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MERCOSUR, UNA LUZ DE ALMACEN… Por Juan Martin Posadas

publicado a la‎(s)‎ 10 ago. 2012 6:44 por Semanario Voces
 

El asunto del Mercosur está teniendo en estos días una resonancia por demás estridente en la escena nacional y regional. Muchos detalles –pintorescos o irritantes según se los mire-  se agregan día a día. Lo que resulta más asombroso es que hay una opinión generalizada que el Mercosur no está funcionando pero todo el mundo se empeña en seguir adelante.

 

Lo habitual es que las cosas que no funcionan se abandonen o se corrijan; nadie se empecina en seguir adelante por un camino que no conduce a nada o conduce al despeñadero.  El ciudadano común poca cosa puede hacer en lo referente a las relaciones internacionales de su país. Sin embargo es conveniente que tenga ideas claras y opiniones fundadas al respecto. La política internacional de un país se maneja desde la Cancillería y la diplomacia pero se apoya en la opinión pública. Nuestro país, al ser pequeño, está expuesto a presiones e influencias externas: por eso mismo necesita buenas relaciones con sus vecinos y con todo el mundo, y necesita personal capacitado para llevarlas a cabo de forma continua, a lo largo de varios períodos de gobierno.

Ya a partir del gobierno del Dr. Vázquez, cuando era evidente que Uruguay no obtenía beneficio alguno del Mercosur sino obstrucciones y desencanto, aquel Presidente proclamó su consigna de “más y mejor Mercosur” y se aferró siempre a ella. La frase no ilustra mucho: expresa una voluntad política sin mayor fundamentación, como si el asunto no la necesitara. Lo que precisamente está haciendo falta hace ya bastante tiempo es repensar los fundamentos del tratado para no seguir adelante a ciegas.

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         Ayudará repasar el proceso desde sus orígenes. El Mercosur fue concebido y engendrado como una unión aduanera. Así lo armaron Alfonsin y Sarney, así lo vio Lacalle y nos metió adentro junto con Paraguay. El tratado original perseguía un objetivo económico y tenía una lógica básicamente comercial. Bajo esas características contó con apoyo entusiasta en los respectivos países miembros. En nuestro país –recuérdese- fue muy bien recibido a nivel popular y tuvo la aprobación parlamentaria de todos los partidos. Para el Uruguay significaba la posibilidad de superar radicalmente uno de los mayores inconvenientes estructurales que tenemos para el desarrollo económico que es la estrechez de un mercado interno de sólo tres millones (más chico que un barrio de Buenos Aires o San Pablo). La unión  aduanera nos abría, en principio, un mercado de 200 millones.

Traía también un riesgo: no era una lotería sino un campo abierto. El riesgo era la desaparición de la producción nacional en algunos rubros que no podrían competir con empresas gigantescas ya establecidas en países vecinos. Pero era la oportunidad para la especialización en actividades de mayor contenido intelectual y tecnológico, de poco personal y mucho cerebro. Además la ubicación geográfica de nuestro país constituía una ventaja permanente: en la boca de la Hidrovía Paraná-Paraguay  tenemos la llave del interior del continente y junto al puerto de Montevideo la apertura hacia el Atlántico.

Tengamos en cuenta que hoy en día prácticamente todo se puede fabricar en cualquier parte del mundo: la producción industrial o manufacturera no está atada a ninguna región. Lo que es insustituible y no se puede llevar y traer son los nudos de comunicación, los nodos del sistema nervioso comercial, los lugares de intercambio y redistribución. Eso es más valioso que el petróleo. Nuestro país está en uno de esos puntos privilegiados. Esta era la perspectiva que nos abría el Mercusor, su base firme y su razón de ser.

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         El Mercosur inicial, el de la unión aduanera, empezó funcionando muy bien. Unas veces Argentina otras Brasil se turnaban como el primer y segundo socio comercial de nuestro país. Nos iba bien en ese Mercosur y las perspectivas eran que, si se afinaban ciertas políticas y se completaban otros procesos productivos, nos iría cada vez mejor.

         Pero con el transcurso del tiempo y los sucesivos gobiernos se fue alterando la visión fundacional. Empezó a cobrar cuerpo la noción de que un Mercosur meramente económico como unión aduanera era poco. Fue creciendo la idea de que una unión aduanera era casi una vergüenza frente al tipo de unión a que estaban llamados los países hermanos de la región (y del continente). La hermandad de estos pueblos tenía que inscribirse en otros parámetros y dar a luz otra clase de tratados de integración porque el destino manifiesto de estos pueblos del sur americano era conformar una unión política lo más fuerte y explícita posible.

         Siguiendo esa estrella o ese nuevo Norte el Mercosur fue cambiando. Al ir cambiando la cabeza de los sucesivos gobiernos en el sentido arriba mencionado (hacía tiempo que ya no estaban Alfonsín, Sarney ni Lacalle) se produjeron dos efectos. La atención y el cuidado enfocado a mantener y perfeccionar los acuerdos aduaneros se fue descuidando hasta abandonarse casi por completo y la atención y las energías se enfocaron hacia lo político que pasó a valorarse como la tarea más importante. Empujados por ese nueva visión se agregaron cláusulas políticas, se crearon organismos superpuestos (parlamento del Mercosur, Parlatino, Unasur, Banco del Sur, etc.) y languidecieron los tribunales de resolución de controversias y se relajó el criterio económico abusando de excepciones y no cumplimientos.

