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PATRIA, FAMILIA Y PROPIEDAD Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 21 sept. 2012 14:13 por Semanario Voces
 

 

 

Cualquier padre o madre sabe que su hijo de dieciséis años es poco más que un niño. En el submundo de la marginalidad los lazos afectivos y el rol de padre ante el futuro de un hijo puede borronear esas etapas que se cierran y se abren, y donde lo biológico, lo síquico y lo afectivo necesitan paredes firmes para soportar las fuerzas que se desatan en la niñez y la adolescencia. La inmensa mayoría de los ciudadanos se comporta con sentido de responsabilidad ante su prole, y de no ser así hace mucho que tanto este país como el mundo habrían reventado. La inmensa mayoría se preocupa por sus hijos, desea lo mejor para ellos, y tanto entre familias acomodadas como en las de más humilde condición prevalece el vínculo afectivo que más tarde repicará en conducta social.

No obstante eso, la desesperación ante los problemas no resueltos nos llevan a pensar que esa minoría de padres e hijos mal avenidos a aceptar las reglas del juego, que se fija la sociedad para sobrevivir, es quien establece cómo debe vivir la mayoría: en términos generales con miedo, amurallada tras las rejas, desconfiando de cuanto ser diferente se mueve por la calle.

No es un problema nuevo. En el último tercio del siglo XIX, cuando la sociedad rural uruguaya comenzaba a imponer un nuevo modelo de producción, se hizo popular la figura del matrero, hombres y algunas mujeres que se movían por los campos echando mano a lo que encontraban fácil de apropiarse, y a veces asaltando sin piedad a comerciantes y productores que se guarecían tras las rejas, y escondían las monedas fuertes en las paredes de las poblaciones. Homero Macedo, un director que marcó fuerte su pasaje por el liceo de Treinta y Tres, publicó un libro sobre la fundación del departamento, con un capítulo destacado sobre el matreraje, que saboteaba los intentos de establecerse en la campaña, y no tanto como poderosos estancieros, que tenían los medios para cuidarse sino gente emprendedora que quería vivir de su trabajo y con su familia. Desde las sierras de la Quinta Sección, los matreros organizaban sus asaltos a pulperías, estancias, o simples transeúntes, sin medir el grado de crueldad que empleasen. En lo más intrincado de la sierra convivían personajes legendarios, como “Terrores” o “Manta Ruana” con mujeres que tenían sus propias bandas de matreros. Entre la Isla Patrulla y la Quebrada de los Cuervos adquirió carácter mítico la “Sierra de los Ladrones”, y lo que entonces pareció un problema insoluble para quienes querían establecerse en la campaña a explotar un pedazo de tierra con el tiempo ya no lo fue. Hoy ese escenario de inseguridad parece haberse instalado en las zonas urbanas, y en Montevideo con carácter alarmante.

Pero lo que hoy se percibe como un cambio definitivo en la conducta de los adolescentes, puede ser más que nada la visión de quienes interpretan esta época con un dramatismo tal que es más producto de su visión esclerosada de la época que le tocó vivir que de la realidad en su conjunto. ¿Con qué fundamento científico el legislador va a establecer el límite de la imputabilidad al cumplir los dieciséis, o simplemente fija esa edad de forma arbitraria, como podría ser quince o diecisiete? Nadie va a negar que estamos pasando por unos momentos en los que la violencia en el delito se impone cada día. Esa percepción es la que ha puesto el tema de los jóvenes delincuentes sobre la mesa, pero podría haber sido otro el motivo del plebiscito propuesto por Vamos Uruguay y secundado por Unidad Nacional, el sector del senador Lacalle. Por ejemplo, la pena de muerte, la cadena perpetua, o cualquier instrumento relacionado con el agravamiento de las penas en los casos de delitos graves, pero estos sectores políticos salieron de forma decidida a dar una fuerte señal a la juventud. ¿Qué van a festejar cuando triunfe la reforma propuesta? ¿Que más jóvenes van a ir presos o que el gobierno sale malherido y en malas condiciones para enfrentar la casi segura segunda vuelta?

Cuando el legislador piensa en este asunto ¿piensa en seres concretos o en un joven que de alguna manera ha construido en su cabeza para responderse de forma elemental qué trae consigo este tiempo, que seguramente no es el suyo? Al respecto pasa como con los asentamientos, se los deja a la deriva sin tomar en cuenta que allí vive gente trabajadora, en condiciones paupérrimas y en medio de la mayor indefensión, sin la cercanía de los servicios que el Estado debiera asegurar al ciudadano más humilde: una comisaría, un centro de atención primaria de salud, un salón comunal y, sin dudas, asistentes sociales que recojan necesidades y canalicen las ayudas que el Estado esté en condiciones de aportar. A muchas familias les pasa como a los habitantes de los asentamientos: tienen problemas y en lugar de que el Estado los acompañe en la protección de sus hijos se las amenaza con acortarles la adolescencia. A esta altura todas las escuelas debieran ser de tiempo completo, y la educación física asegurada hasta finalizar la secundaria, y sobre ese punto ningún partido político, en primer lugar el Frente,  debiera tener discrepancias.

Atrás de este firme intento por bajar la edad de imputabilidad hay un fracaso. A los dieciséis los adolescentes son más niños que jóvenes, bastante torpes para algunas cosas y llenos de avidez por disfrutar las primeras libertades familiares. Lo que haga una minoría sin marcos de referencia y la ineptitud de legisladores y gobernantes que tienen la responsabilidad de trabajar con más sensibilidad y urgencia no puede hacer que el resto de la sociedad se meta en una trampa de esta naturaleza. Oposición y gobierno trabajan juntos en la misma línea de irresponsabilidad. La primera porque quiere sacar rédito político de un problema que no tiene nada que ver con la edad de una minoría de la población adolescente, la segunda porque el gobierno debió haber enfrentado el desafío sin pérdida de tiempo, tomando la iniciativa, poniendo plazo a sus técnicos, a sus ministerios, y poniendo todo el peso del Estado en resolver los problemas educativos. Pero no, garrote y uso del voto juvenil con la vaga idea de que los jóvenes a los dieciséis ya están de vuelta de todo. Esto querrá decir que si el plebiscito es votado por la ciudadanía, los adolescentes de dieciséis podrán ir presos, ya se sabe dónde, y luego vendrá el reclamo de que también podrán votar y manejar autos. La adolescencia quedará reducida a cuatro años del liceo. Un verdadero drama.

La conveniencia se ha impuesto a la ética. Este problema es uno de los diez que el mundo político tendría que dejar fuera de la voracidad electoral. Si desde el Estado no se ayuda a pensar en el largo plazo, ¿qué se puede esperar de la gente que trabaja todo el día, atiende a sus hijos y hace milagros con su salario? El largo plazo, para mucha gente, es el fin de mes. Allí se terminan las previsiones para la mayoría, de los ciudadanos. Bordaberry asegura que la iniciativa de plebiscito es para obligar al gobierno a hablar del tema inseguridad y llegar a medidas concretas. No tendría que haber puesto a los adolescentes de rehenes. Ahora el oficialismo sube la apuesta y propone el voto desde los dieciséis. Nos estamos especializando en tomar iniciativas sorprendentes, lo que nos asegura que la prensa internacional se ocupe de nosotros. Da pena.

 

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