La más reciente secuencia
de acusaciones y polémicas sobre “discriminación” (ha habido otras y el tema
está siempre latente) comenzó con la sanción recibida en Londres por el
futbolista Luis Suárez por decirle “negro” a un jugador de raza negra.
Durante la polémica
sobre ese incidente, varias organizaciones impulsoras de reivindicaciones
raciales y sexuales denunciaron la existencia de fuertes tendencias racistas y discriminatorias
en la sociedad uruguaya.
Después los hechos siguieron en catarata: dos
proyectos de ley que proponían reservar cargos públicos para minorías raciales
y sexuales; la denuncia y la manifestación pública organizada ante lo que se
presentó como una supuesta agresión racial contra la militante y funcionaria
del MIDES Tania Ramírez; la campaña pública para “borrar el racismo del
lenguaje”, que propone eliminar del diccionario de la RAE a la expresión
“trabajar como un negro”; y lo último es la protesta pública hecha por el
artista Martín Inthamoussu contra el personaje “gayman”, de los humoristas
carnavaleros “C4”.
Como telón de fondo constante de estas
denuncias y polémicas ha estado el discurso “de género”, que acompaña a las
políticas sobre violencia doméstica y acompañó a la ley de cuota política y a
la campaña en favor de la ley sobre el aborto. Está también el discurso
“antihomofóbico”, que alienta la campaña en favor del matrimonio homosexual.
Tampoco sería justo olvidar, como
antecedentes, las protestas despertadas hace unos años cuando la murga
“Agarrate Catalina” satirizó a los charrúas, así como cuando otras murgas
tomaron como tema a los viejos o a los enanos.
EL IRRESISTIBLE ASCENSO DE LA “CORRECCIÓN
POLÍTICA”
No voy a hablar hoy sobre el racismo y la
discriminación por motivos sexuales o “de género”. Creo haber dejado claro antes
que me opongo a toda discriminación por esos motivos. Tanto a la “negativa”
como a la “positiva”.
El tema de esta nota es otro. Es el cariz que
está tomando el activismo antidiscriminatorio y el peligro inminente de que, en
aras de “lo políticamente correcto”, vulnere aspectos esenciales de la libertad
individual y, paradojalmente, cree nuevas formas de discriminación.
El terreno donde está planteado el problema ya
no es sólo el de las normas, el de los derechos. Tampoco es estrictamente el de
las prácticas sociales, que pueden expresar discriminación sin que ninguna ley
la disponga. La “corrección política” ha llegado a terrenos más delicados. Ha
llegado al lenguaje. Y, como veremos, aspira a llegar a las ciencias y a las
artes.
EL LENGUAJE COMO ESPONTANEIDAD
La campaña para eliminar del diccionario la
expresión “trabajar como un negro” es una idea bienintencionada, pero, me temo,
equivocada en sus fundamentos.
Es cierto que todo lenguaje expresa ideología.
En la medida en que las palabras llevan implícitas representaciones del mundo,
el lenguaje está cargado ideológicamente y, tal vez, como llegó a decir Roland
Barthes, “es ideología”.
De eso, algunos partidarios de lo
“políticamente correcto” han deducido que, cambiando el lenguaje, cambiará la
ideología de los hablantes.
Sin embargo, entre lenguaje e ideología existe
la misma relación que entre el termómetro y la fiebre. Cuando el paciente tiene
fiebre, el termómetro se calienta e indica alta temperatura. Pero la inversa no
se cumple. Enfriar el termómetro no bajará la fiebre del paciente. Porque la
temperatura del termómetro es un mero reflejo de la del paciente.
Del mismo modo, el lenguaje es un reflejo
espontáneo de las concepciones del mundo existentes entre los hablantes.
Refleja ideas; no las crea. Por eso, la función de las academias y de los
diccionarios no es decir cómo se debe hablar, sino relevar la forma en que se
habla.
Pero el lenguaje no es estático. Evoluciona siguiendo
los cambios conceptuales y de sensibilidad de la sociedad. Nada más
democrático, por otra parte. Porque los cambios sólo se imponen cuando son incorporados
por la mayoría de los hablantes. Así, términos técnicos, palabras extranjeras y
nuevos giros o modismos van ingresando al lenguaje común, en tanto otros van
cayendo en desuso. Los nuevos comienzan a ser usados porque, en el sentir de
los hablantes, expresan mejor la realidad o dan cuenta de nuevas realidades, y
los viejos dejan de ser usados cuando dejan de expresar la realidad tal como la
perciben los hablantes.
De eso se desprende que la prohibición o la
imposición de términos y palabras es un acto de autoridad para el que nadie
está legitimado. Nadie. Tampoco la Real Academia.
Muchas antiguas culturas decretaban “tabú” a
ciertas palabras. Había hechos y nombres propios que no se debían aludir ni
pronunciar, en la creencia mágica de que, si no se los nombraba, esos hechos y
personas de alguna manera dejaban de existir.
En el Uruguay, el último antecedente de
prohibición de palabras corresponde al gobierno de Pacheco Areco, que prohibió
decir o escribir la palabra “tupamaros” y otras que, como “célula”, directa o
indirectamente, aludían o se asociaban en la imaginación popular con el MLN.
