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Palestina CUANDO LAS VÍCTIMAS SON VERDUGOS Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 30 nov. 2012 3:08 por Semanario Voces
 

 

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a ilustración que acompaña a este artículo es más que elocuente.  Edgardo Rubianes la subió a su muro de facebook y yo –como otros- la reproduje en el mío y ahora la comparto con los lectores de Voces.

En esencia, los mapitas indican, mediante coloreados diferentes,  los cambios que ha tenido la posesión de los territorios de Palestina desde 1947-48 hasta el presente.  

No son necesarias muchas palabras. Desde que en 1947, contra la voluntad de los países árabes, la ONU decidió la instalación del Estado de Israel en territorio palestino, Israel no ha cesado de avanzar  y de anexarse nuevos territorios.

Lo que en un tiempo fue pensado como un territorio compartido por dos Estados, uno árabe y otro judío, se ha ido convirtiendo en territorio israelí, salpicado por algunos islotes de algo que ni siquiera se puede llamar un Estado palestino.

Cada guerra, cada escaramuza, cada real o supuesta escalada terrorista, sin importar quién la iniciara, ha terminado con un nuevo avance israelí sobre territorio palestino. Avance que luego no se revierte, consolidando nuevas y más amplias fronteras para el Estado de Israel . Y eso dura desde hace ya sesenta y cinco años.

Es un hecho objetivo: cada vez que hay guerra o violencia, el Estado de Israel se agranda y el territorio de los palestinos se achica y fragmenta.

Uno habla de territorios, de guerras, de Estados, y todo parece frío, burocrático, a lo sumo un asunto geopolítico. Pero la guerra nunca es fría, y en este caso menos.  En el caso de Palestina, significa el ataque y la intervención de uno de los ejércitos mejor armados del mundo contra una población que carece de recursos reales para resistirlo. Además, como la “guerra” se produce en territorios habitados por la población civil, apareja la muerte de niños, mujeres, ancianos.  Para colmo, sobre todo en Gaza, el bloqueo impuesto por Israel ocasiona además hambre, enfermedad, miedo, miseria y humillación, de las que son víctimas principales los niños.   

Mientras tanto, los EEUU respaldan incondicionalmente al gobierno israelí, la ONU emite declaraciones banales y se cuida mucho de adoptar alguna intervención efectiva, y el resto del mundo (salvo Bolivia) se hace el distraído, en parte para no desafiar al poder político y económico del bloque EEUU- Israel, y en parte para no arriesgarse a ser acusado de antisemitismo, que es casi lo mismo que ser acusado de nazi.

UN RECURSO MUY VIEJO

El mecanismo es viejo como la humanidad. Yo, desde mi primera juventud, se lo vi usar a miembros de dos colectividades ideológicas: los sionistas y los comunistas.

Se trata de la condición de víctima usada como arma, como forma de descalificar a priori a cualquier crítica o discrepancia.

No hay duda de que muchos judíos fueron víctimas del antisemitismo. Así como no hay duda de que muchos comunistas fueron víctimas del anticomunismo. Al parecer, en alguna gente, eso genera una tentación casi irresistible de descalificar cualquier  discrepancia con el sionismo o con el partido comunista,  acusando al discrepante de ser “antisemita” o “anticomunista”.

 

Se ve que el recurso es rendidor, porque su uso se ha expandido y, hoy, casi no hay organización reivindicadora de discriminaciones, ya sea de raza, de género, o de cualquier otra particularidad, que no practique ese tipo de  terrorismo ideológico, por  el que la víctima se autoproclama impune y se constituye en juez implacable de todos los discrepantes.

NO HAGAS A OTROS…

El discurso de los actuales gobernantes israelíes sigue haciendo permanente referencia al antisemitismo, a los campos de concentración, a “la noche de los cristales rotos”, a la barbarie del régimen nazi.

Paradójicamente, esa invocación de la condición de víctima, ese situarse a uno mismo como víctima eterna y paradigmática, se produce al mismo tiempo que el Estado de Israel actúa como victimario y somete a cientos de miles de palestinos a condiciones de inhumanidad similares a las que sufrieron los judíos y otros, como los gitanos, bajo el régimen nazi, o los armenios a manos de los turcos, o los militantes de izquierda latinoamericanos a manos de los gobiernos militares, o tantos disidentes a manos del “partido del proletariado” en el “socialismo real”. 

