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PAN, ROSAS Y OLVIDO Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 2 may. 2013 6:58 por Semanario Voces
 

 

 

Los artículos sobre el 1º de Mayo son en general un embole. Sí, confesémoslo. Es aburrido leerlos y también escribirlos. La recordación de los mártires de Chicago, los elogios a la clase obrera, los discursos rituales, los llamados a la solidaridad, a la unidad y a la lucha, y hasta la habitual invocación final de una sociedad más feliz y más justa, con pan y rosas para todos, suenan a cliché, a discurso escolar de fin de año.

A pesar de todo, me propuse escribir sobre el 1º de Mayo. ¿Masoquismo? ¿Sadismo? No lo sé. Cuando comuniqué el tema a la Redacción, la reacción fue obvia: “¡Aaah!, dijeron, “¡Qué original! ¿Cómo se te ocurrió? Te rompiste el bocho, ¿no?”

A pesar de todo, quiero escribir sobre el 1º de Mayo. ¿Por qué? Bueno, justamente porque es un cliché y eso es triste. Tan triste como caminar por calles de cuyos nombres ya no sabemos el significado, aunque evocan a personas maravillosas o a batallas en las que personas comunes, como vos, lector, o como yo, soportaron miedo y dolor, o murieron, creyendo defender una idea inmortal. Triste como leer esas poesías un poco cursis, destinadas al olvido, que sin embargo fueron escritas bajo el influjo de una emoción o de un amor sentidos como eternos. En fin, el paso del tiempo y la desmemoria son tristes. Necesarios, sanos, pero por momentos tristes.

Estoy escribiendo un martes. O sea que todavía no fue el acto del PIT CNT. De todos modos, calculo que este miércoles habrá pasado lo de todos los años. Bastante gente (los sindicatos han crecido durante los gobiernos frenteamplistas, consejos de salarios y fuero sindical mediante), uno o varios discursos hechos más para ser leídos al día siguiente que oídos en el acto. La gente caminando por ahí, bastante desperdigada, algunos con banderas, el humo con olor a chorizo, a maní caliente, a tortas fritas, los encuentros de viejos amigos, abrazos, charlas, las caras de siempre, más canosas, más arrugadas, mezcladas con una multitud de caras más jóvenes, con vestimentas más o menos tribales, las viejas banderas con nuevos abanderados.

¿Qué conmemora toda esa gente? ¿Es lo mismo el 1º de Mayo para los viejos militantes setentones que para los gurises veinteañeros que hoy agitan banderas? ¿Recordamos a los adustos anarquistas ejecutados hace más de un siglo en Chicago y su viejo sueño de pan, vino, rosas, amor libre y nada de Estado? ¿Le agregamos humo de marihuana? ¿O el acto es una ocasión social, una especie de “firma de reloj” en una organización que nos protege el sueldo y el empleo? ¿Es una pulseada de los dirigentes sindicales para medir su poder, entre sí y ante la casta política?

Probablemente el 1º de Mayo sea todo eso y mucho más. Es historia. Y, como toda historia, está hecha por mitades de memoria y olvido.

Llevo escritas ya un montón de líneas y no logro transmitir lo que quiero decir. ¿Cómo ponerlo en palabras? La cosa es que nosotros, eso que hoy llamamos “nosotros” y que puede llamarse también “la sociedad tal como la conocemos” somos hijos del movimiento obrero.

Antes del movimiento obrero (hablo de la Europa de la que venimos), la sociedad era otra cosa. Era el Rey, la Iglesia, los nobles, los dueños de las tierras y luego también de las fábricas. Tal vez también unos pocos artistas y funcionarios. Pero no había personas. Mejor dicho, había, pero no contaban. La sociedad, el “nosotros”, era un pequeño grupo de seres que poseían bienes, títulos o cargos.  El resto de la humanidad eran sirvientes sin valor ni opinión.

La Revolución Francesa cambió las cosas en el papel. Les dio a todas las personas el título de “ciudadano”. “Nosotros los ciudadanos”. Pero ese “nosotros” seguía siendo chiquito, restringido. “Nosotros” eran los propietarios, los que además sabían leer y escribir. Y, para ser plenamente “nosotros”, debían ser además hombres.

Es recién con el movimiento obrero que el “nosotros” se amplía. Ya no es necesario ser dueño de nada. Tampoco es necesario saber leer y escribir, aunque era muy recomendable, al punto que los fundadores del movimiento fueron en general autodidactas cultos, con seria preocupación por que todos los obreros aprendieran a leer, a escribir y a pensar. Lo único necesario era trabajar. O estar dispuesto a trabajar, a ganarse la vida con las manos y el cerebro

Trato de pensar en todas las ilusiones, las utopías, las luchas y las esperanzas que fueron naciendo y sedimentando al movimiento obrero. Pienso en los primeros igualitaristas, en los socialistas utópicos, en los anarquistas, en los socialistas “científicos”, en los revolucionarios y en los socialdemócratas. Es inevitable decir que cambió el mapa del mundo. En todo.

La noción de igualdad, la democracia, la izquierda, la legislación social, la huelga, la libertad de expresión, los periódicos populares, la literatura, la filosofía, la economía, la práctica de asambleas, la política y los parlamentos, la relación entre hombres y mujeres, nacieron o cambiaron sustancialmente por el movimiento obrero. No nos damos cuenta porque es como el aire. Lo creemos natural, pero es resultado del esfuerzo monumental de hombres y mujeres que no tenían nada y que eran considerados nada.

Falta algo fundamental: el movimiento obrero logró todo eso porque no se proponía aumentar los salarios ni engancharlos al costo de vida o a la productividad. Se proponía cambiar por completo a la sociedad. Darla vuelta. Los sueños grandes nunca se cumplen por completo, pero producen grandes realidades nuevas. Ojalá no lo olvidemos del todo.

Eso es lo que siento y quería decir.

Para terminar, la sola mención de que tal vez el viejo sueño igualitario de los obreros siga siendo en alguna medida elitista, un “nosotros” todavía demasiado chico. Porque el sistema produce ahora a gente que no puede o no sabe que debe ganarse la vida trabajando. Son los excluídos, los marginados, los “ni-ni”.  Y no todos son necesariamente pobres.

Quizá sea un nuevo “nosotros” en el que deberemos pensar.

   

 

 

 

 

    

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