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Realojos urbanos

publicado a la‎(s)‎ 10 may. 2010 20:07 por Victor Garcia | Semanario Voces

"Nos están sacando como animales y quieren que estemos alegres, le contesté.Tocamos los tambores porque estábamos doloridos.”
“Hubo gente que se fue a vivir sola y no pudo pagar los alquileres, otros murieron de tristeza, extrañaban".

Judith, Barrio Reus al Sur en L. Benton, 1986 


Se llama un realojo al traslado decidido por la autoridad urbana de pobladores de un área informal a otro sitio en la ciudad formal. Hay otros realojos, impuestos por la realidad. Son los de quienes deben trasladarse – condicionados por las circunstancias - de la ciudad formal a la informal.

 

La palabra “asentamiento” es como un gran manto que cubre realidades muy desiguales, desde cantegriles – nombre que sólo conservan los sitios más duros – hasta urbanizaciones casi regulares, con calles rectas, lotes de dimensiones legales y construcciones similares a las de los barrios formales de las inmediaciones. No cubre a quienes viven – informalmente – hacinados en viviendas abandonadas, sin agua ni luz. Los habitantes “informales” no tienen la propiedad de tierra o viviendas, no pagan impuestos, tienen luz gratis (están colgados de la red) y los que viven en áreas reconocidas como asentamientos pagan hoy $60 mensuales por la conexión de agua potable sin contador.

 

Hay consenso en que es necesario eliminar la informalidad urbana de nuestras ciudades e incluir a sus habitantes en los tejidos sociales y urbanos formales. No hay recetas para hacerlo. A veces se saca a la gente de las áreas informales por razones humanitarias. Otras, porque las tierras son necesarias para desarrollos planificados o por otras razones, como ser la condición ruinosa de un edificio o la existencia de contaminación química, como plomo en el suelo.

 

De la ciudad al asentamiento

…fueron trasladados a Martínez Reina, que era una ex fábrica textil "Nos llevaron para ahí, bien como tropel. Vino el camión municipal y había que ir, quisieras o no. Ahí te daban un lugar como este (traza un rectángulo imaginario de 4 metros por 2 y medio) y vos lo dividías. Yo dividí el dormitorio para un lado, el comedor para otro, el cuarto de los chiquilines para otro. Después los trasladaron a las viviendas del Cerro Norte: "Fue el municipio como diciendo los sacamos de acá y ahora los llevamos para allá, los seguimos tirando cada vez más lejos. El Cerro fue horrible, no le deseo a nadie vivir ahí".

Judith, Barrio Reus al Sur en L. Benton, 1986


Imaginemos a un conciudadano que no accede a comprarse una vivienda ni pagar  alquileres en suba continua en la ciudad formal y decide mudarse a un área informal. Es una alternativa real, que cuenta con el incentivo de la certeza compartida de que tarde o temprano el sitio será regularizado. Buscará en un área próxima a su antigua residencia formal. Hacerlo atenúa el proceso de adaptación al cambio: conoce las dinámicas del barrio, los sistemas de transporte, los boliches y puntos de compra.  

 

Puede ocupar suelos no urbanizados. Los pasos son la ocupación clandestina de una tierra, la construcción allí de un albergue mínimo, usando madera de descarte, nylon, chapa y cartones. Obviamente no mediaron trámites, escribanos, arquitectos, planificadores, ingenieros. Sigue la “urbanización”, o sea la densificación progresiva por agregación aleatoria de alojamientos y el mejoramiento progresivo (y eventual expansión) de cada una de las viviendas, en la medida en que las capacidades de los habitantes lo posibilitan. A veces es la propia Intendencia que colabora con, por ejemplo, balasto para las calles.

 

No es el único camino. Hoy se compran “lotes”, viviendas o la superficie de un techo para instalarse en un área informal. Las casas y la tierra informales se venden, como quien vende una heladera: se negocian el precio y las condiciones de la compraventa y se intercambian dinero y llaves, sin ninguna formalidad. Los precios tienen rangos que, en sus valores altos, resultan comparables con los del mercado formal próximo y bajan junto con la calidad urbana y constructiva del bien ofertado. El submercado informal se constituye en el sector bajo del mercado del suelo y de la vivienda.


