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Palabras de Gerardo Caetano en el lanzamiento del libro: La Alegria de aprender de Daniel Corbo

publicado a la‎(s)‎ 6 jul. 2012 11:53 por Semanario Voces
 

 

En primer lugar, quiero agradecerle a Daniel la oportunidad de estar aquí. Creo que la primera razón de estar aquí tiene que ver con una convicción muy afirmada, en la que cada vez creo más y es toda una señal que en esta mesa también esté alguien que como Alejandro, creo que, en todos nosotros, vengamos de dónde vengamos, expresa también el fondo de esa señal.

En una sociedad democrática discutimos de muchas cosas y está muy bien que discutamos. Está muy bien que tengamos conflictos, no hay que tenerle miedo a los conflictos, es algo de lo que habla el libro. El conflicto es algo muy importante en la educación, pero hay cosas en las que nos tenemos que poner de acuerdo, en particular por ese signo que este país ha tenido que es para proteger en serio (no en una clave discursiva) a los más vulnerables.

Entre esos temas, que no son muchos, está la educación y Daniel expresa esa iniciativa de crear respecto al tema más importante que tiene el país y lamentablemente uno de los temas que nos tiene más bloqueados y que es la necesidad de que haya un acuerdo. Primero multipartidario porque los partidos son los que representan al soberano y desde el acuerdo multipartidario, un acuerdo nacional que involucre no a las corporaciones sino a los trabajadores que pueden convertirse en un instrumento corporativo pero no son necesariamente un instrumento corporativo, particularmente cuando son al mismo tiempo docentes.

Creo en la necesidad imperiosa, que más temprano que tarde se concretará, de un acuerdo nacional en materia educativa que se proyecte con un conjunto de metas compartidas a diez años, con metas muy verificables, con mucha rendición de cuentas, con mucha calificación de hacia dónde ir, con una claridad de rumbo, con metas que estén más allá de las administraciones partidarias, precisamente para advertir que la sociedad en su conjunto está de acuerdo en esa dirección.

Daniel Corbo expresa ese impulso y yo lo acompaño, como creo que lo acompañamos muchos. Me consta que Daniel Corbo en esta búsqueda de un acuerdo nacional en educación ha tenido que sacrificar muchas cosas y que podría estar mucho más tranquilo en otras áreas. Podría estar “mejor” y sin embargo, ha optado por un compromiso ciudadano en defender, desde un lugar muy particular, la idea de un acuerdo nacional en educación.

Por eso, a personas como Daniel Corbo -no es solo él, pero se necesitan muchos más de los que hay- no hay que dejarlos solos. Hay que apoyarlos y salir a defenderlos en particular, frente a la ignominia de la calumnia, frente a la mentira deliberada, frente al dogmatismo, frente a la incomprensión.


Estoy absolutamente convencido que el país tiene condiciones hoy de establecer un acuerdo nacional en materia educativa a diez años. Que tiene posibilidades de ponerse de acuerdo, la mayoría dentro de los principales partidos, sobre aspectos sustantivos y que tiene cuadros muy profesionales para llevar adelante esto y que no son irreversibles las tendencias muy negativas que el libro muestra con mucha claridad.

Porque creo en eso, tomo el trabajo de Daniel como un gran aporte en esa línea. El libro de Daniel, en primer lugar, está dedicado a la crisis del modelo educativo tradicional con un muy refinado análisis de sus razones, pero luego establece una propuesta. Una propuesta al sistema educativo en su conjunto, desde la autonomía pedagógica de la gestión de los centros educativos, pero que luego necesariamente -como han sido las grandes propuestas de reforma en la historia de este país- llega a nivel institucional. No hay reforma efectiva que no construya instituciones. Las reformas no son solamente políticas, son políticas que construyen instituciones que por otra parte, nunca terminarán de construirse porque vendrá otro que las incorporará y que luego las profundizará, pero tenemos que pensar en clave institucional. Nada empieza ni nada termina con nosotros, particularmente en materia educativa.


Es imperioso empezar por advertir la tragedia que tenemos en el sistema educativo. Durante mucho tiempo eludimos el concepto de emergencia social y era un error eludirlo cuando nuestra sociedad estaba en una situación de emergencia social. Tendríamos que hablar de emergencia educativa porque las emergencias requieren un impulso especial. Estamos, como lo evidencia el libro, en una situación de emergencia educativa. Se ha roto el pacto histórico entre la escuela y la sociedad, entre el centro educativo y el ciudadano, entre los docentes y los alumnos y el objetivo de este libro me parece muy sensato.               Como dice Daniel: “Alentar un debate público sereno, inteligente y profundo”. Diciendo las cosas como son.

