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Partido complicado Por Javier de Haedo

publicado a la‎(s)‎ 6 ago. 2015 14:03 por Semanario Voces

Quizá todo comenzó aquel jueves cuando, desde la portada de Búsqueda, se supo que en una reunión con los ministros de la Suprema Corte de Justicia, el presidente Vázquez había afirmado que encontró la economía “peor de lo que esperaba”. Hasta ese momento, si la memoria no me falla, apenas se habían producido algunos escarceos en la interna del FA con relación al tema del Fondes, aunque nada demasiado grave. Pero la expresión referida, si bien por un lado tendía a ir creando conciencia en la población de que vendrían tiempos de ajuste, tuvo por otro lado el inevitable efecto de marcar un quiebre en la interna del partido de gobierno.

Quiebre que se habría de profundizar con un proyecto tan emblemático como poco relevante, el ANTEL Arena, sobre cuyo costo hay versiones diversas, pero que aún en la más abultada apenas representa un vigésimo de la inversión pública anual.

Pero el quiebre real es mucho más profundo y se dejó ver en los planteos de ambos sectores, socialdemócratas y populistas, con relación a las “soluciones” para enfrentar el problema. Mientras que los últimos pretenden aplicar hemipléjicamente las fórmulas contra cíclicas (cuando hay, hay que invertir, y cuando no hay, también), los primeros se aferraron a las ideas “neoliberales” (según opinan el PIT-CNT y los populistas) e insistieron con el programa en curso. Dicho sea de paso, el desarrollo sistemático de políticas pro cíclicas es una política de estado en nuestro país.

La cuestión de fondo es más seria todavía: desde la antesala de su primer gobierno, una parte del FA fue evolucionando desde posiciones similares a las que todavía sostiene la otra parte. Los primeros fueron aprendiendo varias bolillas en el ejercicio del gobierno y salvando exámenes: así ocurrió con “pago de la deuda externa”, “relacionamiento con organismos internacionales”, “inversión privada y extranjera” y, ahora, “ajuste fiscal” y “política salarial restrictiva” (aunque no “desindexatoria” ni “reductora del salario real” como algunos le atribuyen equivocadamente). También están aprendiendo de apuro a lidiar con una “herencia complicada” propia, legada por los propios compañeros (“nosotros”) y no por adversarios (“ellos”).

El colmo del absurdo se planteó, por enésima vez, con el tema del uso de las reservas internacionales, que algunos promovieron utilizar para financiar las inversiones que otros recortaban. Como si las reservas hubieran sido constituidas en el marco de una política contra cíclica, con excedentes creados en tiempos de vacas gordas. Que no fue el caso, pues en realidad todas ellas han sido constituidas con endeudamiento cierto o contingente (este es el caso de los encajes). Se manejaron cifras a troche y moche con un voluntarismo digno de mejor causa. Al 30 de julio las reservas alcanzaban a US$ 17.877 millones, de las cuales 7.633 millones pertenecen a los bancos, ya que son sus encajes. De los 10.244 millones restantes, 7.673 millones pertenecen al BCU y 2.571 millones al gobierno central.

Las reservas del BCU representan una cifra muy parecida al del stock circulante de letras para regulación monetaria (fueron “compradas” contra letras emitidas a plazos cortos) y entre junio y julio se “invirtieron” 210 millones de ellas en evitar una suba mayor del precio del dólar, proceso que seguramente habrá de continuar en los próximos tiempos, como ya ocurriera entre junio y diciembre del año pasado cuando con el mismo propósito se utilizaron US$ 592 millones (de hecho en el primer día de agosto se gastaron otros US$ 85 millones en frenar la subida del dólar). En el caso de las reservas del gobierno central, ellas vienen cayendo firmemente de la mano de un abultado déficit fiscal, camino que se interrumpe de vez en cuando por obra y gracia de la emisión de nueva deuda. Como se ve, no es oro todo lo que reluce y mal se puede decir, en el contexto actual, que “sobran” reservas.

