Artículos‎ > ‎

M´HIJO EL FINLANDÉS Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 28 nov. 2013 10:52 por Semanario Voces
 

Cada vez que se hacen públicos datos estadísticos o evaluaciones de nuestro sistema de enseñanza, el país entero entra en crisis histérica.

De pronto, recordamos que la enseñanza es el futuro, el país que seremos, en el que envejeceremos, en el que vivirán nuestros hijos y nietos. Entonces nos ataca la angustia. Porque el futuro que anuncia nuestra enseñanza es aterrador: casi dos tercios de los chiquilines no completan secundaria; y, de los que la completan, muchos no logran entender bien lo que leen, ni expresar por escrito lo que quieren decir, ni resolver problemas lógicos elementales (no exagero; esas tres carencias se han constatado, mediante pruebas, en buena parte de los egresados de secundaria que ingresan a la Universidad).  

Curiosamente, el problema educativo sólo reaparece en el debate público cuando alguna evaluación o datos estadísticos nos lo refriegan en la cara. Entonces, durante unos días, la prensa difunde las cifras del desastre y les dedica notas encendidas. El sistema político reacciona e incorpora en sus discursos “los problemas de la enseñanza”, al tiempo que cada partido culpa a los otros por la crisis. Los sindicatos docentes, en particular los de secundaria, reclaman más presupuesto y mejoras locativas. Mientras que una multitud de expertos y cientistas sociales barajan teorías y buscan por el mundo el modelo ideal que nos inspire para construir una enseñanza “de calidad”.

Pero no hay que alarmarse. El revuelo dura pocos días. Enseguida ocurre algo (el próximo partido de la Selección, o la muerte de Ricardo Fort) que nos distrae y nos permite olvidarnos de la enseñanza, con la sensación del deber cumplido por haber hablado de ella durante tres o cuatro días.

En estos momentos estamos en el ojo de una de esas efímeras tormentas educativas. Esta vez provocada por la difusión de los índices de repetición por liceo.

Como suele ocurrir, los medios de prensa entrevistan a educadores, dirigentes políticos, cientistas sociales y expertos en educación para que analicen el problema y propongan soluciones.

Las críticas y las propuestas son muchas. Muchas de ellas inteligentes, profundas y teóricamente fundadas. Es hasta lindo oír a los expertos analizar las distintas experiencias y modelos educativos del mundo.

El modelo que hoy parece concitar más atención es el de Finlandia.

Al parecer, en Finlandia, las mentes más brillantes se dedican a la docencia. Reciben una formación esmerada, de nivel terciario, cobran sueldos que los vuelven la envidia de los restantes profesionales, gozan de gran autonomía técnica y reciben el respeto y la admiración de toda la sociedad.

Además, según los expertos , la enseñanza en Finlandia obtiene grandes resultados porque no apuesta a hacer repetir a los estudiantes menos exitosos, sino que los apoya para que mejoren, y porque no acosa a los docentes con controles burocráticos.

A partir del modelo finlandés –y de otros que andan por el mundo- nuestros expertos formulan excelentes propuestas para la formación de los docentes y para la reorganización de nuestro  sistema educativo.

Oírlos es maravilloso y, la verdad, tentador. A uno casi le dan ganas de importar un lote de docentes finlandeses y entregarles la enseñanza.

El problema es que el Uruguay no es Finlandia y nosotros no somos finlandeses.

Nos diferencian de los finlandeses la historia, la cultura, la tradición, la economía, la política, la realidad social, las costumbres, el tipo de gente que somos y el tipo de gente que queremos ser.

La traslación de un modelo externo –o de aspectos parciales de ese modelo-, a nuestra realidad, o bien es culturalmente inviable, o arrojará resultados muy diferentes a los que se obtienen en el país de origen.

La educación es, esencialmente, el traspaso intergeneracional de conocimientos, tradiciones y valores, mediante el cual una sociedad se reproduce y a la vez se transforma a sí misma.   

Por eso, en educación no hay más remedio que partir de lo que se es, en todo caso apuntando hacia lo que se quiere ser.

