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NEOSCURANTISMO Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 7 de feb. de 2013 1:14 por Semanario Voces
 
La más reciente secuencia de acusaciones y polémicas sobre “discriminación” (ha habido otras y el tema está siempre latente) comenzó con la sanción recibida en Londres por el futbolista Luis Suárez por decirle “negro” a un jugador de raza negra.

Durante la polémica sobre ese incidente, varias organizaciones impulsoras de reivindicaciones raciales y sexuales denunciaron la existencia de fuertes tendencias racistas y discriminatorias en la sociedad uruguaya.

Después los hechos siguieron en catarata: dos proyectos de ley que proponían reservar cargos públicos para minorías raciales y sexuales; la denuncia y la manifestación pública organizada ante lo que se presentó como una supuesta agresión racial contra la militante y funcionaria del MIDES Tania Ramírez; la campaña pública para “borrar el racismo del lenguaje”, que propone eliminar del diccionario de la RAE a la expresión “trabajar como un negro”; y lo último es la protesta pública hecha por el artista Martín Inthamoussu contra el personaje “gayman”, de los humoristas carnavaleros “C4”.

Como telón de fondo constante de estas denuncias y polémicas ha estado el discurso “de género”, que acompaña a las políticas sobre violencia doméstica y acompañó a la ley de cuota política y a la campaña en favor de la ley sobre el aborto. Está también el discurso “antihomofóbico”, que alienta la campaña en favor del matrimonio homosexual.

Tampoco sería justo olvidar, como antecedentes, las protestas despertadas hace unos años cuando la murga “Agarrate Catalina” satirizó a los charrúas, así como cuando otras murgas tomaron como tema a los viejos o a los enanos.

 

EL IRRESISTIBLE ASCENSO DE LA “CORRECCIÓN POLÍTICA”

No voy a hablar hoy sobre el racismo y la discriminación por motivos sexuales o “de género”. Creo haber dejado claro antes que me opongo a toda discriminación por esos motivos. Tanto a la “negativa” como a la “positiva”.

El tema de esta nota es otro. Es el cariz que está tomando el activismo antidiscriminatorio y el peligro inminente de que, en aras de “lo políticamente correcto”, vulnere aspectos esenciales de la libertad individual y, paradojalmente, cree nuevas formas de discriminación.

El terreno donde está planteado el problema ya no es sólo el de las normas, el de los derechos. Tampoco es estrictamente el de las prácticas sociales, que pueden expresar discriminación sin que ninguna ley la disponga. La “corrección política” ha llegado a terrenos más delicados. Ha llegado al lenguaje. Y, como veremos, aspira a llegar a las ciencias y a las artes.

 

EL LENGUAJE COMO ESPONTANEIDAD

La campaña para eliminar del diccionario la expresión “trabajar como un negro” es una idea bienintencionada, pero, me temo, equivocada en sus fundamentos.

Es cierto que todo lenguaje expresa ideología. En la medida en que las palabras llevan implícitas representaciones del mundo, el lenguaje está cargado ideológicamente y, tal vez, como llegó a decir Roland Barthes, “es ideología”.

De eso, algunos partidarios de lo “políticamente correcto” han deducido que, cambiando el lenguaje, cambiará la ideología de los hablantes.

Sin embargo, entre lenguaje e ideología existe la misma relación que entre el termómetro y la fiebre. Cuando el paciente tiene fiebre, el termómetro se calienta e indica alta temperatura. Pero la inversa no se cumple. Enfriar el termómetro no bajará la fiebre del paciente. Porque la temperatura del termómetro es un mero reflejo de la del paciente.

Del mismo modo, el lenguaje es un reflejo espontáneo de las concepciones del mundo existentes entre los hablantes. Refleja ideas; no las crea. Por eso, la función de las academias y de los diccionarios no es decir cómo se debe hablar, sino relevar la forma en que se habla.

Pero el lenguaje no es estático. Evoluciona siguiendo los cambios conceptuales y de sensibilidad de la sociedad. Nada más democrático, por otra parte. Porque los cambios sólo se imponen cuando son incorporados por la mayoría de los hablantes. Así, términos técnicos, palabras extranjeras y nuevos giros o modismos van ingresando al lenguaje común, en tanto otros van cayendo en desuso. Los nuevos comienzan a ser usados porque, en el sentir de los hablantes, expresan mejor la realidad o dan cuenta de nuevas realidades, y los viejos dejan de ser usados cuando dejan de expresar la realidad tal como la perciben los hablantes.

De eso se desprende que la prohibición o la imposición de términos y palabras es un acto de autoridad para el que nadie está legitimado. Nadie. Tampoco la Real Academia.

Muchas antiguas culturas decretaban “tabú” a ciertas palabras. Había hechos y nombres propios que no se debían aludir ni pronunciar, en la creencia mágica de que, si no se los nombraba, esos hechos y personas de alguna manera dejaban de existir.

En el Uruguay, el último antecedente de prohibición de palabras corresponde al gobierno de Pacheco Areco, que prohibió decir o escribir la palabra “tupamaros” y otras que, como “célula”, directa o indirectamente, aludían o se asociaban en la imaginación popular con el MLN.

