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MUJICA Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 22 jun. 2013 9:29 por Semanario Voces
 

Heredó de doña Lucy esa mirada intensa, tan reveladora de su estado anímico, al punto de formar parte de su arsenal persuasivo de forma magistral. Pepe es el brillo de esos ojos y la cambiante expresión de su rostro, tanto para cautivar como para descargar su perorata furiosa. Como algo más meditado de lo que parece, la ira forma parte de un amplio registro que maneja con solvencia, a veces en un tono de voz apenas audible, a veces levantando los decibeles hasta el límite de la agresión. Casi a los ochenta años, tiene, como pocos, el aire de la juventud de una época que fue sinónimo de rebeldía y erudición.

 

No todas sus rabietas son una explosión inesperada. Hasta se podría decir que todas las rabietas de Mujica son parte de su destreza para golpear sin noquear, porque su conformación ideológica viene más del tronco liberal que del leninismo. Si el ya célebre “No sea nabo Néber” causó un daño irreparable en la reputación de Araujo no fue porque el propósito de Mujica haya sido su destrucción sino como consecuencia indirecta de la autosuficiencia de un periodista estelar, que, posiblemente, haya subestimado las cualidades de Mujica. Un hombre como Néber Araujo, que no proviene del cerno intelectual montevideano, no podía confiar tanto en su solvencia profesional, debió darse cuenta que estaba frente a uno de los personajes más indescifrables que pudo dar el Uruguay del setenta para acá. Por otra parte da la impresión que Mujica, como un uruguayo típico, juega mejor de punto que de banca. Desde allí espera la oportunidad para meter el guante.  El latiguillo que se ha interpretado como sinónimo de desorientación: “Como te digo una cosa te digo la otra” es la quintaesencia del Mujica que no se la cree, del que está convencido que las apariencias consumen ingentes esfuerzos inútiles, y no por su relación con lo estético sino por su relación con la fanfarronería, como una debilidad mal disimulada, y, en especial, con la fanfarronería política. No es una batalla nueva ni una pose para ganar adeptos, es, más bien, una actitud pedagógica que, si bien no le sirvió de mucho en las circunstancias internas, al menos consiguió sembrar la duda ante la manija de un MLN ensoberbecido por los éxitos militares. Lo que Mujica dice con frecuencia, o decía hasta que su frase fue fuente de inspiración de varias murgas y no pocos cómicos, ya lo decía a contracorriente del MLN cuando éste se encontraba en su esplendor militar.

Basta recorrer algunas páginas dedicadas a Mujica, la mayoría de ellas plagadas de adjetivos, para caer en el desaliento de una sociedad que ha perdido la capacidad de separar la pasión partidaria del sentido del ridículo. Sociedades sin vida pública, sin peso pero con página web, hacen esfuerzos por recordarle a la ciudadanía que Mujica cayó preso por primera vez asaltando a un remesero de Sudamtex, un dinero que estaba destinado a salarios. Lo malo no es recordarle a la ciudadanía lo peligroso que puede ser un tipo con ese currículum sino vivir de espaldas a una realidad flagrante, no caer en la cuenta que ese mismo señor, en elecciones públicas y abiertas, sin fraude, fue capaz de llegar a la presidencia de la República, y habla tan bien de su sentido de la oportunidad política, de sus dotes de comunicador, de su astucia como mal de quienes no fueron capaces de convencer a la ciudadanía que tenían una propuesta mejor para el país que la de Mujica. Hugo Batalla siempre repetía una frase útil para evitar esa tendencia: “Hacer un viaje a la nostalgia no está mal salvo que uno se quede a vivir en ella”. El mundo cambió, el Uruguay cambió, y a muchos les convendría pensar con más detenimiento en la máxima de Mujica, vendría bien poner en duda nuestras propias creencias, aunque más no fuera para renovar el compromiso con ellas. La democracia no se perdió porque un grupo de iluminados y otro grupo de aspirantes a dictadores se hubiesen propuesto liquidar el Parlamento y la oposición, dominados por el “marxismo internacional”. La democracia uruguaya se fue apagando porque los partidos que se autodefinían como los hacedoras de la misma no fueron capaces de dudar de sí mismos. No era la democracia lo que estaba en juego, era el uso que los partidos tradicionales uruguayos venían haciendo de la misma. Era el carácter democrático de los partidos tradicionales lo que no estaba funcionando. En una ocasión, Carlos Julio Pereira dijo algo que puede iluminar esta cuestión: “Todos nos equivocamos; con Wilson llegamos tarde, el país iba derecho a un desenlace que no le convenía a nadie”.

El masomenismo de Mujica no es una cuestión baladí, es un bien escaso en un mundo que premia tener las cosas claras, mostrarse seguro y juvenil. Mujica parece el antivalor de ese mundo, y, sin embargo, es objeto de culto por donde pasa, y no, necesariamente por los países que gobierna el círculo de sus amigos políticos. Hay una avidez por conocer más de este singular personaje político que ha venido a romper el molde sin caer en el descrédito una vez que la audiencia soporta la andanada de frases riesgosas con que Mujica se despacha allí donde va. En su reciente gira por España, el diario El País titula: “El mandatario uruguayo es un líder de enorme talla que se ha convertido en un referente de la izquierda latinoamericana”. Mujica se vale del juego del billar para explicar al periodista en qué consiste su forma de ver la política, y lo que el periodista califica de radicalismo de baja intensidad: “En el billar es muy importante los tantos que usted pueda hacer con la bola. Pero tan importante como eso, o más, es cómo queda su bola para la siguiente jugada. Esta es la cuestión. No sólo lo que uno hace, porque no se puede construir algo importante de largo plazo si no se logra un cierto margen indirecto de influencia en la propia oposición. Por lo menos en los niveles más racionales de la oposición, porque en el fondo hay que construir con todo. ¿Es un camino largo? Sí, pero me parece que a la larga es el único posible.”

Mujica tuvo, además, el coraje de reconocer públicamente, y en contraste evidente con el discurso de todos los otros líderes populistas de América Latina, que Uruguay es el producto de muchas administraciones anteriores que hicieron, aquí, el primer país socialdemócrata del mundo. Ese desprendimiento político no tiene un recorrido análogo en los partidos tradicionales, que siguen señalando los errores del gobierno con la esperanza de reconectar con el alma de las mayorías. El fuerte de Mujica no es señalarle tareas al gabinete, ni siquiera, quizás, sea el mejor administrador. El fuerte de Mujica es de otra índole, intangible, es su conexión con la parte del mundo que cada vez se aparta más del boato y las exigencias de una formalidad que huele a naftalina. Si algo se le debería exigir es que cumpla con lo que anunció el día de la jura como presidente: “Educación, educación, educación”. El puerto de aguas profundas puede que llegue tarde en la carrera con Brasil, o la regasificadora quizás sea una inversión tan inútil como la cañería que está enterrada a lo largo de la ruta 1. Donde no puede haber dudas es en que la educación necesita, urgente, un cambio tan radical como ninguna otra cosa en el país. Mujica fue muy enfático en su prioridad, y coraje no le debería faltar para cumplir su promesa.

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