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MÁS SOBRE “PROPIEDAD INTELECTUAL” Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 31 oct. 2013 11:08 por Semanario Voces
 

Una de las ventajas de las nuevas tecnologías de la comunicación es su potencialidad interactiva. Lo recordé al recibir algunos comentarios –varios de ellos críticos- sobre mi nota de la semana pasada, relativa a la propiedad intelectual e inspirada por los procedimientos policiales y judiciales a que dieron lugar las denuncias realizadas contra los locales de fotocopiado que rodean a la Facultad de Derecho.

La cantidad y la calidad de las objeciones me convencieron de que debía intentar ser más claro en lo que quiero decir. Y en eso estoy.

PROPIEDAD INTELECTUAL: LA NUEVA TROYA

Ante todo, la “propiedad intelectual” es un campo de lucha ideológica de tremenda importancia. Tan tremenda que solemos no darnos cuenta de ella.

Estamos acostumbrados a que el sistema capitalista considere a la casi totalidad de las cosas de este mundo como objetos de apropiación privada. La tierra, el agua, los animales, las viviendas, las fábricas, las máquinas, los árboles, las plantaciones, el dinero, los vehículos y hasta las palabras (convertidas en “marca registrada”) son propiedad de alguien, que se reserva el derecho de usarlos y cobrar por ello, o de no usarlos y negar su uso a los demás, así como el de venderlos, alquilarlos, regalarlos y hasta destruirlos.

También estamos acostumbrados a que algunas corrientes de pensamiento cuestionen el concepto de propiedad privada  y propongan la “socialización”, es decir la administración de los bienes por la sociedad o por el Estado, o la regulación legislativa de su uso, o al menos gravar a la propiedad privada con impuestos, como forma de hacerla cumplir indirectamente un fin social . No de otra cosa se ha tratado, tradicionalmente, la lucha entre “capitalismo” y “socialismo”, o entre “derecha” e “izquierda”.

¿CUÁL ES LA NOVEDAD?

La expansión arrolladora del concepto de “propiedad intelectual” significa que el concepto de “propiedad”, que antes se aplicaba a las cosas, se aplique también a los conocimientos científicos, a los procedimientos técnicos, a las teorías, a las ideas y a los textos, ritmos e imágenes de carácter artístico.

Los bienes de la cultura y del conocimiento, que la humanidad compartió durante millones de años, se convierten así en mercaderías que pueden ser usadas o negadas, vendidas, alquiladas, concedidas y hasta ocultadas o destruidas. Se trata de un gigantesco proceso de privatización y de comercialización del conocimiento y de la cultura, del que apenas nos damos cuenta.

Si queremos ver a este proceso como el conflicto entre un meritorio señor, o una meritoria señora, que se quema las pestañas inventando algo o redactando un libro y pretende evitar que le roben el invento o le fotocopien el libro sin pagarle, estamos mirando mal el asunto. Ese era el esquema de los “derechos de autor”, que sin duda merecen ser protegidos. Pero el fenómeno de la “propiedad intelectual” ha superado en mucho a ese esquema.

La “propiedad intelectual” trata hoy de los “derechos” y “patentes” por los que poderosas empresas de los más diversos giros, como la agroindustria, las empresas químicas y la industria cultural, entre otras, adquieren y registran el derecho de uso exclusivo, incluidas la producción, reproducción, distribución y concesión de conocimientos científicos, procedimientos técnicos y obras artísticas o culturales (libros, música, cine, etc.). Es un proceso en el que, a menudo, el verdadero creador intelectual es desconocido, despojado, o recibe migajas, quedando las ganancias en manos de quienes controlan el proceso de aplicación y comercialización del producto científico, técnico o cultural.

Por algo, los “tratados de libre comercio” que los EEUU proponen  a otros países tienen como contenido obligatorio cláusulas que protegen a “la propiedad intelectual”.       

LAS TRAMPAS

El concepto de propiedad intelectual se funda en dos trampas.

La primera es que el pretendido “propietario intelectual” no se limita a reclamar una retribución por su aporte científico, técnico o cultural. En realidad se apodera del aporte y, junto con él, se apodera de una enorme masa de conocimientos y recursos que son patrimonio común de toda la humanidad, como el idioma, las matemáticas, la física y la tradición cultural, que él ha usado gratuitamente para llegar al “invento”, “descubrimiento” o “creación”.

Es como si alguien coronara a una enorme torta, hecha por otros, con una frutilla, y por eso se declarara dueño de la torta e impidiera no sólo que los demás la probaran sino también que hicieran otra igual sin pagarle.