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         El Mercosur original se perdió en el pasado (“ya nunca me verás como me vieras”). El nuevo Mercosur, el de ahora, el Mercosur político, traquetea multiplicando proclamas y discursos presidenciales de hermandad. En los hechos esa abundante retórica poco tiene que ver con la realidad y con los hechos. La esquizofrenia político-diplomática es patente en la región;  Argentina bloquea el turismo y el comercio con nuestro país mientras Brasil mira para el costado y cuotifica el ingreso de los lácteos de Argentina. Uruguay está desconforme con ambos pero se suma a la crispación y hostilidad ambiental colaborando con el maltrato ilegal y patoteril contra el Paraguay. En fin que “las calles y las lunas suburbanas y mi amor en tu ventana, todo ha muerto ya lo sé”.

Los gobiernos actuales de los países del Mercosur, es decir, Dilma Rousseff, Cristina Fernandez de Kirchner y José Mujica Cordano, más allá de sus intenciones pero con plena imputabilidad a sus torpezas, han frustrado aquella incipiente y promisora integración económica de la región y, encima, han enemistado a los respectivos pueblos entre sí. Esa es la cruda verdad. Invito al lector a que repase honestamente el estado actual de las relaciones entre Brasil y Argentina; entre Paraguay y todos los demás; entre Argentina y Uruguay o Brasil y Uruguay. ¿A dónde han venido a dar? ¿Qué saldo queda? Un saldo totalmente negativo; desoladoramente negativo, “la amargura del sueño que murió”.  Estos gobiernos han desatendido como cosa de poca importancia la incipiente arquitectura de los acuerdos aduaneros del primer Mercosur postergándolos y subordinándolos a una integración política que proclaman verbalmente sin haber entendido, al parecer, ni la historia, ni la cultura, ni la geografía de la región.

Hace falta repensar el Mercosur, lo cual no quiere decir replantearse la decisión original y ponernos a cavilar si hicimos bien en adherir al tratado o si conviene salirnos de él. Repensar el Mercosur quiere decir profundizar el tema, comprenderlo mejor. Para entender las cosas debemos partir de la base de que un pequeño país como el nuestro no puede inventar su circunstancia; sólo las grandes potencias pueden hacerlo. Lo que está al alcance de un país pequeño es entender lúcidamente su situación y utilizar con inteligencia las circunstancias que le son dadas. Y nuestra circunstancia básica es la geográfica, es la del mapa: estamos enclavados entre dos países enormes, Brasil y Argentina; no hay taumaturgia capaz de cambiar esa circunstancia. Si todo lo que sucede dentro de nuestros vecinos o en sus tratos entre sí va a repercutir sobre nosotros por el mero hecho de estar al lado, es más inteligente estar vinculado y asociado que afuera. Esto no tiene nada que ver con ningún sueño bolivariano.

Para algunos la hermandad de los pueblos americanos proviene y se fundamenta en la existencia de un origen común: tenemos la misma lengua, nacimos de un mismo vientre hispano y nos aglutinó la administración colonial. A primera vista parecería suficiente pero a un segundo escrutinio estas bases no parecen consistentes como para señalar un destino de unidad. Los orígenes de Méjico, el Méjico actual, y lo mismo se diga de Bolivia o Perú, tiene mucho de hispano pero mucho también de indígena. Esos respectivos pasados nada tienen que ver entre sí y no son un pasado común.

Para otros autores el llamado a la unidad no proviene del pasado a obedecer sino de un futuro al que atender. Sostienen que sólo tendrán futuro las repúblicas americanas del sur si se unen unas con otras. Esta corriente de opinión parece más fundada y pragmática que la anterior pero también se saltea elementos de la realidad. La diversidad geográfica, cultural y social, que es patente en el continente, genera espontáneamente competencia y esa competencia natural sólo se podría armonizar en beneficio de todos si existiera una autoridad central y común, situación a la cual los pueblos del continente se opondrían: la independencia es un poderoso sello del alma americana.

Pero cuál y cómo sea o deba ser el proyecto de patria grande y todas las versiones posibles de integración política del continente es todo un tema en sí mismo y no rehuyo discutirlo en otro momento. Apunto aquí, al pasar, que lo que aparece en los discursos y proclamas de los gobernantes de la región –incluido el nuestro- suena demasiado simplista, tiene muy poca elaboración, parece abrevar más en Mercedes Sosa y Galeano que en los autores serios que estudiaron el asunto como J. B. Alberdi, Herrera, etc. Pero, más allá de eso, en este análisis que estoy desarrollando me atengo a los resultados: las políticas y los gobernantes son juzgados por los resultados: no por los discursos.

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A esta altura de los acontecimientos, ante los escombros del Mercosur, cuando las posibilidades económicas se trancan y están frustradas, cuando hemos llegado al absurdo increíble de estar mal con la Argentina y de asociarnos para patotear al Paraguay, ¿no será hora de revisar algunos planteos y orientaciones de nuestra política exterior? ¿No será hora de cambiar y sustituir a los jerarcas que han llevado nuestras relaciones internacionales a resultados tan malos? ¿No será hora de exigir estrategias un poco más elaboradas que seguir repitiendo “más y mejor Mercosur” o “qué quieren que haga con Argentina, pincharle un ojo”? Con un poco más de reflexión y silencio, con algo más de estudio y profesionalismo, parando con las consignas y agarrando los libros, se podrían encontrar otras alternativas un poco más sofisticadas y de mayor calidad. Las necesitamos de urgencia.

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Comencé estas reflexiones con un título que evoca a Homero Manzi y entresembré en el texto algunas frases de su tango. Termino incorporando  frases del libro de Luis A. de Herrera  “La Revolución Francesa y Sudamérica”,  donde habla de ”la enfermedad declamatoria que funda radicalismos y tendencias extraviadas” y se refiere a  ”teorizaciones temerarias que embriagan y perturban el juicio de las razas sinceras de América”. Quizás lo más valioso de este escrito sean esas citas.

                           

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