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TARDE PIASTE Por Luis Nieto

publicado a la‎(s)‎ 30 nov. 2012 3:25 por Semanario Voces
 
La reciente XXII Cumbre Iberoamericana, realizada en Cádiz, parece subrayar con un marcador flúo lo que se venía insinuando en las últimas reuniones: El divorcio entre la ex metrópoli colonial y las naciones que accedieron a su independencia doscientos años atrás, pioneras de un movimiento más inclinado a seguir la estela de las revoluciones francesa y norteamericana que a la ranciedumbre de las cortes monárquicas europeas. La España liberal de 1812, como la de 1976, interpretaron con más instinto que valentía intelectual el espacio político y cultural que tenían frente a sus ojos, pero los resultados han sido similares: no hay un proyecto común con sus ex colonias.

En 1812, el movimiento independentista americano se había extendido de forma irrefrenable y la monarquía española había sido reemplazada por la de Pepe Botella, el intento napoleónico de dominación peninsular. Ante el derrumbe de la monarquía, y animadas por un fuerte sentido patriótico, las Cortes españolas reunidas en Cádiz, elaboran la Constitución, que en un tono liberal, proclama la independencia frente a la ocupación francesa, y define las futuras reglas del juego: “La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”. La Constitución de 1812 proclama que el Estado está regido por una “monarquía hereditaria moderna”. El poder ejecutivo lo ejerce el rey (Art 16) que nombra a sus secretarios los cuales responden en teoría ante las cortes. No obstante, en un largo artículo recoge las limitaciones a la autoridad real: “El monarca no puede suspender o disolver las Cortes, abdicar o abandonar el país sin permiso de ellas, llevar una política exterior no supervisada por la Cámara, contraer matrimonio sin su permiso o imponer tributos.” La monarquía española, a partir de la restitución de Fernando VII en 1813, tuvo la oportunidad histórica de comprender el espíritu liberal de la Constitución de Cádiz, del mismo modo que debió haber escuchado el grito de libertad que le llegaba de América para construir, sobre las ruinas del viejo aparato colonial, un espacio político-cultural inmenso, sin dudas el espacio más grande del mundo en cuanto a unidad lingüística, pensamiento social y comercio.

Como en un juego de enroque, tras la muerte de Franco, las ex colonias americanas se encuentran casi todas dominadas por dictaduras sangrientas, que ven en la monarquía española una esperanza, y España, a su vez, una posibilidad de redención. Tanto el gobierno de Adolfo Suárez como el de Felipe González ayudaron con iniciativas concretas al alivio de situaciones desesperantes, como las de los rehenes de la dictadura en Uruguay. La visita del Rey, y los gestos hacia la oposición uruguaya, marcaron un punto de inflexión para el aislamiento de la dictadura. Pero ese doble movimiento perderá fuerzas a medida que España se plantea hacer todo lo que deba hacer para entrar a la Comunidad Europea. El PSOE sintió que tenía una deuda histórica hacia su pueblo en relación a Europa, que había evolucionado sin ella en los últimos doscientos años. Si bien el PSOE se alineaba, claramente, a favor de una Europa democrática, la ineludible integración a la OTAN, en plena Guerra Fría, le exigía una respuesta clara frente a las elecciones de 1982. El PSOE acuñó una frase y un recorrido que lo resumen todo: “De entrada a la OTAN, no”. Trece años más tarde, un español, Javier Solana, hombre del riñón de Felipe González, es el Secretario General de la OTAN. Pero ese era el rubicón para la izquierda española, y al cruzarlo, Iberoamérica empezó a desgranarse como proyecto, salvo a través de pequeños gestos y de una deficitaria política de puente ante su nueva realidad europeísta.

Latinoamérica, se las arregló casi sola y separada en sus partes frente a la herencia que dejaron las dictaduras setentistas. Una de ellas, quizás de las más infames, la de los Derechos Humanos. Pero no menos peligrosas para las democracias recuperadas fueron el peso de la deuda externa, la destrucción de los sectores productivos y el atraso tecnológico. Sin embargo, las denostadas democracias crearon nuevos espacios de diálogo supranacional, en los que, nominalmente, se encontraba España, sin mayores resultados. La presencia española en Latinoamérica no fue decisiva para la recuperación económica de la región. En algunos casos fue parte del problema, y para muestra basta recordar el episodio Ence, anterior a la instalación de Botnia en Uruguay. Nos llenamos de consultorías españolas, de bancos que hacían su agosto en la región, y de ciudadanos expulsados por las trabas inmigratorias europeas de las que España se hizo eco. Simplemente se fue apagando. España siguió siendo un país con chispazos de modernidad pero, en el fondo, ha sobrevivido la vieja España remolona, más propensa a soplar el polvo acumulado en los pergaminos de los títulos nobiliarios que a las ocho horas,

La actual crisis la muestra en un momento desesperante. El presidente del gobierno, Mariano Rajoy, basó su carrera más en hacer una oposición sistemática a los gobiernos del PSOE que en contribuir a la creación de un clima político distendido, acorde con un país que juega en una liga mayor, donde la cohabitación política es decisiva para hacer de la democracia algo más que la alternancia de los partidos en el gobierno. Sobre la base de una derecha despojada de los símbolos del franquismo, pero sin hacer el recorrido de la educación democrática, los yupis españoles se anotaron al PP sin perder la arrogancia de sermonear sobre cómo son las cosas. Y si bien el socialismo español logró el objetivo de insertar a España en Europa, sacar de circulación las viejas pesetas y consolidar un estilo de vida irrestricto, la economía siguió basándose en los cuarenta y tantos millones de turistas que cada año llegan al país. Los altos cargos que sus principales dirigentes consiguieron en Europa torcieron el camino común que la comunidad de la lengua podría haber reservado a España hacia finales del Siglo XX. Ninguna iniciativa importante favorable a América Latina consiguió introducir en las estructuras de la Comunidad Europea, y ninguna transferencia importante consiguió hacer de Europa hacia América Latina.

O España revisa su rol ante una comunidad que pudo haber florecido doscientos años atrás o esta brecha, entre uno de los países que parece ir a remolque de las tres economías más fuertes de Europa, se profundizará hasta hacerla insalvable; porque ni la lengua, ni la literatura, ni el cine, per se, estarán en condiciones de proporcionar bienestar y progreso a nuestros pueblos. Eso sí, América Latina debe mantenerse generosa, como históricamente lo ha sido, en acoger a todos quienes quieran iniciar una nueva vida, sobre todo a los jóvenes, a quienes la crisis golpea con más crueldad, con cerca de un 60% de desempleo.

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