En esto hay que ser muy claros, Uruguay tiene en los últimos quince años los peores comportamientos y desempeños en materia educativa de América latina. Tiene de las peores tasas de deserción, los peores desempeños en términos de las pruebas estándar que permiten comparación y porque está cayendo de más arriba.  Además, es el único país de América Latina que en los últimos quince años ha bajado la tasa educativa, es decir, los años de escolaridad por alumno. Esto es una tragedia porque hoy vivimos la sociedad de la información.
Es un escándalo, el hecho de que solamente uno de cada tres estudiantes termine la enseñanza Secundaria Superior. Entre otras cosas, porque a diferencia de lo que pasaba hace cincuenta años, cuando quien era bachiller ponía la chapa de bronce en su casa, hoy ser bachiller, culminar la Secundaria Superior, no es sino estar en el arranque, porque tenemos que crear un sistema educativo para educar y ser educados toda la vida.                    

En su análisis, afirma interpretaciones muy fuertes y con ese mismo sentido nacional de tarea colectiva que no admite políticas mezquinas, Daniel invoca a referentes históricos de nuestro sistema educativo que, como los grandes de cualquier quehacer, ya no le pertenecen a un partido o a un sector, sino que le pertenecen a eso que Wilson Ferreira dijo: “una comunidad espiritual”.                      Una estupenda manera de concebir una nación: “una comunidad espiritual”, por eso es muy bueno que Daniel Corbo cite a Julio Castro y lo cite muy bien, y lo cite en ese libro olvidado de coordinación entre Primaria y Secundaria en donde en el año 49 Julio Castro habla de: “dramas que hoy tenemos”... más de 60 años después.     

La tesis fundamental que Daniel Corbo incorpora, desde el análisis de la crisis, es que acá hay un tema de estructura. La matriz tradicional de organización y gestión del sistema, de formato casi centenario, muestra grados indicativos de agotamiento y obsolescencia. Hay un modelo que fue exitoso, y que nos debe servir de inspiración, pero ya no para restaurarlo sino para transformarlo para responder a los requerimientos de este tiempo. Creo que debe de ser el único país en donde a un nieto le reprochan que no piense como su abuelo. Si un nieto pensara como su abuelo, estaría equivocado. Su abuelo no conoció la Internet y tantas otras cosas. Sin embargo, puede recogerse el legado maravilloso que tiene esta sociedad que, por otra parte, no proviene de un único partido, proviene de una fragua colectiva y conflictiva en donde todos tuvieron sus aportes, pero no para estar aferrados a él sino para transformarlo.                                                                    

Hay que decirlo de manera firme: el principal problema es que hay un modelo educativo centralista que se agotó, que fue muy exitoso pero se agotó. Busquemos inspiración, porque dice bien Daniel Corbo: “Las tareas del presente nos llevan a mirar de manera diferente al pasado”.  Efectivamente, mirar distinto al pasado es buscar inspiración para cambiar.

El problema es que enfrentamos este cambio de época con herramientas anticuadas y envejecidas, y así nos convertimos al peor de los conservadurismos, el conservadurismo de lo logrado. No hay transformador más grande que aquel que ha cambiado mucho pero que un día perdió la brújula del cambio, que es cambiar el cambio, que es vivir el cambio y a través del cambio.

Daniel analiza las debilidades del modelo tradicional del liceo. Cuando se construyeron los liceos -muchos de ellos hace cien años-, había una filosofía incluso una filosofía arquitectónica extraordinariamente bien inspirada. Los inspectores batllistas muchas veces hablaban de crear la arquitectura de un liceo en donde el niño que traspasara la puerta sintiera realmente la igualdad y era una gran inspiración. Hoy tenemos que buscar lo mismo, pero ya no lo podemos lograr de la misma forma. Hay que construir una arquitectura distinta. Los liceos tienen que ser distintos. Hoy, entre otras cosas para igualar para arriba (que es para donde hay que igualar), hay que innovar. Por eso, el análisis de la crisis nos indica tendencias extraordinariamente regresivas, pero al mismo tiempo, nos marca los desajustes entre lo que se quiere enseñar, las estrategias de enseñanza que se aplican y las formas de aprender. La crisis es tan dura que nos está obligando a nueva arquitectura que suponga una necesaria refundación de las políticas universalistas.

Hay que ser muy claros: se ha atacado al plan ProMejora, señalando que es una ruptura respecto a las políticas universalistas: falso, mentira.

Se ha atacado al plan ProMejora señalando que es la adhesión al modelo chileno, fracasado, inequitativo, anti igualitario: falso.

Se ha atacado al plan ProMejora, como a otras reformas, señalando que son reformas definidas por los organismos financieros internacionales con una inspiración ultraliberal que busca romper el vínculo histórico entre enseñanza e igualdad que es básica en el Uruguay: falso.

