer será una decisión libre.

Tema para los educadores, sin duda.

 

 

 

 

 

 

 

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