En definitiva, lo básico: usar reservas para financiar inversiones es sinónimo de subir el déficit fiscal y financiarlo con más deuda pública neta.

En el colmo del delirio algunos de los mismos que promovieron el uso de las reservas también propusieron cortar los beneficios fiscales a las inversiones y a la enseñanza privada. En el primer caso, dejaron en evidencia que piensan que la renuncia fiscal es una suma fija cuando en realidad depende de que haya inversiones, lo que a su vez depende en parte, de los beneficios que se les conceden. También mostraron que no parecen ser conscientes del contexto económico global planteando algo que pudo ser razonable en tiempos de abundancia de capitales pero que evidentemente ya no lo es. En el segundo caso, pretendieron cortar los beneficios tributarios de instituciones de enseñanza privada que en última instancia están resolviendo parte del tema de la enseñanza en el país, aliviando la tarea de las instituciones públicas, la que sería considerablemente mayor si no hubiera enseñanza privada o si ésta fuera menor o mínima. Claro, la existencia de la enseñanza privada también deja en evidencia, por mera comparación de resultados, lo mal que se gestiona la enseñanza pública. A su vez impide la existencia del monopolio propio con el que sueña todo proveedor de servicios.

En fin, recién van cinco de los 60 meses del período de gobierno y de algún modo estamos como al principio, cuando ya sabíamos que el 2015 sería el año clave y que el destino del quinquenio se habría de jugar en el presupuesto y en los consejos de salarios. En todo caso, se ha confirmado lo que casi todos preveíamos: que el Poder Ejecutivo jugaría sus cartas con prudencia y que encontraría los mayores obstáculos desde filas cercanas, fuertes en el Parlamento y en los sindicatos.

Lo que sí ha cambiado desde el inicio del gobierno es el ambiente que se respira y creo que eso tiene dos razones. Una, el deterioro del contexto externo en el que se destaca, por su cercanía, la situación brasileña. Esto contribuye a explicar en parte aquello de “peor de lo que esperaba”, pero no todo ni mucho menos. Dos, creo que el gobierno ha comunicado mal el ajuste y que eso exacerbó las expectativas negativas de los agentes económicos. La “temperatura” no es buena, por cierto, pero la “sensación térmica” es peor aún. Los anuncios asustaron y empeoraron expectativas ya de por sí negativas debido al peor ambiente externo.

El 24 de julio, el presidente pretendió subsanar esa situación y anunció una cifra de inversiones en infraestructura que no es tan extraordinaria como se la presentó. Casi en forma simultánea, el ministro Astori salió a comunicar un discurso más amigable con relación a la situación económica. No sé cuánto habrán mejorado las expectativas a partir de estas últimas movidas, si es que sirvieron para algo en ese sentido. Pero sí es claro que motivaron a quienes se oponen al ajuste, a volver a plantear sus reivindicaciones ante una situación que entonces no estaría tan mal como se había dicho.

Para terminar, y a pesar de haberlo expresado en varios medios en las últimas semanas, quiero dejar constancia aquí y ahora de que el programa económico quinquenal está realizado sobre bases optimistas. Se asume un crecimiento del PIB de 2,7% anual en los cinco años, lo que per se da lugar a una recaudación tributaria creciente a una tasa de ese mismo orden. Si finalmente, como la mayoría de los colegas esperamos, el crecimiento resulta menor, habrá menos ingresos fiscales y mayor déficit, salvo que se ajuste hacia abajo la ejecución del presupuesto. Tener más déficit que el ya muy alto que se programa, y apostar a financiarlo con más deuda, como se prevé, es jugar con fuego, máxime cuando Brasil está en la antesala de la pérdida del grado de inversión.

Los entiendo a Astori y compañía, porque si asumen supuestos más realistas aún tendrán menos posibilidades de mostrar que piensan cumplir con las promesas de tiempos electorales. Pero asumir un programa optimista no genera recursos. En todo caso, prolonga la ilusión.

 


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