El asunto es que, con mirada histórica, uno descubre que la condición de víctima no es patrimonio exclusivo de nadie. Y descubre algo todavía más inquietante: que las víctimas pueden volverse verdugos, tanto más terribles cuanto más se autojustifican en  su condición de víctimas.           

Me pregunto cuánta humillación, cuánto odio y deseo de venganza estarán gestándose en los niños palestinos que han nacido bajo la bota de los soldados israelíes, o en los niños iraquíes, afganos, y árabes en general, sometidos a la invasión estadounidense. Me pregunto  a quién le cobrarán algún día todo ese sufrimiento. ¿Tendrán conciencia los gobernantes del mundo, que practican o toleran estas atrocidades, de que están dejándonos a todos un legado de odio que no sabemos cuándo ni contra quién estallará?

TRISTE CONFIRMACIÓN

La otra lamentable conclusión que deja este asunto es que el pretendido “gobierno del mundo”, la ONU,   no es más que una máscara que oculta las relaciones de poder real establecidas en el mundo.

Ya desde la fundación del Estado de Israe,l la correlación  de fuerzas fue evidente. ¿Habrían tolerado los EEUU, por ejemplo, que en su territorio la ONU  constituyera un Estado de los aborígenes americanos, o de los millones de “afroamericanos” que fueron resultado de la esclavitud?

Sin embargo, eso se estableció en Palestina.

De hecho, Israel, respaldado por los EEUU, ha ido mucho más allá, ha ignorado las resoluciones de la ONU y todos los principios del derecho internacional. Mientras que  la ONU chifla y mira hacia arriba.

El mensaje es claro: los tratados internacionales, las declaraciones de derechos humanos, las resoluciones de la ONU; las cortes internacionales, no son para los poderosos del mundo. Sólo obligan al “chiquitaje”, a los paisitos que, por débiles o por tontos, se someten al poder de organismos internacionales sobre los que no tienen ningún control real, entre otras cosas porque esos organismos fueron diseñados como instrumento de los dueños del mundo. Lo triste es que algunos se sienten orgullosos de esa sumisión, y honrados cuando cumplen las “recomendaciones” de la ONU. Triste papel para quienes alguna vez pretendieron cuestionar  el orden internacional y cambiar al mundo.

¿HAY UNA OPINIÓN PÚBLICA MUNDIAL?

La única esperanza en este asunto está cifrada en algo que es, a la vez, una interrogante.

¿Es posible generar un estado de la opinión pública mundial que revierta lo que parece casi el exterminio de una nación? ¿Es posible evitar que los palestinos pierdan su territorio y se conviertan en una suerte de parias apátridas? ¿Es posible frenar las muertes y el sufrimiento? ¿Es posible contener los fundamentalismos de uno y otro lado para lograr un estatuto que permita la paz?

La cosa no es fácil, porque, más allá de los fundamentalismos árabes o musulmanes, el Estado de Israel parece tener definida una estrategia que niega el establecimiento de un Estado palestino e implica, por lo menos, el control israelí de todo el territorio de Palestina. Aunque no lo diga en palabras, los hechos lo dicen.

Felizmente, algunos judíos en Israel, y muchos en el resto del mundo, no comparten esta visión y son capaces de criticarla.

A quienes nos oponemos a la barbarie militar, nos cabe reclamar que los Estados dejen de lavarse las manos, que las tantas organizaciones humanitarias que dicen defender los derechos humanos asuman su papel, y que la prensa internacional, que en su momento legitimó con mentiras las invasiones a Iraq y a Libia, deje de limitarse a repetir versiones superficiales y meramente militares de lo que pasa en Palestina.

Por otra parte, existen hoy medios de comunicación informal que, junto con la prensa alternativa, impiden el monopolio de la información y son un instrumento poderosísimo para la conformación de la opinión pública mundial.

¿Podrán  esos instrumentos provocar un cambio en la realidad?

Es posible, aunque no probable.

Si suc
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