Trasplantar modelos educativos u organizativos de otras tradiciones históricas y culturales es sencillamente inviable. Porque la enseñanza no es un sistema aislado. Es producto de la sociedad en la que surge. Si la realidad social no condice con las nociones que el sistema educativo le transmite al alumno, éste se sentirá inevitablemente frustrado e impotente para entender el mundo en el que vive.

Es decir, tal vez el modelo finlandés permita elaborar teorías sobre lo que un modelo educativo ideal debería ser. Pero, ¿cómo implementar esas teorías modélicas con los elementos con que contamos? ¿Cómo implementarlo con los docentes y alumnos que tenemos, y con las condicionantes materiales, culturales y políticas de la sociedad uruguaya?

Comparto la idea de que una verdadera y profunda reforma educativa sería deseable. Pero esa reforma sólo sería posible definiendo muy bien qué clase de sociedad queremos ser y, por ende, qué clase de personas queremos formar.

Por desgracia, en la sociedad uruguaya no existen acuerdos sobre esos puntos. La prueba es que aun los más pequeños cambios son obstruidos por desavenencias políticas, resistencias gremiales, discrepancias teóricas e indiferencia social. 

Por lo tanto, la reforma profunda del sistema educativo no es por el momento posible. No lo es porque un nuevo modelo educativo tiene como requisito un nuevo y consensuado modelo de país, que en estos momentos no existe.

Con mayor razón, tampoco es posible copiar o trasladar modelos educativos externos.

¿Eso significa que no se puede hacer nada para mejorar la enseñanza?

Tal vez, mientras discutimos sobre las lejanas y difíciles reformas de fondo, sea posible que el sistema educativo vuelva a cumplir algunas de sus funciones más básicas y tradicionales. Aquellas en las que todos estamos de acuerdo: enseñar a leer, a entender lo leído, a escribir y a pensar con una lógica elemental. Hoy por hoy, eso no sería poca cosa.

El asunto es ¿cómo hacerlo? ¿De dónde partir?

Tal vez haya que partir del mismo sistema. De su propia realidad. Desarrollando sus fortalezas y corrigiendo sus debilidades, aquellas que todos vemos y reconocemos.

Es indiscutible que el punto crítico de nuestro sistema educativo está en secundaria. Es ahí donde se dan los más altos índices de deserción y de repetición y los más bajos niveles de aprovechamiento.

En cambio, primaria, más allá de sus problemas, sigue conservando algunas virtudes típicas. Por ejemplo, sigue abarcando a la casi universalidad de los niños, y, mal o bien, logra cumplir una elemental función alfabetizadora.

¿Cómo se explica esa diferencia de resultados?

Es cierto que la edad de los alumnos juega en contra de secundaria, porque la adolescencia es volátil y favorece la deserción.

Pero hay otro factor que no puede ser ignorado. Mientras que en primaria los docentes tienen un alto grado de estabilidad, en secundaria, gracias al régimen de elección de horas,  la regla es la inestabilidad, la rotación de los docentes, que están meses o un año en un centro de estudio y luego eligen otro, o pierden las horas, con lo que la relación docente-alumno se vuelve fugaz, aleatoria, insignificante.

El régimen de elección de horas –que carece de todo fundamento pedagógico- convierte a secundaria en tierra de nadie, un lugar en el que todos, docentes y alumnos, están de paso y mañana pueden no estar, sin que a nadie le importe.

Igualar los niveles de estabilidad del personal docente, asemejando los de secundaria a los de primaria, puede parecer una medida menor. Pero no lo es. Por el contrario, es el primer paso para convertir a los liceos en ámbitos educativos, donde la permanencia de los docentes haga surgir los lazos de conocimiento y de afecto indispensables para el proceso educativo.

No está mal que soñemos y discutamos reformas profundas para la enseñanza. Pero hay un test previo de credibilidad que está al alcance de nuestras manos y en el que hasta ahora hemos fracasado.

Si el sistema político no logra eliminar el régimen de elección de horas de secundaria, y si los sindicatos docentes siguen resistiendo su eliminación, nadie podrá creer en las utopías teóricas y en los sueños finlandeses.

Hacer lo posible es el primer paso para proponerse lo imposible.

         

 

 

Comments