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Sin tren de aterrizaje Pablo da Silveira

publicado a la‎(s)‎ 3 mar. 2012 13:34 por Semanario Voces
 

El estilo de gobierno de José Mujica hace pensar en el de Jorge Batlle. Los dos son hombres inclasificables, capaces de sorprender a propios y extraños con sus planteos. Los dos están movidos por un sano inconformismo que los empuja a cuestionar mitos y tradiciones. Los dos tienen una actitud vigilante hacia el ejercicio de la autoridad, porque están más acostumbrados a desconfiar del poder que a servirse de él. En todo esto, José Mujica se parece más a Jorge Batlle que a Tabaré Vázquez.

            También hay defectos en común. Por ejemplo, tanto Mujica como Batlle hablan demasiado. Ambos tienen más psicología de senador que de presidente, de modo que tienen dificultades para trabajar en equipo y para sostener esfuerzos a lo largo del tiempo. Los dos tienen demasiada tendencia a improvisar.

            A Batlle lo salvó la crisis económica. El modo en que actuó ante esa coyuntura (apoyándose en gente valiosa que estuvo en el lugar y el momento indicados) le valió un lugar en los libros de historia. Si esa crisis no hubiera existido, tal vez su gobierno hubiera sido más recordado por sus defectos.

            Pero a Mujica le tocó un momento de asombrosa abundancia, y eso es un desafío para un presidente. Al menos a mediano plazo, haber dejado pasar muchas oportunidades puede volverse menos perdonable que haber fracasado ante grandes obstáculos

            Lo mejor que ha mostrado Mujica hasta ahora es un talante, un temperamento que incluye una actitud de diálogo y respeto hacia la oposición, una tendencia a sacudir las inercias de la propia izquierda y una inclinación a pensar el futuro más que el pasado. Pero buena parte de esas virtudes terminan siendo neutralizadas por defectos que se hacen más visibles cuánto mejor es el contexto. Sin pretender ser exhaustivo, voy a mencionar algunos.

            El primero es la carencia de capacidad ejecutiva. El presidente Mujica habla, razona, sueña, critica, pero apenas hace. Su terreno preferido es el de las abstracciones y generalidades. Pero, a la hora de cumplir calendarios, alinear a su gente y asegurar resultados, su liderazgo se diluye. José Mujica se parece un avión equipado para volar alto pero sin tren de aterrizaje.

            Un segundo problema es la dificultad para escapar al clima de aparato y a las voces más trasnochadas que lo rodean. Frecuentemente, lo peor del gobierno de Mujica son sus aliados. Algunas iniciativas recientes en el plano económico, o su incapacidad para reorientar políticas sociales que siguen estando pensadas para un país en crisis que necesita soluciones de cortísimo plazo, muestran esa cara con especial contundencia.

            Un tercer problema es una confianza ingenua en la idea de que todo se arregla conversando. Tanto en política exterior como en temas tan cruciales como la educación, Mujica parece creer que alcanza con hablar amigablemente con todos para que aparezcan las soluciones. Peor aun, a veces parece creer que debe decir a cada uno lo que cada uno quiere escuchar. Pero si bien ese método daba buenos resultados hace 100 o 50 años, tiende a generar problemas en la era de la comunicación instantánea. Hoy hace falta más para legitimar propuestas con real capacidad transformadora.

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