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Políticamente incorrectos Por Javier de Haedo

publicado a la‎(s)‎ 19 mar. 2011 11:00 por Semanario Voces   [ actualizado el 19 mar. 2011 11:05 ]

El senador Jorge Saravia volvió a irritar a sus compañeros de bancada por tener una actitud independiente y una postura opuesta a la prevaleciente en el Frente Amplio. Antes de fin de año había sido debido a su posición contraria a un proyecto de ley interpretativo sobre la anulación de la Ley de Caducidad. Ahora la razón de la irritación fue su propuesta acerca del empleo de militares en la proximidad de las “zonas rojas”.

 

Saravia parte de un diagnóstico de “favelización” de determinados asentamientos de Montevideo, que constituyen “zonas liberadas” de la autoridad central del Estado. Considera que el “viejo concepto doctrinario que separa la seguridad interna para la policía y la seguridad nacional o territorial para las Fuerzas Armadas, está perimido en el mundo entero” y cree que “es el principal error que se cometió en el pasado Gobierno en materia de seguridad y que se empieza a cometer de vuelta acá”. Sostiene, entonces, que los militares, por su experiencia en las misiones de paz de la ONU, están más preparados que los policías para participar en cierto tipo de operativos, por ejemplo la lucha contra el narcotráfico o el restablecimiento de la autoridad del Estado en algunos asentamientos. Según dijo Saravia en el programa En Perspectiva de radio El Espectador el día 2 de marzo, “en Uruguay hay más de 10.000 efectivos altamente preparados, pero además oficiales que han hecho carreras paralelas en universidades que tienen que ver con sociología, psicología e incluso medicina de campo para prepararse para esas misiones de paz. Y han obtenido resultados extraordinarios tanto en Congo como en Haití y otras misiones, en lugares realmente difíciles, han salvado aldeas enteras, las han recuperado y puesto en funcionamiento, la propia presencia de las fuerzas de ONU ha impedido que bandas armadas ataquen el lugar, y han desarmado bandas armadas sin tirar un tiro. Por lo tanto, ¿por qué no utilizar la experiencia de esa gente en forma combinada con la de la policía nacional e instalar el concepto moderno de la seguridad nacional como un elemento fundamental del poder del Estado y usar los elementos que están al alcance?”. Consecuentemente, el senador anuncia que próximamente presentará un proyecto de ley sobre seguridad nacional que incluirá la idea de que los militares participen en la seguridad interna en las áreas más difíciles y conflictivas.

 

En esta oportunidad la irritación producida por Saravia no se circunscribió al Frente Amplio sino que fue casi general en el sistema político, que calificó a la propuesta y al proponente de los modos más diversos. Una recorrida por las notas de prensa de los días 2 y 3 de marzo, inmediatos al de la entrevista original en El País del día 1º de marzo, permite recoger los siguientes calificativos: oportunista, cobra al grito, inadecuado, muestra ignorancia, inconveniente, golpismo, pelotazo, lógica nefasta, sin sentido y fantasioso. Sólo encontré cierta receptividad en Luis Hierro López, que fue Ministro del Interior, y en La República del día 3 dijo que “si el diagnóstico del senador Saravia es correcto en el sentido de que hay lugares en el país donde no puede ingresar la Policía, la argumentación le parece interesante. Recordó que cuando fue ministro, en 1998, se aplicó una experiencia de presencia de militares en zonas rojas de Montevideo, que tuvo carácter disuasivo, y que a través de esta acción los delitos disminuyeron durante esos días”.

 

Mientras tanto, la opinión pública tuvo reacciones diferentes a las dominantes en el ámbito político, y relevamientos informales y espontáneos realizados por diversos medios arrojaron una aplanadora mayoría a favor de la propuesta de Saravia. Al momento de escribir estas líneas, no se conocen encuestas propiamente dichas que hayan relevado el estado de la opinión pública con relación a este tema, pero seguramente las habrá en breve.

 

No me sorprendería que ese día podamos comprobar que una fracción significativa de la población apoya la propuesta del senador. Estamos ante una realidad que no admite dos opiniones: la gente está harta de la inseguridad y la sufre directa e indirectamente, ya sea por haber sido víctima de ella, ya sea por el miedo a serlo en cualquier momento. La gente espera respuestas de sus representantes y éstos, como colectivo, no las están dando. En este contexto, están dadas las condiciones para que surjan propuestas como la de Saravia, más extremas y contundentes que las habituales.

 

Ya vimos la respuesta casi unánime que recibió el senador desde el sistema político, de propios y extraños, compañeros y adversarios. El sistema político no da respuestas al problema pero se abroquela cuando uno de sus integrantes se sale del trillo. Crucifiquemos entonces al discorde, pero resulta que con o sin Saravia, la gente va a seguir alarmada, con miedo y exigiendo respuestas. Y otras respuestas y propuestas vendrán, aún más extremas y más contundentes.

 

Quiero que algo quede bien claro, a esta altura de la nota: aquí y ahora no me estoy expidiendo sobre el fondo del asunto ni sobre la propuesta del senador Saravia. Estoy opinando sobre los gestos, las reacciones y las actitudes del sistema político, tomando como piedra de toque la propuesta referida.

 

El mayor problema de Saravia no es la idea que tiró sobre la mesa. Ni oponerse a la anulación de la ley de caducidad. No. Su problema es ser políticamente incorrecto, no ser parte del rebaño, salirse del trillo.

 

Yo no pretendo saber sobre seguridad más que como un ciudadano que teme ser víctima de la falta de ella, o que lo sea su familia. Pero sí sé, y bastante, sobre ser políticamente incorrecto y no necesito extenderme al respecto.

 

Entonces celebro cuando compruebo que hay personas en la política, que son políticamente incorrectas. Sería bueno que las hubiera en abundancia y en todos los sectores políticos. Aumentaría el valor agregado por la política. La cuestión es, en definitiva, entre la hipocresía y llamar a las cosas por su nombre, de acuerdo al leal saber y entender de cada uno. Entre la comodidad de estar en la majada y la incomodidad de quedar a la intemperie por jugarse por algo en lo que se cree, pagando “costos políticos” por ello. Costos políticos, eso sí, dentro de la política, porque fuera de ese ámbito, estas salidas de cauce suelen tener aceptación.

 

¿Llegará alguna vez el tiempo en que lo políticamente incorrecto sea correcto? ¿Llegará el momento en que jugársela en contra de la corriente valga la pena, más allá de sentirse bien con uno mismo, que no es poca cosa?

 

Mientras tanto, la gente seguirá aterrada por la inseguridad. Eso sí, muy correctamente…

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