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SÓLO QUEDA LA BRONCA Y POCO MÁS Por José Luis Baumgartner

publicado a la‎(s)‎ 21 feb. 2013 13:17 por Semanario Voces
 

El Poder Judicial ha estado generalmente ajeno a la discusión política. Se le preservó de toda contaminación indeseable. Se hizo de él refugio de la legalidad, de la justicia, de la equidad, de la ponderación sabia, y por sobre el cúmulo de fuerzas que asedian las rectas conductas. Autoridad. Severa prescindencia. Garantía universal. Un mito –como tantos-.

Siempre han hablado los que saben y quienes no tienen ni idea.

 

El Poder Judicial es poder del Estado. La Suprema Corte de Justicia integra el cogollito real del mando nacional. Dirige  en forma pontificia una vasta administración. Sus miembros, designados por la Asamblea General, respiran intereses políticos, de clase y personales. Parecen infalibles pero reciben constante presión; y la ejercen. Al mismo tiempo aprietan freno y acelerador. (Un juez amigo mi refirió que en los primeros diez minutos de ese día ya había recibido siete llamados de la SCJ “preguntando” por un notorio caso).

 

Ahora. En primer plano.

 

 TRASLADO DE LA JUEZA MARIANA MOTA.

¿SCJ  tenía potestades para decretarlo? –Sí, sin lugar a dudas. Algo de rutina. Elevó su rango, antes que disminuirlo.

¿Actuó con ilegalidad? –No.

¿Cometió desviación de poder? –No hay indicios de ello.

¿Estimó especiales consideraciones de oportunidad y conveniencia?  Se desconoce.

¿Motivos del acto? Obvio: mejora del servicio.

¿Asentó documentalmente las razones que determinaron su decisión? Ignórase. Es precepto y garantía  de derecho administrativo. No debió omitir ese detalle –o no tan poco-.  Oxandabarat, nacido para poner la cara, explicará.

 

La doctora Mota hacía años conducía las investigaciones sobre violación de los derechos humanos por parte de los militares y la caída del avión próximo a la isla de Flores. Argumento para relevarla del cargo. Ningún juez debe ser “dueño” de un tema.

Su traslado causará demora en esas causas. La pérdida de tiempo siempre se da cuando un magistrado tiene que dejar su despacho –por lo que fuese-. Inevitable perjuicio en algo que viene de lejos y se proyecta en el futuro. No prejuzguemos sobre el o la sucesora. Veamos qué puede y sabe hacer. En 40 años de trámites, uno o dos, no son el acabóse.

La gente se sorprendió. No esperaba algo así. Quería y quiere que siga en lo que estaba. Se sintió burlada.

La tribuna –amiga o enemiga- jamás puede elegir árbitro. Las manifestaciones en ese sentido constituyen el mayor homenaje que un juez puede recibir en vida. (El que se le está debiendo a Mirta Guianze –heroína descaecida por Tabaré en entendimiento con Larrañaga; Y éste lo jodió-).

 

La SCJ actuó formalmente de acuerdo a Derecho. Es enclave de poder tan inexpugnable como Gibraltar. Si, en alzada, debiera fallar el Tribunal de lo Contencioso Administrativo (¿qué duda cabe?) le daría razón. 

 

¿Entonces?

¿Invitarla al Parlamento a que se explique? ¡Oh! Las relaciones de poder no se arreglan con mate dulce y tortas fritas.

Con lo que hay disponible, sólo queda calentarse o aplaudir de vez en cuando ante  SCJ que abre llaves y cierra canillas con gesto de Justicia (los próceres están condenados  a poses y a que los puteen cuando la tribuna se siente defraudado por sus uñazos).

Para sacarla de su absolutismo habrá que reformar la Constitución, obligándola a informar (con limitaciones) cuando el Parlamento se lo requiera –emparentándose así con la democracia-. No hay otra, hermano.      

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