Por otro lado, por qué suprimir por discriminatoria a una sola expresión. “Trabajar como un negro” puede ser tan ofensiva como “trabajar como un enano”. La expresión “hijo de puta”, usada como insulto, es profundamente discriminatoria, con el agravante de que agravia al hijo por algo que atribuye a la madre. Y algo parecido pasa con “trabajo chino”, o “al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen”, o “hacerse el sueco”, o “yo, argentino”, o “marido de maestra”, o “mexicanear”, o “gringo”, o “el paraguayo” (usada para aludir a la haraganería de alguien), o el “es un indio” (para aludir al salvajismo), o “le rompieron el culo” (que da a cierta práctica sexual seguida por mucha gente un carácter deshonroso).

Esas expresiones refieren creencias o saberes populares que son sin duda “políticamente incorrectos”. ¿Habrá que eliminarlas a todas? Porque prohibir o eliminar del diccionario sólo a una podría implicar ratificar a las otras.

Pero la fuerza espontánea del lenguaje es incontenible. Prohibido un término, seguirá siendo utilizado en la calle, o, como le pasó a Pacheco, será sustituido por otro que significará lo mismo, sólo que con una connotación adicional de burla hacia quienes pretenden ejercer la dictadura del lenguaje.

No sólo la petición de cambios en el diccionario, dirigida a la Real Academia, es un acto de autoridad. También lo es la prohibición fáctica de ciertas expresiones por medio del ridículo o la descalificación pública de quienes las usan.

El lenguaje evoluciona lentamente, por convicción, y hasta diría que por seducción. Tan inútil es prohibir una palabra (por ejemplo “negro”) como imponer otra (por ejemplo, “afrodescendiente”). Los términos no sólo tienen que ser justos. Además tienen que ser adecuados a la cosa a la que refieren, cómodos de usar y más claros y sugerentes que el término al que pretenden sustituir. Si no, no prosperan.

Superar al racismo es un fin loable. Pero no se puede perseguir a través de actos autoritarios sobre el lenguaje. Se pueden denunciar los contenidos racistas de ciertos términos y dejar que la espontaneidad y el cambio de mentalidad generen nuevos términos. (Por ejemplo, no creo que “afrodescendiente” sustituya con ventaja a “negro” o “de raza negra”, que en sí mismos nada tienen de peyorativo”).

Para terminar, el lenguaje es una reserva natural de tradición cultural. El pasado está y debe estar contenido en él. Todas las ideas –aun las más repudiables- tienen que poder ser nombradas y expresadas en palabras. Tal vez lo importante sea saber qué estamos diciendo cuando usamos cada palabra. La clara conciencia de ciertos significados podrá aparejar su desuso. Pero decretarlo no es el camino.

 

OTROS OSCURANTISMOS

La denuncia de Martín Inthamossu respecto al personaje “gayman”, creado para el carnaval, nos pone ante otro problema.

La tradición uruguaya es que al humor le está permitido todo. Así, el carnaval siempre se ha burlado de políticos, deportistas, artistas, hombres, mujeres, gauchos, militares, homosexuales, policías, pitucos, jóvenes, viejos y hasta de los propios carnavaleros. Nadie, que se sepa, ha cometido hasta ahora la tontería de demandar o denunciar penalmente a un murga. Tal vez por el ridículo al que se expondría en el próximo carnaval. Pero hay otra forma de mirar el asunto.

¿Las expresiones artísticas (no dudo en definir al carnaval como expresión artística) deben estar sometidas a criterios de “corrección política”?

Hay literatura y cine fascista y nazi, al que no conviene dejar de ver. Hay arte del “realismo socialista”, al que nadie se le ha ocurrido prohibir pese a su muy discutible valor estético. En definitiva, las expresiones artísticas deben estar libres de limitaciones ideológicas si queremos que cumplan la función que nuestra cultura le asigna al arte. 

Estoy seguro de que el personaje de “gayman” no pretende escarnecer a la colectividad homosexual. Sí reírse de ella, como se ríe el carnaval de todo. Pero supongamos que realmente expresara una convicción homofóbica. ¿Debería prohibírsela? ¿O debería esclarecerse públicamente ese contenido y dejar que la sensibilidad social juzgara?

Hay algo aun más grave. En la conferencia internacional de Durban, sobre racismo, se emitió una muy extensa declaración que, en uno de sus pasajes, declara que los seres humanos son iguales y que toda teoría pretendidamente científica que sostenga diferencias entre ellos es equivocada.

Suena muy correcto. Pero no lo es. Porque las teorías científicas no deben ser previamente “filtradas” ideológicamente por ninguna norma ni por ninguna declaración.

La ley de gravedad y la teoría de la relatividad serán válidas hasta que se demuestre que fallan para explicar la realidad, como pasó con la teoría geocéntrica o la de la generación espontánea.

No debe haber “corrección política” para la ciencia, como no debe haberla para el arte ni para la filosofía. Porque la función esencial de las tres es poner en duda y desafiar las creencias y convicciones de su tiempo, dando lugar a las del futuro, tarea para la que, además, el lenguaje es un instrumento indispensable.

No entender esas cosas es aplicar el más terrible oscurantismo. Similar al que aplicaba la Iglesia Católica para impedir nuevas teorías sobre el Universo, sobre el origen de las especies o sobre la circulación de la sangre.

Ignorar el pasado es, sin duda, condenarse a repetirlo.                

  

 

 

 

 

 

 

       

 

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