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Pensando en el 2030 desde el “deber ser” Por Javier de Haedo

publicado a la‎(s)‎ 22 nov. 2012 9:25 por Semanario Voces
 

 

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ace algunas semanas, ACDE me invitó a participar de un panel, con dos amigos y colegas, Gabriel Oddone y Julio de Brun, para reflexionar sobre el Uruguay del 2030. Desde hace años (¿comienzos de siglo?) que esa fecha se ha puesto como referencia para el análisis, debido a sus evidentes connotaciones históricas, y aunque cada vez falta menos para alcanzarla, la fecha referente se mantiene y se sigue elaborando en materia de objetivos y propósitos en relación a ella. Es más, se siguen creando ámbitos de reflexión con aquella fecha como referencia, el más reciente del que he tenido conocimiento, una interesante iniciativa de Raúl Sendic.

En esta oportunidad se nos planteaban tres preguntas como guía para la prospectiva: ¿Qué Uruguay aspiramos a tener en 2030?; ¿Qué objetivos de mediano y largo plazos deberíamos plantearnos para eso?; y ¿En qué aspectos principales debe enfocarse Uruguay y buscar excelencia para alcanzar los objetivos?

Es decir, por su orden lógico, aspiraciones, objetivos e instrumentos. Pero desde una aproximación normativa (“deber ser”) y no positiva (“ser”).

Si se me plantea conocer mis “aspiraciones” con un horizonte como el referido, a 18 años de plazo, tiendo a situarme más en mi rol de ciudadano que en el de economista. Y el ejercicio propuesto me lleva a sumar esa cantidad de años a mi edad y a las de mis seres queridos, a los efectos de diseñar la composición de lugar deseada para entonces.

En ese contexto se me ocurren tres aspiraciones. Primero, desearía ver a mi país camino al desarrollo, lo que puede ser muchas cosas pero ciertamente no es una mera cifra de dólares per cápita y mucho menos con un dólar que transitoriamente vale muy poco. Segundo, un país más igualitario. La mayor igualdad es un valor positivo no sólo en sí mismo sino también en términos económicos. Y los más interesados en una mayor igualdad deberían ser (hasta por su propia conveniencia) los que más tienen, y por cierto que no siempre lo son. Tercero, un país más seguro y por seguridad no sólo me refiero a la jurídica, a la institucional, a las reglas de juego sino también (dije antes que pensaba más como ciudadano que como economista) a la seguridad física, material, la de todos los días.

Pasemos ahora a los objetivos. Primero, y resulta inevitable incluirla, una tasa de crecimiento a largo plazo mínima, del orden de 5%, el doble de la histórica en nuestro país. Creciendo a la tasa histórica, se requieren 28 años para duplicar el PIB y creciendo al 5%, la mitad. Pero no cualquier crecimiento sino uno que aproveche la localización del país y sus recursos naturales (no vía una política de sustitución de importaciones, por ejemplo), un crecimiento sobre la base de incorporación de tecnología (como lo hace el agro desde que Kirchner nos mandó a los mejores productores a enseñarnos) y un crecimiento que cuide el ambiente. Segundo y tercero, establecer como metas indicadores de igualdad y educación, respectivamente, en niveles acordes a los que hoy tienen países que podamos tomar como referentes como para llegar a sus estatus. A modo de ejemplo, considerando el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, Uruguay tiene hoy un índice similar a los de Israel y Nueva Zelanda en 1980 (IDH en torno a 80) y podría plantearse como meta llegar en 2030 a los que ambos tienen hoy (IDH en torno a 90). Algo similar debería establecerse como metas para educación e igualdad.

Veamos ahora los instrumentos necesarios para alcanzar los objetivos y satisfacer nuestras aspiraciones. Instrumentos que se pueden resumir en las tres categorías a las que aludió hace unas semanas The Economist y que yo recogí en una columna en Voces (“Hacia un verdadero progresismo”, jueves 25 de octubre). La revista británica hablaba de “compete, target and reform”. Competir, focalizar y reformar.