Dice Corbo: “A este modelo tradicional se le han opuesto visiones que financian la demanda, priorizan el derecho de la familia a que sus hijos aprendan con sus pares sociales o culturales y remite a la educación a la lógica competitiva del mercado. Nos parece que ese formato tiene un déficit de igualdad, es un sistema selectivo que opera segmentando a los alumnos entre la educación privada paga o subvencionada y la escuela municipal, entre las escuelas públicas de alta exigencia y las otras comunes, como sucede en los modelos educativos suizo y chileno. Esta opción postula a ser una apuesta a la excelencia, pero deja por el camino a un porcentaje significativo de alumnos al prescindir de la equidad como principio regulador de la distribución de aprendizajes de calidad y estas dos cosas están intrínsecamente ligadas”.

Estoy aquí, entre otras cosas, porque estoy completamente de acuerdo a contramano de la calumnia que le ha transferido al plan ProMejora un sentido absolutamente antagónico a esto. Negro sobre blanco.                                   

Esto es lo que podríamos llamar: el republicanismo educativo del siglo XXI, con la rediscusión de las autonomías, con nuevas formas de equilibrio entre lo que es común y tiene que seguir siendo común y lo que es diverso y tiene que seguir siendo diverso. Eso que es una identidad que es parecerse y diferenciarse, terminar con esa lógica en donde el mejor alumno es el que más se parece al docente. Terminar con esa lógica y buscar la igualdad desde el reconocimiento en la diversidad, atendiendo los procedimientos, rediscutiendo este tema de las autonomías, que es un tema de profundidad institucional que hay que tomarse en serio y no banalizar.

Las autonomías no son un “vale tutti” para los corporativismos más maniqueos y sesgados, no pueden serlo. Así como nunca permitiremos que los militares se autogobiernen, como nunca permitiremos que ninguna corporación sustituya a los ciudadanos en la definición de cualquier política, no permitiremos que los educadores solos manden a la educación, porque esa es la clave republicana número uno.                                                    

Esto no tiene nada contra los sindicatos docentes, todo lo contrario, defiendo a muerte a los sindicatos docentes. Creo que en una democracia los sindicatos deben ser muy fuertes y también creo en la necesidad de involucramiento republicano -que también se defiende en este libro-, de que los docentes como actores deben intervenir, deben participar, pero no sustituir a los que deben definir el rumbo en una democracia, que son los electos por el soberano. Aquí se define un modelo comunitario y se reivindica la dimensión de la palabra comunidad. Esa hermosa palabra que tanto nos cuesta a los uruguayos, que siempre hemos defendido -para bien muchas veces y para mal, muchas otras- la idea de que la única dimensión pública que nos acomuna es el Estado: no.

Tenemos que aprender a conjugar en nosotros, desde otro lugar que no es el Estado, desde la comunidad del aprendizaje, desde la comunidad territorial, desde lugares que no están en el centro de nada. La descentralización es eso, pensar en la dimensión pública no estatal, con otro protagonismo, con la participación efectiva que permite la escala de dimensión humana. La dimensión comunitaria que es profundamente progresista.

También estoy aquí porque también defiendo, como Daniel Corbo, posturas progresistas en materia educativa. El progresismo no es monopolio de ningún partido. El modelo de Daniel Corbo, me animo a decir, no es el modelo de todo el Partido Nacional y está bien que así sea.

Me animo a decir que en el Partido Colorado hay quienes lo apoyan, pero hay quienes están en contra y me animo a decir que en el Frente Amplio hay muchos que lo apoyan y hay muchos que están en contra, y en los tres partidos hay muchos que están en contra porque tienen otro modelo y hay otros que están en contra, porque no tienen modelo. Por eso, quien lea este libro advertirá que las críticas dogmáticas que se le han hecho son calumniosas, infundadas; y la parte final, es una parte admirable en el libro porque efectivamente solo desde esa dimensión vocacional que radica en el docente -sin la cual, no se entiende el docente-, cuando pienso en los docentes que admiré no puedo sino recordar mirándote Matilde, a un ser maravilloso lleno de vida que lamentablemente se nos fue, era Marcos, que sería tan importante en este 2012 y que está allí marcando el aula (un lugar sagrado), del centro educativo de Maldonado, era un vocacional de la docencia. Daniel Corbo también es un vocacional de la docencia y por eso este libro lo tuvo que hacer robándole horas a su familia, a la noche, al sueño.

Este libro termina, con mucha capacidad, hablando de los nuevos liceos, de la nueva estructura académica que revitalice la idea de que los docentes también son intelectuales. Un docente, además de ser un trabajador, es un intelectual con todo lo que importa esta palabra que muchas veces no entendemos.