Por otro lado, por qué suprimir por discriminatoria
a una sola expresión. “Trabajar como un negro” puede ser tan ofensiva como
“trabajar como un enano”. La expresión “hijo de puta”, usada como insulto, es
profundamente discriminatoria, con el agravante de que agravia al hijo por algo
que atribuye a la madre. Y algo parecido pasa con “trabajo chino”, o “al que
nace barrigón es al ñudo que lo fajen”, o “hacerse el sueco”, o “yo,
argentino”, o “marido de maestra”, o “mexicanear”, o “gringo”, o “el paraguayo”
(usada para aludir a la haraganería de alguien), o el “es un indio” (para
aludir al salvajismo), o “le rompieron el culo” (que da a cierta práctica
sexual seguida por mucha gente un carácter deshonroso).
Esas expresiones refieren creencias o saberes
populares que son sin duda “políticamente incorrectos”. ¿Habrá que eliminarlas
a todas? Porque prohibir o eliminar del diccionario sólo a una podría implicar
ratificar a las otras.
Pero la fuerza espontánea del lenguaje es incontenible.
Prohibido un término, seguirá siendo utilizado en la calle, o, como le pasó a Pacheco,
será sustituido por otro que significará lo mismo, sólo que con una connotación
adicional de burla hacia quienes pretenden ejercer la dictadura del lenguaje.
No sólo la petición de cambios en el
diccionario, dirigida a la Real Academia, es un acto de autoridad. También lo
es la prohibición fáctica de ciertas expresiones por medio del ridículo o la
descalificación pública de quienes las usan.
El lenguaje evoluciona lentamente, por
convicción, y hasta diría que por seducción. Tan inútil es prohibir una palabra
(por ejemplo “negro”) como imponer otra (por ejemplo, “afrodescendiente”). Los
términos no sólo tienen que ser justos. Además tienen que ser adecuados a la
cosa a la que refieren, cómodos de usar y más claros y sugerentes que el término
al que pretenden sustituir. Si no, no prosperan.
Superar al racismo es un fin loable. Pero no
se puede perseguir a través de actos autoritarios sobre el lenguaje. Se pueden denunciar
los contenidos racistas de ciertos términos y dejar que la espontaneidad y el
cambio de mentalidad generen nuevos términos. (Por ejemplo, no creo que
“afrodescendiente” sustituya con ventaja a “negro” o “de raza negra”, que en sí
mismos nada tienen de peyorativo”).
Para terminar, el lenguaje es una reserva
natural de tradición cultural. El pasado está y debe estar contenido en él.
Todas las ideas –aun las más repudiables- tienen que poder ser nombradas y
expresadas en palabras. Tal vez lo importante sea saber qué estamos diciendo
cuando usamos cada palabra. La clara conciencia de ciertos significados podrá
aparejar su desuso. Pero decretarlo no es el camino.
OTROS OSCURANTISMOS
La denuncia de Martín Inthamossu respecto al
personaje “gayman”, creado para el carnaval, nos pone ante otro problema.
La tradición uruguaya es que al humor le está
permitido todo. Así, el carnaval siempre se ha burlado de políticos,
deportistas, artistas, hombres, mujeres, gauchos, militares, homosexuales,
policías, pitucos, jóvenes, viejos y hasta de los propios carnavaleros. Nadie,
que se sepa, ha cometido hasta ahora la tontería de demandar o denunciar penalmente
a un murga. Tal vez por el ridículo al que se expondría en el próximo carnaval.
Pero hay otra forma de mirar el asunto.
¿Las expresiones artísticas (no dudo en
definir al carnaval como expresión artística) deben estar sometidas a criterios
de “corrección política”?
Hay literatura y cine fascista y nazi, al que
no conviene dejar de ver. Hay arte del “realismo socialista”, al que nadie se
le ha ocurrido prohibir pese a su muy discutible valor estético. En definitiva,
las expresiones artísticas deben estar libres de limitaciones ideológicas si
queremos que cumplan la función que nuestra cultura le asigna al arte.
Estoy seguro de que el personaje de “gayman”
no pretende escarnecer a la colectividad homosexual. Sí reírse de ella, como se
ríe el carnaval de todo. Pero supongamos que realmente expresara una convicción
homofóbica. ¿Debería prohibírsela? ¿O debería esclarecerse públicamente ese
contenido y dejar que la sensibilidad social juzgara?
Hay algo aun más grave. En la conferencia internacional
de Durban, sobre racismo, se emitió una muy extensa declaración que, en uno de
sus pasajes, declara que los seres humanos son iguales y que toda teoría
pretendidamente científica que sostenga diferencias entre ellos es equivocada.
Suena muy correcto. Pero no lo es. Porque las
teorías científicas no deben ser previamente “filtradas” ideológicamente por
ninguna norma ni por ninguna declaración.
La ley de gravedad y la teoría de la
relatividad serán válidas hasta que se demuestre que fallan para explicar la
realidad, como pasó con la teoría geocéntrica o la de la generación espontánea.
No debe haber “corrección política” para la
ciencia, como no debe haberla para el arte ni para la filosofía. Porque la
función esencial de las tres es poner en duda y desafiar las creencias y
convicciones de su tiempo, dando lugar a las del futuro, tarea para la que,
además, el lenguaje es un instrumento indispensable.
No entender esas cosas es aplicar el más
terrible oscurantismo. Similar al que aplicaba la Iglesia Católica para impedir
nuevas teorías sobre el Universo, sobre el origen de las especies o sobre la
circulación de la sangre.
Ignorar el pasado es, sin duda, condenarse a
repetirlo.