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Sobre voto mandatado Por Pablo da Silveira

publicado a la‎(s)‎ 17 jun. 2011 4:00 por Semanario Voces



            En la edición de Voces del 9 de junio, Matías Álvarez me critica por haber atacado el voto mandatado al que están sometidos los legisladores del Frente Amplio sin haber atacado también  la “declaración de asunto político” que, con la misma consecuencia práctica, figura en la carta orgánica del Partido Nacional.

            Podría contestar diciendo que no son exactamente la misma cosa, porque mientras la “unidad de acción política” (y su consecuencia en lo programático: el voto mandatado) es la norma habitual en el Frente Amplio, la “declaración de asunto político” es una excepción apenas practicada en el Partido Nacional. Por eso ningún blanco se escandalizó cuando Alianza Nacional definió una línea de apoyo crítico al actual gobierno mientras que el Herrerismo adoptó una postura más opositora, ni cuando el Herrerismo decidió acompañar la convocatoria a un referéndum para bajar la edad de imputabilidad y Alianza se opuso.

            Podría contestar también que, mientras la declaración de asunto político es una decisión que toman autoridades partidarias conocidas, que deben renovar su crédito en las urnas, el mandato en el caso del Frente Amplio proviene de un Plenario donde las ignotas bases tienen un peso decisivo. (Un punto que reconoce el propio Álvarez).

            Pero ninguna de estas respuestas me dejaría satisfecho. La única respuesta que me parece aceptable consiste en decir que estoy de acuerdo con Álvarez: las mismas razones por las que no me gusta el voto mandatado en el Frente son razones por las que no me gusta la “declaración de asunto político” que figura en la carta orgánica del Partido Nacional. Como liberal que soy, creo que un partido democrático tiene que ser una asociación de hombres y mujeres libres. De ahí se deduce que, a mi juicio, la carta orgánica del Partido Nacional sería mejor si no incluyera esa figura. Si no lo dije en el texto que critica Álvarez  es simplemente porque el tema era otro. En ese momento no estaba hablando de las debilidades de nuestro sistema de partidos en general, sino del funcionamiento interno del Frente Amplio, donde el voto mandatado forma parte de una cultura interna muy extendida y constantemente puesta en práctica. Decir que mi argumento también vale para la casi nunca aplicada “declaración de asunto político” del Partido Nacional es verdad pero no relativiza nada de lo que dije a propósito del Frente Amplio. Dos borrachos no hacen un sobrio.

            Dos comentarios antes de terminar

            Alguien podría pensar que rechazar toda forma de compulsión sobre los legisladores es un acto de ingenuidad política, porque en ese caso siempre habrá motivos para que alguno disienta y deje en minoría al gobierno (o para que algunos oportunistas saquen réditos indebidos como condición para abandonar su disidencia). Pero, al menos en Uruguay,  la experiencia no confirma este temor. La dinámica de coalición, que liga la presencia en el gabinete al apoyo parlamentario, permite asegurar los votos en el marco de acuerdos políticos que se hacen explícitos ante la ciudadanía. El que se quiere bajar se baja, pero deja de formar parte del gobierno. Esta dinámica es todavía más clara en lo regímenes parlamentaristas (y esa es una de las buenas razones para preferir el modelo parlamentarista al presidencialista, como personalmente prefiero).

            El otro comentario refiere al vínculo entre el funcionamiento de los gobiernos y el llamado “programa de gobierno”. Tal como el propio Álvarez admite, muy pocos electores definen su voto después de haber leído los diferentes programas presentados por los partidos. De allí Álvarez deduce que algo no funciona bien en el modo en que actúan los electores. Yo, en cambio, deduzco que algo no funciona bien en el análisis de Matías Álvarez. Que pocos votantes lean los programas no es una señal de irresponsabilidad ni de falta lucidez, sino una evidencia de que la dinámica de la adhesión política, incluyendo el sutil tejido de compromisos entre electores y elegibles, marcha por otros cauces. Si no fuera así no valdría la pena apostar a la democracia, porque la inmensa mayoría de los electores estarían revelando que no están en condiciones de tomar decisiones mínimamente fundadas. Creo que también en este punto la cultura interna del Frente Amplio debería actualizarse.

            Para terminar, coincido con el párrafo final de Matías Álvarez: los problemas que enfrentamos como país (incluyendo algunas debilidades de nuestra cultura democrática) no son responsabilidad ni patrimonio de un solo partido. Todos los partidos tienen cosas que revisar. Y todos los ciudadanos tenemos el desafío de sofisticar lo que pedimos a los dirigentes políticos, porque la calidad del desempeño de los partidos no puede ser mucho mejor que la calidad de las demandas y exigencias que planteamos los ciudadanos.


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