Con los nuevos enfoques de orientación pedagógica, que involucran entender al nuevo alumno pero no ceder a la juvenilia. Todo alumno sabe que el profesor complaciente es aquel que no ubica al alumno en el centro del acto educativo. Todo joven sabe que cuando un adulto le dice a todo que sí, no lo está atendiendo. Hay que revisar la carrera docente, a los nuevos profesores hay que hacerlos efectivamente profesionales, sin perder de vista que el centro del sistema educativo siempre tiene que ser el alumno, no puede ser otro que el alumno.

El aprendizaje entre la convivencia y la calidad, la legitimación del conflicto creador, esto es otra cosa muy oportuna del libro. Siempre se ha creído que un acuerdo educativo es una suerte de consensualismo absoluto: no, por el contrario, es abrir los conflictos y tramitarlos bien, sin ocultarlos e incluso romper con la lógica que niega todos los conflictos, que es la lógica del modelo único, del libro único, del curriculum único.

Recuperar la pequeña escala, la dimensión humana que tanto tiene que ver con eso que es la clave de la educación que son los tiempos y los ritmos. La última parte del libro habla de tiempos y ritmos, y quien ha estado en un aula sabe que estas dos dimensiones: tiempos y ritmos son la clave del hecho educativo, no del de hoy. Este que es un libro con una carga teórica muy importante, con mucho mundo, y estuvo muy bien que Alejandro con su vocación de siempre tomara al libro como una provocación para mirar en el mundo.

Una vez, escuché a alguien que decía: “Cuando los uruguayos hacen cosas muy distintas a las que muy mayoritariamente se hacen en el mundo, los uruguayos se equivocan”. Lamentablemente, los uruguayos hemos perdido mundo, sobre todo en la educación. La educación en Uruguay ha tenido mucho mundo.

Acá hay una mirada fantástica sobre la Reforma Vareliana, que recoge un fragmento muchas veces olvidado que es que la Reforma Vareliana empezó desde la vocación de una educación comunitaria, que luego tuvieron que negociar hacia una lógica de reforma de educación del Estado. Ya había una dimensión comunitaria que luego se invisibilizó.

Termino reiterando que hay condiciones para un gran acuerdo nacional en materia educativa que no sea de ningún partido en exclusiva. La verdad no es monopolio de nadie. Creo que hay pruebas evidentes de que el tema de la educación no lo ha podido resolver ningún partido en solitario. Terminemos entonces, pongamos al alumno en el centro y planteemos un gran acuerdo nacional que empiece con los partidos pero que también involucre a los actores, a los docentes, a los alumnos. Que se proyecte a diez años para superar las rencillas político-partidarias, que esté más allá de los próximos actos electorales, que tenga Rendición de Cuentas dura, que no eluda los conflictos. Hay proyectos compartidos e intención creativa, hay una voluntad manifiesta de algunos actores políticos, hay exigencia ciudadana, hay cuadros capacitados y también hay bloqueos.

Me pregunto, al igual que Alejandro: ¿si tantas de estas propuestas suenan razonables, por qué no se aplican?            ¿Si tantas de estas propuestas ya están incorporadas en documentos oficiales de las autoridades educativas, por qué no se las impulsa? ¿Por qué se ha bloqueado la convergencia de los partidos? ¿Por qué se estigmatiza, desde la mentira, desde la calumnia, propuestas de otro sentido progresista y republicano?

Viniendo para aquí, vi en una pared, un graffiti curioso que decía: “No al ProMejora”, y abajo decía: “lo contrario del amor, no es el odio ni el dolor, es el miedo”. Me impactó, y me pregunté: ¿esto forma parte del mismo graffiti? Me detuve, fui y era el mismo graffiti. Debo decir que tengo una primera sospecha, estaba en una pared de Martínez Trueba y Soriano, a cincuenta metros de la casa del Partido Colorado. Mi sospecha es que lo escribió un colorado.           Si me tomo en serio eso y lo aplico en el acto educativo, en el que por supuesto hay amor. Y vaya que hay amor en los docentes, porque si no tuvieran esa dimensión seguramente hubieran optado por otra vocación.                  

Lo contrario del amor es el miedo. No tengamos miedo a cambiar, no tengamos miedo a respaldar a los que están impulsando la transformación, no tengamos miedo a replicar a las calumnias que parecen aturdirlo todo en un momento y que luego, con el paso del tiempo, se disuelven sin dejar nada. No tengamos miedo, tal vez si hoy hiciera un análisis político diría que están dadas todas las condiciones, pero faltan condiciones. Habrá que esperar un poco más, pero más temprano que tarde al proyecto progresista y republicano que aquí está lo apoyará la gran mayoría de los uruguayos.

 

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