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UNA “DEL OESTE” Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 25 ago. 2013 15:11 por Semanario Voces
 

Buena parte de la carga poética de las películas “del oeste” radica en que pintan un mundo en transición; más precisamente, la disolución de una forma de vida y el nacimiento de otra. Así, en la obra de Sam Peckimpah, por dar un ejemplo muy significativo, la sociedad del “salvaje oeste”, compuesta por cazadores, exploradores, indios más o menos “civilizados”, buscadores de oro, pistoleros, traficantes, cantineros y prostitutas de vuelo corto, es desplazada, a menudo con violencia, por la expansión territorial del pujante capitalismo estadounidense, cuyos abanderados son el ferrocarril, el telégrafo, los bancos y la ganadería en gran escala, resguardados por fuerzas policiales organizadas y tecnificadas. Lo poético del asunto es que ese mundo primitivo del “salvaje oeste” se resiste a morir, y enfrenta a la “moderna” aplanadora del “progreso” con una rebeldía romántica, hecha de coraje, revólveres “colt”, asaltos a bancos o a ferrocarriles y huidas a caballo por una pradera cada vez menos desierta y menos libre, una rebeldía tanto más romántica cuanta menos esperanza tiene de triunfar y de sobrevivir.   

En el fondo, es una historia muy similar a la que ocurrió en nuestro campo, sólo que  nuestros gauchos, matreros y pulperos no han tenido un Sam Peckimpah ni una industria de Hollywood que los inmortalizara en imágenes. Es más, Artigas, en su época de blandengue, habría podido ser un excelente personaje de Peckimpah, no el héroe, pero sí el pistolero que se “adapta” a la nueva realidad y se vuelve “sherif”.

Es muy probable que con el fenómeno de las “drogas” hasta ahora ilegales esté ocurriendo algo parecido a lo que pasó en el Oeste de los Estados Unidos o en el Norte de nuestra propia Banda Oriental.

Hay razones para pensar que el mundo cinematográfico de narcotraficantes con trajes italianos y camisas de seda abiertas hasta el ombligo, con pulseras de oro macizo y rodeados de guardaespaldas y ametralladoras, ese mundo, que es el mismo del pequeño traficante “plancha” que transa en una esquina o en un baño, el de las bocas de venta, el del consumo y el cultivo a escondidas, las coimas policiales, los ajustes de cuentas con un balazo en la nuca, el de los grandes plantíos “clandestinos” centroamericanos, ese mundo, que simbolizó como nadie Pablo Escobar, es un mundo que “ya fue”, aunque todavía no lo sepamos.

La razón es que ese mundo subterráneo ha manejado durante demasiado tiempo un negocio demasiado grande: el del cultivo y la comercialización de estupefacientes.

Seamos lógicos. El capitalismo es un sistema práctico. Hasta ahora es el sistema económico que ha mostrado mayor capacidad de adaptación y de supervivencia. Su lógica de la ganancia y del rendimiento lleva a que los dueños del capital compitan casi inexorablemente entre sí por los mercados existentes y por nuevos mercados que se puedan descubrir o inventar.

Pues, bien, el mercado de los estupefacientes está ahí desde hace años. Ha crecido de forma exponencial en los últimos tiempos y, por una errónea política prohibicionista, propiciada por moralistas, gángsters y policías corruptos, ha estado vedado al capital “legal”. Es decir, el capital que participa en la creación de las leyes, se adapta a ellas y las utiliza, el que sabe servirse del Estado liberal más o menos “por derecha”, no puede participar abiertamente en el mercado de los estupefacientes, que queda así en manos de unos capitalistas “de cuarta”, los “narcos”.

¿Hasta cuándo creíamos que se mantendría esa situación? ¿Durante cuánto tiempo el capital “serio y legal” toleraría estar excluido de un mercado y dejarle las ganancias inmensas de ese mercado a un montón de pistoleros de poca monta?

Cuando uno se entera de que personajes como George Soros, a través de oportunas fundaciones, están propiciando el cambio de políticas relativas a las drogas, cuando advierte que desde la OEA se recomienda reconsiderar esas políticas, es que algo está pasando. Algo que tiene que ver con la reorganización de los mercados, y no sólo –como ingenuamente puede creerse- con los derechos de los consumidores.

Todo lleva a pensar que, como en el antiguo “Far West”, un territorio, en este caso un mercado valioso, pasará de manos de aventureros y pistoleros a manos de “serias y legales” empresas sistémicas.

En el mundo, cada vez más, la tierra y los “agronegocios” son el objetivo de grandes empresas multinacionales, que desplazan a los tradicionales propietarios y a quienes ejercen el cultivo artesanal. ¿Por qué pensar que el cannabis, la amapola y otros productos de la tierra aptos para la producción de estupefacientes seguirían por siempre un destino diferente?

En ese contexto es que en el Uruguay estamos discutiendo la legalización del cultivo y la venta de marihuana. Una discusión incompleta, si no discutimos también sobre quién la cultivará y la comercializará.

Nadie confunda a este artículo con una defensa de la prohibición de la marihuana. Es todo lo contrario de eso. La prohibición es un camino muerto. Y ahora, desde que el cultivo parece ser en el mundo objetivo de poderosos intereses “lícitos”, es doblemente inviable.

Si no me equivoco, la despenalización del cultivo de marihuana, y después el de otras drogas, es inevitable (además de no merecer ser evitado). Durante un tiempo, defenderán la prohibición los intereses ligados a la represión y los que usan la represión para practicar el espionaje, pero todo indica que pronto quedarán solos, porque el atractivo de legalizar el nuevo mercado será mucho más fuerte para los capitales poderosos del mundo

Por eso, discutir sobre la legalización es ya casi inútil. Lo que tal vez podríamos y deberíamos discutir es cómo vamos a llevarla a cabo.

¿Seremos la sociedad en la que los capitales lícitos interesados en el negocio de la marihuana realicen su primer experimento? ¿O legalizaremos la marihuana como una política social propia?

La decisión depende de quién vaya a producir la marihuana, de si el cultivo se pone por la ley a cargo de empresas privadas, tal como figura en el actual proyecto, o si  el Estado asumirá la producción, como había anunciado antes el Presidente.

Bien miradas, las posibilidades del tema son sorprendentes. Nos encontramos ante una realidad económica casi sin precedentes. Hay un área de producción sin dueños legítimos. A nadie habría que indemnizar para socializar o estatizar la producción y venta de marihuana. ¿Qué vamos a hacer, entonces? ¿Regalar ese mercado a capitales privados nacionales o internacionales, o socializarlo de entrada y sin costo?

El hecho de que, además, el producto en cuestión sea nocivo es una razón más para mantener su producción y venta fuera de la lógica mercantil de la empresa privada.

El tema desafía definiciones ideológicas de fondo de la izquierda uruguaya. ¿Seguimos siendo una fuerza cuestionadora del sistema capitalista, o somos sólo su cara simpática, el “sheriff bueno” que expulsa a Jessie James para abrirle camino a la compañía de ferrocarriles?

 

 

 

 

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