La lista de instrumentos es frondosa y todos tienen su importancia, siendo difícil ponerlos en un ranking, sobre todo porque han de ser utilizados en forma paralela, simultánea. A riesgo de simplificar, prefiero enumerarlos.

Uno, una reforma de la enseñanza pública que vuelva a darle un rol inclusivo, como lo tuvo históricamente, en lugar de, como ahora, ser una fenomenal fuente de desigualdad.

Dos, un shock de infraestructura, evidente limitante a nuestro crecimiento a largo plazo. Energía, puertos, rutas y ferrocarril deben pensarse en forma coordinada para satisfacer la demanda en un país que acumule un crecimiento de producción como el planteado para las próximas tres décadas.

Tres, focalizar el gasto social y la renuncia fiscal en la población objetivo. Por ejemplo, quienes más se benefician de las tasas impositivas más bajas a los bienes de consumo son los que más cantidad consumen de ellos, es decir los más ricos.

La enseñanza y la focalización deberían ser los instrumentos favoritos para cambiar la situación actual de nuestra sociedad en materia de exclusión, que es otra cosa que distribución del ingreso y pobreza, y que es más cultural que económico.

Una mejor enseñanza y una adecuada focalización sentarán las bases para mejores perspectivas en materia de criminalidad, donde es notorio que también hay cambios culturales que la han modificado. Evidentemente, no alcanza con eso y es menester cambiar el diseño institucional y los incentivos perversos que hoy existen, como mostró hace poco Ignacio Munyo, de Ceres.

Cuatro, reformas en el sector público y en la seguridad social. La primera, del tipo “guerra de guerrillas” y para nada “la gran reforma del Estado” que siempre se anuncia y nunca se hace. La segunda, de modo de  acompañar la evolución de la sociodemografía.

Cinco, flexibilización y desregulación de mercados y de factores productivos. Con el affaire Pluna y sus posibles salidas nos enteramos de que a los uruguayos los monopolios les gustan menos de lo que creíamos. Quizá sea una oportunidad para derogar algunos y para avanzar en desregular sectores todavía “protegidos”, como los que una y otra vez complican la inflación por no poder importarse bienes que aumenten la oferta.

Seis, una inserción internacional que no excluya al Mercosur, pero que no nos excluya de fuera de él si tenemos posibilidades de profundizar lazos con otros destinos.

 Siete, en materia fiscal y financiera, profundizar en materia de transparencia de modo de adecuarnos a las tendencias globales en la materia; establecer una regla fiscal que elimine de una buena vez la prociclicidad de nuestras políticas económicas; y un sistema tributario al que hay que seguir mejorando, ampliando la base de contribuyentes y reduciendo tasas impositivas.

Más allá de los instrumentos, los referidos y otros que por mi perfil yo pueda no percibir en su adecuada dimensión, creo que hay tres factores fundamentales a cumplir para llegar a buen destino.

Uno, la profundización de políticas de Estado positivas y la reversión de negativas. Así como hay acuerdos básicos en el sistema político, más allá de los gobiernos de turno, hay áreas de consenso invertido, para no hacer políticas positivas (enseñanza, reforma del sector público, regla fiscal, etcétera).

Dos, una adecuada relación entre Estado y mercado. Como dijo hace poco Enrique Iglesias, “tendremos un capitalismo de control con más Estado y un mercado más regulado. Una mayor presencia del Estado como regulador, no como productor”.

Tres, pragmatismo por sobre la ideología, permitiéndonos tomar lo mejor de cada vereda, de modo de enfrentar la desigualdad sin afectar el crecimiento.

Como dije al principio, se trata de un enfoque “normativo”, desde el “deber ser”. Cada uno puede tener sus propias aspiraciones, y en función de ellas, plantearse sus objetivos y sus instrumentos.

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