La segunda trampa es que el registro y apoderamiento de la innovación cierra la posibilidad de que otras personas, por caminos independientes y sin utilizar el conocimiento aportado por el “propietario intelectual”, lleguen a la misma conclusión innovadora que él. La historia de la ciencia está llena de investigaciones que, siendo independientes y desconociéndose entre sí, llegan al mismo “descubrimiento” con muy poco tiempo de diferencia.  ¿Por qué la humanidad debería negarse la posibilidad de seguir investigando y aplicando libremente el resultado de la investigación sólo porque alguien registró antes una idea o un procedimiento?

¿PROPIEDAD INTELECTUAL, O DERECHOS DE AUTOR?

El cuestionamiento de la “propiedad intelectual” no implica desconocer el derecho de los autores o creadores a percibir una retribución por su aporte científico, técnico o cultural. Pero es conveniente distinguir entre una cosa y otra.

El derecho de un inventor o autor no tiene por qué asociarse con la “propiedad”. La noción de “propiedad” implica la posibilidad de impedir el uso de un bien, así como la de destruirlo y la de exigir por él precios inaccesibles. 

Parece absurdo que la sociedad le permita a alguien, que se formó en esa misma sociedad y se nutrió con conocimientos de la sociedad, negarle a ésta el uso de un nuevo conocimiento.

Una cosa es reconocerle a alguien el derecho a percibir un beneficio por su aporte intelectual y otra muy distinta concederle la propiedad de un conocimiento y el derecho a impedir su uso. Si hay un bien que debería ser siempre social y nunca de propiedad privada, es el conocimiento, ya sea científico, técnico o cultural.

Por eso el aporte de los verdaderos autores y creadores debería ser reconocido y remunerado mediante nuevos y más justos mecanismos, en tanto que el concepto de “propiedad intelectual”, por sus potencialidades oscurantistas y retrógradas, debería ser revisado y, algún día, erradicado de nuestros sistemas jurídicos.

JUSTICIA POÉTICA

La industria cultural (las empresas productoras, editoras y distribuidoras de libros, discos y películas) se sienten amenazadas.

No es para menos. Internet (mucho más que el fotocopiado) posibilita que todo el mundo reciba y transmita, en forma libre, gratuita, inmediata y casi incontrolable, bienes culturales que esas empresas tienen registrados como propios.

Por eso la industria cultural, en todo el mundo, está reclamando la protección de los Estados para impedir la toma de posesión de los bienes culturales por parte de la sociedad. El argumento es conocido: se está privando a los sacrificados autores de los derechos generados por su trabajo. Sin embargo, ¿qué parte de las ganancias de la industria cultural va realmente a manos de los autores? La respuesta es obvia. La mayor parte queda en manos de empresas comerciales que actúan como intermediarias entre los autores y el público.

Algunas primas-hermanas de la industria cultural, como la agroindustria y las empresas químicas, se han anticipado y desde hace mucho tiempo utilizan a los Estados como guardias de seguridad para impedir, por ejemplo, que las semillas y los productos químicos registrados como medicamentos puedan ser usados libremente.

Algo es claro: la “propiedad intelectual” depende de dos cosas: a) de que las personas creamos que realmente es legítima; b) de que los Estados acepten cumplir el papel de gendarmes, impidiendo el uso público del conocimiento y de los recursos naturales modificados por ese conocimiento.

¿QUÉ HACER CON LOS CREADORES?

¿Qué deben hacer los Estados dirigidos por fuerzas políticas populares ante esa situación?

El tema nos enfrenta a uno de los nuevos dilemas ideológicos que tiene planteados el pensamiento “de izquierda”.

Si los Estados actúan como gendarmes de la propiedad intelectual, estarán favoreciendo el proceso de privatización del conocimiento y de la cultura que impulsa el capitalismo global, es decir la concentración de la riqueza, ya no basada sólo en la posesión de cosas sino también en el control exclusivo de conocimientos, técnicas e ideas.

 ¿Es posible socializar el conocimiento?

Claro que lo es, si su privatización depende hoy de la intervención represiva de los Estados.

Seguramente la socialización y liberación del conocimiento requiera estudiar nuevas formas de remunerar la creación intelectual, estimulándola y financiándola sin apoderarse de sus resultados. Pienso, por ejemplo, en un impuesto que nos liberara de la necesidad de pagar por los libros, la música y el cine, y que abaratara mucho el costo de los medicamentos y de los productos agrícolas.

Una tarea hermosa, civilizatoria y de largo aliento, para la que los mismos creadores deberían aportar ideas y sugerencias.

  

     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    

 

 

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