El nuevo habitante de un área informal debe aprender a vivir en ella. Al comienzo, ve esa radicación como una situación transitoria, a superar rápidamente y trata de vivir como antes, pero resulta imposible. Debe aprender a usar agua acarreada, letrina y no un cuarto de baño, a convivir con su familia en un solo ambiente, a veces dividido con cortinas de plástico. No encontrará aislación acústica que brinde  la privacidad entre viviendas. Debe aprender también que puede contar con la colaboración de los vecinos  (y prestarla, si es necesario) si no hay comida, si hay que hacerse cargo de niños, apagar incendios o cuidar enfermos.

 

De la informalidad a la ciudad formal

Cuando se procede a realojar a los habitantes de un asentamiento en un barrio consolidado, se traslada un conflicto de escala urbana a la escala barrial: van a convivir en proximidad inmediata, medianera o calle por medio, dos comunidades con cultura del hábitat diferente. En general se procede a la asistencia a quienes van a  ser realojados. Aún así, el abandono del área de afincamiento es muy duro: es ciudad creada por sus habitantes, en la que volcaron todo su esfuerzo y sus expectativas.

 

Se suele prestar escasa atención a preparar y apoyar al barrio de quienes reciben el realojo y deben incorporar a su vida cotidiana a un conjunto de familias con otra cultura urbana. El barrio receptor recibe a un alto número de personas de todas las edades, con sus prácticas socio-culturales, no necesariamente coincidentes con las de los habitantes originales. Se espera que ellas “aprendan” a vivir formalmente.

 

Han sucedidos casos de NIMBY (acrónimo de que significa aproximadamente todo bien, pero no cerca de mi casa). Son movilizaciones ciudadanas frente las autoridades, en contra de la localización no deseada por la comunidad. Como ejemplo puede citarse a los vecinos de la calle Santa Mónica ante el anuncio del traslado de los habitantes del asentamiento ubicado a orillas del Arroyo Carrasco a causa de la construcción de obras viales.

 

Si no se logra una integración adecuada con los residentes anteriores del barrio consolidado, puede suceder que en el terreno fértil del desencuentro cultural se instalen la violencia y el crimen. Una de las consecuencias puede ser que los anteriores habitantes decidan mudarse y abandonar el lugar. La ciudad padecerá, en ese caso, la expansión hábitos informales de distinto tipo, incluso la ocupación de fincas, el deterioro de construcciones abandonadas, la aparición de nuevas viviendas precarias y hacinamiento. Es el contagio de la informalidad. Tenemos múltiples ejemplos de los efectos del deterioro del tejido social y urbano en la Ciudad Vieja, el Centro, Goes, Aguada, Barrio Sur, etc.

 

En Madrid, el IRIS (organismo especializado de la Consejería de Urbanismo) inicia las actuaciones en el propio asentamiento, atendiendo las necesidades de cada familia como la escolarización o cursos de formación, sigue con el realojo en una vivienda digna aislada y continúa durante cinco años con diversos programas de alfabetización, empleo y escolarización. Han tenido éxito, por cuanto evitaron el rechazo, pero la solución suprime los vínculos sociales de proximidad de quienes son mudados: se los separa y aloja en viviendas distantes.

 

Otro tipo de problema surge cuando los asentados son trasladados a barrios de tipología especial “para pobres”, construidos por las administraciones. Sin un seguimiento socio-cultural adecuado, en muchos casos, el deterioro imparable del nuevo hábitat ha incluido aspectos muy diversos y no exclusivos de la vivienda.

 

Hacia una ciudad integrante

El desafío no pasa solamente por obtener tierras y, menos aún, viviendas terminadas. Es necesario habilitar la dignificación y recuperación de la condición y hábitos ciudadanos de las personas involucradas, para que puedan evolucionar hacia la formalidad. Eso sólo sucede si se instrumenta que la gente protagonice las paulatinas transformaciones culturales individuales, grupales y del entorno urbano.

 

La voluntad política debe sostener una gestión efectiva de la tierra urbana por parte de las autoridades competentes, así como la definición de procesos y los recursos (imprescindibles) para su aplicación en un proceso que debe ser de medio y largo plazo. Los cambios culturales son graduales y no admiten las urgencias de los tiempos políticos.

 

El proceso requiere decisión política, recursos financieros y materiales, voluntad de sostener temporalmente las acciones, su evaluación y revisión en la medida que sea necesario. Requiere compromiso y afecto hacia “los otros”, que habilite manos extendidas hacia quienes necesitan una alternativa digna para salir de las miserias.

>> por Isabel Viana

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