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UNA CUESTIÓN DE CARETAS Por Hugo A. Brown*

publicado a la‎(s)‎ 9 nov. 2011 5:50 por Semanario Voces
 

La máscara del conspirador inglés Guy Fawkes –tomada de V de vendetta, la película escrita por los hermanos Wachowski quienes, a su vez, se inspiraron en el comic de Alan Moore y David Lloyd—parece haberse transformado en el símbolo más visible de los “indignados” quienes, en algunos países se identifican también como “el 99 por ciento”. Y parece que ha tenido un éxito arrollador, ¡y creciente!

La simbología es muy clara en la película: el guerrillero urbano conocido como “V” lucha contra un estado policial fascista (aunque la lucha del Guy Fawkes original, a principios del siglo XVII, haya sido por motivos religiosos), empeñado en controlar todas las actividades de sus habitantes.

Y es apropiada la elección del símbolo porque, a principios del siglo XXI, el enemigo también es un estado totalitario, por más que mande a la lucha a diversos personeros que --¡oh, sorpresa!—también portan máscaras.

Se puede argumentar que no son estados totalitarios. Son democracias. Sus policías apalean (Roma) y apresan a centenares de manifestantes (Londres, Nueva York, Madrid, Santiago de Chile) en nombre de la democracia, de “nuestro” estilo de vida, y de los valores occidentales.

Excedería en mucho el espacio dedicado a este trabajo que nos pusiéramos a enumerar las contradicciones aparentemente insolubles que enfrenta el ser humano. Pero una de las más obvias e invasivas es la que nos espetan a diario los aparatos de televisión  y otros medios de comunicación que cubren las actividades de los funcionarios de gobierno: la incompatibilidad antagónica entre el discurso político y la realidad económica.

El primero habla de repartir: todos tenemos derechos, van a crear muchos empleos, por cada ciudadano un voto, educación y salud para todos, etc.

La segunda muestra, a veces de manera ofensiva, una creciente concentración de la riqueza, los recursos y la influencia política real: las personas y las empresas compran autoridades (de manera legal, puesto que les financian sus campañas), el aparato productivo se vale gratuitamente del medio ambiente en detrimento de quienes dependen de él para sobrevivir, las leyes impositivas se crean en beneficio de aquellos que han sido bautizados recientemente como “el uno por ciento” (aunque una proporción más precisa sería el uno por millón).

Esta contradicción pudo mantenerse medianamente gracias al manejo amañado de algunos argumentos que se tuvieron en pie mientras la economía especulativa creada por el modelo neoliberal siguiera creciendo. Mientras existieran nuevos ricos que sirvieran como propagandistas del sistema, su verdadera naturaleza concentradora, acaparadora y destructora de los entornos naturales podía quedar disimulada para todos aquellos que no tuvieran ganas de mirar demasiado atentamente.

Y de esos había muchos, de manera especial en los países que se beneficiaban más directamente del modelo.

Los países altamente industrializados, por supuesto, con Estados Unidos de América a la cabeza.

Los medios masivos, cuya propiedad se ha ido concentrando cada vez más en las últimas décadas, fueron uniformando sus contenidos de tal modo que la realidad no sólo aparecía como altamente satisfactoria, sino que se presentaba como la única opción viable para la satisfacción de las necesidades de una población en rápido aumento.

Cualquier alternativa iba a conducir al desastre.

La implosión de la Unión Soviética vino a actuar como prueba irrefutable de que los otros modelos no servían.

Este modelo, que actuaba como un partido único económico, fue maquillado por los partidos políticos democráticos, que crearon diferencias mínimas (dedicar dos pesos más a educación en el presupuesto, alardear o no de proteger los derechos humanos y/o sindicales, crear o no un ministerio del Medio Ambiente) para escenificar homéricas polémicas y ocultar su férrea coincidencia en el asunto de fondo: el modelo neoliberal.

Desde tiempo antes de la crisis económica de 2007/8 ya habían empezado a aparecer fisuras en este libreto idílico.  Por una parte, a través de numerosos episodios se fue comprobando que los gobiernos mentían de manera descarada con tal de mantener su estructura de poder, en la cual los negocios ocupaban un lugar importante, y el bienestar ciudadano constituía una preocupación siempre decreciente.

Las supuestas armas de destrucción masiva que sirvieron como pretexto para la invasión de Iraq fueron un caso particularmente claro.

La quiebra de la empresa norteamericana Enron –con fuertes vinculaciones con el gobierno de Bush Jr.—fue otro.

La estafa descomunal (cerca de 50 mil millones de dólares) ingeniada por Bernie Madoff siguió mostrando la naturaleza altamente insana de la estructura, y se erigía en imagen emblemática que, en la percepción de muchos ciudadanos consumidores de noticias, pasó a representar a todo un grupo de financieros que, después de haber provocado el colapso económico de una buena parte del mundo, se beneficiaban con el “rescate” de sus instituciones, y de las recompensas individuales ejemplificadas por los “bonos por productividad” con que las principales empresas premian a sus altos ejecutivos.

La quiebra de Lehman Brothers –que días antes de quebrar exportó una suma enorme de dinero a otro país— sirvió para que aquellos que apenas unos años antes habían sido tildados como “aficionados a teorías conspirativas” (¿fue realmente un avión lo que se estrelló contra el Pentágono el 11 de septiembre de 2001?)  empezaran a tener un público más amplio y atento.

Y tal vez el caso más emblemático y peligroso haya sido el escándalo de News Corporation, la empresa multimedia de Rupert Murdoch, que mostró a todos los consumidores de noticias del mundo que esos mismos medios informativos de los cuales dependían estaban corrompidos hasta la médula y, como parte de su funcionamiento, también corrompían gobiernos.

Estos eran los mismos medios que nos decían a voz en cuello que el líder libio (uno de los grandes villanos internacionales) se había refugiado en la Venezuela de Hugo Chávez (otro), aunque luego tuvieran que desmentirlo.

No solamente se desmoronaban las imágenes de los líderes políticos, sino también las de sus propagandistas, que hasta entonces gozaban de cierto grado de credibilidad.

Ante este cúmulo de situaciones, no extraña que ya haya más gente que examina más atentamente el funcionamiento de sus gobernantes y grupos privilegiados. La aparición de los “indignados” y los OWS (Occupy Wall Street) constituye un indicio de ello. Si estos grupos han alcanzado o no la masa crítica necesaria para provocar cambios políticos de trascendencia no está claro todavía.  Pero el empleo de caretas de “V” parece ir en aumento.

 

*Fundación et al.

 

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