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MÁS SOBRE LA DICTADURA DE LA “CORRECCIÓN POLÍTICA”Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 24 feb. 2012 10:15 por Semanario Voces
 

 

La semana pasada, a partir de la sanción impuesta por la asociación de fútbol inglesa a Luis Suárez, rozamos un tema mucho más amplio: los efectos que la llamada “corrección política” está teniendo, no sólo en la noción de justicia sino en casi todos los ámbitos de la vida, incluidos, especialmente, el lenguaje y la expresión del pensamiento.

 

EL “JET SET” DE LA ANTIDISCRIMINACION

No hay duda de que vivimos en un mundo de discriminación. Desde siempre, los fuertes han discriminado a los débiles, los ricos a los pobres, los poderosos a los humildes, los integrados a los excluidos, los que tienen fe a los no la tienen, los de cierta raza a los de otra raza, los poseedores de un cierto “saber” a los ignorantes de ese “saber”, los de un sexo al otro sexo y ambos a los que no se encuadran bien en el molde de alguno de los sexos. Desde siempre, además, los que se sienten “muchos”, o mayoritarios, han discriminado a los que se sienten “pocos” o minoritarios.

Algunas de esas situaciones han cambiado o tienden a cambiar. Es verdad, al menos, que hay más conciencia de algunas de esas discriminaciones. Pero también lo es que otras, tan o más injustas, tienden a quedar ocultas tras la hegemonía de discursos que priorizan a cierta forma de discriminación.

Así, las luchas contra la discriminación por razones de “género”, o de raza, son las vedettes. Ser sospechoso de postergar a alguien por su condición de mujer o de negro es caer en la ignominia, en la condena pública. En tanto hacer gárgaras con la igualdad de género y de razas, y abominar específicamente de la discriminación por esos motivos, lo convierte a uno en un paladín, en el paradigma de lo “políticamente correcto”.  

 

SI POR POBRE ME DESPRECIAS…

Curiosamente, la prioridad dada a esas formas de discriminación pasa por alto otros factores tan o más determinantes del sufrimiento del discriminado. Por ejemplo, se suele hablar de la discriminación de “las mujeres”, así, en general, como si fuera igual la situación de una mujer que trabaja toda la jornada como empleada doméstica, y luego debe atender sola las necesidades de sus hijos y el trabajo doméstico de su propia casa, que la situación de una mujer con bienes propios, título y tal vez postgrado universitario, viajes por Europa y vacaciones en el Este, que cuenta con empleada o empleadas domésticas que resuelven las tareas de su hogar.

¿A qué quiero llegar?

A una verdad muy vieja: salvo raras excepciones, las principales causas de sufrimiento son la pobreza, la falta de poder y la carencia cultural. Las personas que más sufren son las que son pobres y carecen de poder y de elementos culturales para cambiar la situación. Sufren por pobres, por ignorantes y por carentes de poder, más que por mujeres, o negros, u homosexuales, o indios o lisiados.

Sin embargo, la denuncia de la pobreza y de la desigualdad en el acceso al poder y al conocimiento no son las vedettes de lo “políticamente correcto”. Es más, denunciar la desigualdad en el acceso a la riqueza, al poder y al conocimiento tiene un cierto tufillo “sesentista”, que no llega a volverlo “políticamente incorrecto” pero no le asegura al denunciante el acceso a los mejores salones, ni a los mejores seminarios internacionales, ni a las mejores becas de investigación.

¿Será muy descabellado pensar que, para ciertos intereses económicos y políticos, los reclamos de igualdad por sexo y raza son inocuos, en tanto los de igualdad en el reparto de la riqueza, el poder y el saber son innegociables?

 

¿“DISCRIMINACIÓN POSITIVA”?

Es cada vez más frecuente que, desde ámbitos “políticamente correctos”, se impulsen políticas que pretenden compensar desigualdades históricas invirtiendo la desigualdad. Así, en el mundo hay cada vez más planes de vivienda, de trabajo, cuotas universitarias, cuotas políticas, etc., destinadas a cierto sexo, o a cierta raza, o a personas con discapacidad, planes, proyectos y cuotas que excluyen expresamente a los miembros de los grupos o razas históricamente privilegiados.

A primera vista, con un sentido visceral de justicia, esto puede parecer justificado. “Si las mujeres sufrieron, que ahora sufran los hombres”. “Si los negros sufrieron, que ahora sufran los blancos”.

El problema es que estas políticas no igualan. Tienden a crear una suerte de “sube y baja” de injusticias, un régimen de revanchas sucesivas que no construye igualdad. Porque, esencialmente, quiebran el principio que dicen defender. La igualdad sólo se consagra mediante la igualdad; no generando desigualdades compensatorias.

Si el movimiento antiesclavista hubiese pretendido imponerles a los amos blancos  períodos compensatorios de esclavitud, seguramente habría fracasado. No sólo por la inviabilidad política del proyecto, sino porque no habría abolido la esclavitud; la habría preservado con otro signo. Si el movimiento femenino sufragista hubiese propuesto, por ejemplo, que el voto femenino valiera doble, para compensar el tiempo en que las mujeres no habían votado, habría fracasado por las mismas razones: porque no habría extendido la democracia sino un privilegio antidemocrático invertido. Si el movimiento de los derechos civiles, en el Sur de los EEUU, hubiese pretendido que los blancos viajaran durante cierto tiempo en los asientos de atrás de los ómnibus, el resultado habría sido el mismo.

A la igualdad y a la justicia sólo se llega ejerciendo la igualdad y la justicia. Por eso es una tarea difícil, sutil y de largo aliento. Porque de lo contrario se borra con el codo lo escrito con la mano. Tema de reflexión para la izquierda, seguramente.

 

LA NUEVA INTOLERANCIA (“LECTORAS Y LECTORES”)

Un tercer problema planteado por el discurso de lo “políticamente correcto”, es su intervención inquisitorial en el lenguaje y en el pensamiento.

Todas las ideas que hoy consideramos emancipadoras nacieron transgrediendo o rompiendo los códigos de “corrección” de su tiempo. La ruptura con la concepción teocrática, con el poder absoluto de los reyes y la aristocracia de sangre, la noción de la redondez de la Tierra y el abandono del geocentrismo, el desarrollo de la racionalidad, de la capacidad de dudar y del o los métodos científicos, la postulación de la historia como proceso determinado por los sistemas de producción y la lucha de clases, el cuestionamiento de la razón por la postmodernidad, y las ideas científicas o filosóficas que hoy ponen en duda la noción misma que tenemos del universo y de la realidad, no habrían sido posibles en el marco del pensamiento “políticamente correcto” de sus respectivos tiempos.

Hoy, un conjunto de valores, los “políticamente correctos”, pugnan por determinar no sólo lo que puede ser dicho sino cómo puede ser dicho. Su expresión más inocua es la exigencia de hablar por duplicado, diciendo “las” y “los” y cambiando el género de cada sustantivo. Pero las hay más graves.

El dominio del lenguaje, la capacidad de decidir qué puede decirse y qué no puede ser dicho, es la más completa fuente de poder. Porque no gobierna los cuerpos, sino  las cabezas. Pero de eso seguiremos hablando la semana próxima.    

 

         

 

     

 

 

 

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