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OLOF PALME por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 21 mar. 2016 9:07 por Semanario Voces


A Mauricio Vigil lo conocí en la cárcel de Punta de Rieles, allí nos iban sacando de algunos lugares de reclusión para decidir qué hacían con nosotros. Los hechos de abril de 1972 conmocionaron tanto al MLN como a las Fuerzas Armadas, a la oposición frentista y al gobierno de Pacheco Areco. Entrábamos en un viaje sin retorno. Fuimos partiendo hacia distintos destinos, muchos de aquellos jóvenes no pudieron llegar al que soñaban, el resto tampoco.

Mauricio había estado vinculado a una fracción del MLN, que bautizamos "la Micro". Las mellizas Topolansky también se dividieron a raíz de este tema: Lucía siguió firme como parte del oficialismo tupa, María Elia fue vilipendiada, lógicamente, como todos los que desafiaron la voz del Ejecutivo. En Punta de Rieles nos volvimos a mezclar, oficialistas (como el que escribe esto, y micros). Cada uno siguió el destino que pudo, o que le permitieron. Con Mauricio no nos volvimos a ver hasta que un amigo en común, Walter Berrutti, me habló de su próxima venida a Montevideo para dar un concierto en la sala Zitarroza. Recuerdo el día de su llegada a Montevideo, en el ensayo nos reencontramos y conocí a los músicos que lo acompañaban, entre ellos Julián, su hijo mayor, un excelente guitarrista, que había estudiado en la Real Academia Sueca de Música. Los demás, típicos suecos, gente agradable, tranquila, muy profesionales.

En su primera venida, 2002, hablamos poco del pasado, lo imprescindible. Editamos el video para el que fui contratado, y poca cosa más. Para la segunda actuación de "Migrantes" (así se llamaba su grupo), decidimos grabar la previa en Estocolmo, desde el primer ensayo hasta la primera función en Montevideo. Los días eran cortísimos, las noches comenzaban a las tres de la tarde. Pero fue en ese largo preámbulo a la presentación de Migrantes en Montevideo cuando pudimos hablar largo y tendido con Mauricio, tanto sobre el pasado que habíamos vivido en sitios diferentes, después del encuentro en Punta de Rieles, como sobre el futuro.

Mauricio venía de una posición política absoluta. Junto a su inseparable hermano Gonzalo habían compuesto la banda musical del espectáculo "Chau Che", en 1968, con aquella canción que se volvió icónica: "Hemos dicho Basta". Cuando compartimos esos días en Estocolmo, Mauricio me contó detalladamente la historia final de Olof Palme, del que se había vuelto un gran compañero, un abnegado investigador en busca de los responsables de su asesinato. En su caja fuerte guardaba secretos de esa investigación, que conducían a una fracción de la Marina sueca, que estaba convencida que Palme era el hombre de la Unión Soviética en el sistema político sueco.

Mauricio Vigil había trabajado durante muchos años en la Ericsson, como ingeniero, y por sus conocimientos fue elegido en el Partido Socialdemócrata Sueco para integrar un selecto grupo de analistas que debían descifrar los mensajes captados por los servicios de seguridad, algunos provenientes de un submarino que había sido detectado en aguas territoriales suecas, otros productos de un largo rastreo en busca de un agente soviético en altas esferas del gobierno. Si bien el grupo que integraba Mauricio no pudo comprobar la identidad del agente, sí pudieron descifrar buena parte de los documentos hechos llegar desde la URSS y las respuestas del agente plantado en Suecia.

Este tema era apasionante, tanto para Mauricio como para mí. A Olof Palme lo había seguido desde la distancia, los acontecimientos mundiales de los setenta y ochenta lo tenía a él como un infatigable batallador por las causas más justas de los países subdesarrollados. Fue quien más se plantó por igual frente a la política exterior de Estados Unidos como de la Unión Soviética. Palme dio instrucciones precisas a su embajador en Santiago de Chile, Harald Edelstam, para que protegiese bajo bandera sueca a todos los perseguidos por la dictadura, que mostró su ferocidad desde el primer momento, y a todos los refugiados latinoamericanos que necesitasen protección. La embajada sueca no sólo fue un bastión contra la dictadura de Pinochet desde el mismo 11 de setiembre, sino hasta que su embajador, Harald Edelstam fue declarada Persona non grata, en diciembre de 1973, después de haber salvado innumerables vidas.

Quizás como en pocos momentos de la política internacional, un país, y su embajador, pudieron reflejar de forma tan nítida la decisión de un gobierno que no contaba más que con su compromiso democrático. Así también era Palme. Un infatigable fiscal contra el apartheid, contra las invasiones de Hungría y Checoslovaquia por parte de la Unión Soviética, contra los bombardeos de Vietnam del Norte por aviones de Estados Unidos, y la siembra de minas en el golfo de Tonkin. La política internacional de Palme fue insistente en dos aspectos, que para él eran cruciales: trabajar permanentemente para que las condiciones de intercambio comercial entre países ricos y países pobres fuesen más justas, y, en la misma medida, que los conflictos tuviesen siempre la oportunidad de solucionarse por la vía pacífica.

Palme no fue un ministro que se retrajese en su despacho, se lo veía donde la gente hacía oír su voz, o por donde caminaba la gente común. Emilio Menéndez del Valle, político español que conoció mucho a Olof Palme, lo recuerda, a los 30 años de su asesinato, y destaca una de sus grandes obsesiones, combatir el desempleo, como una de las grandes lacras sociales: "Si queremos evitar derrochar nuestros recursos económicos, aliviar las tensiones sociales y el sufrimiento personal que engendra, si deseamos reforzar la democracia, la lucha contra el paro es un valor crucial. No existe mayor división que entre quienes tienen trabajo y los que carecen de él".

Menéndez del Valle es de esa generación de españoles postfranquistas, que han dado a su país un carácter muy distinto al que le imprimió el franquismo, que puso a España ante la disyuntiva de luchar contra los atavismos históricos de esa España de mantón y pandereta desde la rabia o desde la imagen de una Europa de derechos y obligaciones. Una serie de dirigentes socialdemócratas europeos contribuyeron a que el PSOE viese en Europa una oportunidad histórica, y Olof Palme fue uno de ellos, ahí estaba Suecia como la prueba más evidente del beneficio para la sociedad del pacto entre capital y trabajo que había permitido desarrollo y redistribución. Para el PSOE esa era la utopía al salir de la dictadura franquista.

Menéndez del Valle recuerda el pensamiento de Palme al respecto de la utopía. La imagen de socialdemocracia, desde la izquierda ortodoxa, es la de una opción acomodaticia, sin sueños. Palme contradijo con su vida esa versión. Tuvo sueños que se vieron y que se ven realizados en la sociedad sueca, quizás no los sueños ruidosos de paladar latino, pero sueños realizables sí: “No podemos vivir sin utopías. La utopía se origina a raíz de la insatisfacción con lo establecido. Ahora bien, debemos basarnos en la realidad. El cambio ha de estar precedido de un estudio serio de la misma. Un diálogo continuo entre realidad y los sueños, una dialéctica permanente entre idea y hecho práctico da sentido y valor a la política. Pero si dejamos de ser soñadores, nuestra ética e ideología desaparecerán”.

Esta fue la utopía que mi amigo Mauricio Vigil encontró en Palme, y la hizo suya cuando ya creía haber perdido su oportunidad en la vida.


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