Artículos‎ > ‎

MATAR A GADDAFI Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 26 mar. 2011 12:35 por Semanario Voces

El palacio de Muammar Al Gaddafi fue uno de los primeros objetivos del bombardeo dispuesto por la ONU contra Libia. En el primer día de hostilidades, fue bombardeado por la aviación, y el pasado martes, según la prensa occidental, habría sufrido un fuerte ataque con explosivos. Hasta la madrugada de ayer,  miércoles, no se descartaba que un hijo de Gaddaffi hubiese muerto o resultado gravemente herido en esos ataques.

Si uno lee la resolución Nro. 1973 (número simbólico para los uruguayos) del Consejo de Seguridad de la ONU, es decir la resolución que dispuso el ataque contra Libia con el fin de crear una “zona de exclusión aérea” para “proteger a los civiles” y posibilitar la “ayuda humanitaria”, la acción militar de los EEUU, Francia e Inglaterra debería reducirse a proteger a los rebeldes asentados en Benghazi y en alguna otra ciudad del Este de Libia y, en todo caso, a desactivar los aeropuertos e impedir los vuelos sobre territorio libio.

¿Por qué, entonces, bombardear con tanta precisión y apuro el palacio de Gaddafi, centro de poder político ubicado en Trípoli, a cientos de kilómetros de las ciudades que se pretende proteger?  ¿Por qué bombardear, entre otras, a la misma ciudad de Trípoli, en la que viven casi un millón de civiles? ¿Y por qué atacar con misiles a Sirte, ciudad natal de Gaddafi y uno de sus bastiones políticos?  

La respuesta parece obvia. Algunas o todas las potencias militares que atacan a Libia tienen planes que van bastante más allá de la resolución formal de la ONU. Tienen al menos un propósito no explicitado pero evidente: destruir al régimen de Gaddafi y, si es posible, matar al propio Gaddafi. Ese propósito no está contemplado por el texto de la resolución de la ONU, pero todo indica que “subyace o sobrevuela” en el espíritu de muchos miembros de la ONU. En especial parecen indicarlo el bombardeo del palacio y las contradicciones en que incurren los jefes militares de EEUU, Inglaterra y Francia cuando describen los objetivos de su misión en Libia. Los ingleses parecen ser los más francos, al no descartar que la misión pueda incluir el eventual ingreso de tropas a territorio libio, la captura o muerte de Gaddafi y el fin de su régimen.

Ignoro qué habrá hecho Gaddafi para ganarse tanto odio de las potencias centrales, pero lo cierto es que no lo quieren nada. Y eso no necesariamente habla mal de él.

PEOR QUE LAS BOMBAS

El ataque militar a Libia, en el que antes que Gaddafi morirán cientos o miles de hombres, mujeres y niños inocentes,  fue precedido por otro bombardeo, discursivo y mediático, que creó en parte de la opinión pública mundial las condiciones anímicas necesarias para que el ataque fuera admitido como legítimo y “justo”.

Ese discurso mediático estuvo y está basado en dos ideas-fuerza simplísimas pero eficaces. Una, tal vez relativamente cierta, es la de que Gadaffi es un hombre “malo”, incivilizado, sanguinario y loco, una suerte de Hitler con turbante que estaba a punto de exterminar a sus opositores, a priori declarados “democráticos” y poco menos que santificados por la prensa y los dirigentes políticos de los países centrales. El hecho de que esa oposición tenga carácter tribal, posea armas de guerra, carezca de ideas y programas y no parezca contar con mayor legitimación democrática que el propio Gaddafi, no impidió que se los declarara una especie de santos y futuros mártires de la democracia al estilo occidental.

La segunda idea-fuerza es la de que hay un modelo democrático y unos derechos humanos universales y que las potencias centrales, que controlan el Consejo de Seguridad de la ONU, son una suerte de policía moral del mundo y tienen la potestad de decidir cuándo un país es lo suficientemente no democrático y violador de los derechos humanos como para que pueda ser invadido, bombardeado y eventualmente ocupado por tropas extranjeras.

La simpleza y peligrosidad de esas ideas, sobre todo de la segunda, dan miedo. Y sus consecuencias dan todavía más miedo.

LA LEY DE LA SELVA

En “Los derechos humanos como espada del imperio”, Amy Bartholomew y Jennifer Breakspear sostienen que los “derechos humanos”, considerados como una categoría universal, imponible por la fuerza, se han transformado en el discurso legitimador del intervencionismo militar de las potencias occidentales, de lo que Beck ha llamado “humanismo militar occidental”.

Ejemplos de esta función legitimadora de la violencia, cumplida por el discurso de los derechos humanos, sobran en el mundo. Irak, Afganistán y ahora Libia, entre muchos otros, son casos en que la intervención de las potencias militares occidentales, esencialmente los EEUU con sus socios y aliados, se autojustifica por la invocación de los derechos humanos.

El hecho casi surrealista de que esas intervenciones militares “humanitarias” causen miles o cientos de miles de muertes de inocentes, y generen a los países centrales enormes ganancias por concepto de venta de armas, contratos de reconstrucción y apoderamiento de recursos naturales, pasa casi desapercibido. Basta con que la prensa internacional, las grandes cadenas informativas (CNN, BBC, etc.), insistan un día sí y otro también en lo malos y violadores de los derechos humanos que son o eran Saddam Hussein o Gaddafi. Además, curiosamente, los terribles dictadores suelen ser africanos o asiáticos y nacer arriba de suelos llenos de petróleo. Pero, ¿quién va a pensar que esos factores puedan pesar en la decisión de la ONU o de los EEUU?

La otra gran falacia es que la ONU represente un embrión de gobierno democrático mundial. ¿Cómo podría ser democrática, o simplemente igualitaria, una organización en la que cinco potencias (EEUU, Inglaterra, Rusia, Francia y China), miembros permanentes del Consejo de Seguridad, tienen poder de veto con el que pueden paralizar cualquier decisión, además de definir la integración de organismos como la Corte Penal Internacional?

¿Alguien cree que las violaciones a los derechos humanos cometidos por China, o las guerras de agresión cometidas por los EEUU, por ejemplo, podrán ser juzgadas con la misma facilidad y rapidez con que se lo hace en los casos de Irak o de Libia?

UN DILEMA PARA LA IZQUIERDA

La izquierda –el pensamiento de izquierda- se ha acostumbrado a asociar a los derechos humanos con el “progresismo”, y al derecho internacional con la mejor protección de esos derechos. Para muchos militantes y aun para muchos intelectuales de izquierda, basta la mención a los derechos humanos para que una causa quede santificada. Y, si está garantizada por la ONU o por alguna de las cortes internacionales, mejor.

Sin embargo, la actual situación del mundo plantea un problema inquietante. Los derechos humanos pueden ser un discurso legitimador de atropellos a los derechos fundamentales de personas y pueblos concretos. Y los organismos internacionales están controlados por  potencias que se benefician con una desigual distribución del poder de decisión.

La globalización está haciendo que la ciega confianza en los “derechos humanos” y en el orden jurídico que emana de los organismos internacionales pueda devenir incluso en una actitud reaccionaria.

Tema para pensar y repensar en el futuro, sin duda.

 

Comments