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UNA EDUCACIÓN PARA EL SUICIDIO Por Hoenir Sarthou

publicado a la‎(s)‎ 22 nov. 2012 7:57 por Semanario Voces
 

 

El pasado martes 20 se celebró el “día del niño”, rebautizado como “día de los derechos de los niños”. Se ha establecido esa fecha porque un 20 de noviembre, de 1959, se aprobó en Naciones Unidas la Declaración de Derechos del Niño. Aunque esa declaración fue modificada en 1989 por la “Convención de Derechos del Niño”, la fecha de conmemoración se ha mantenido.

Este año, la celebración instaurada por la ONU ha dado lugar, en todo el mundo, a ditirámbicas declaraciones sobre los derechos de los niños, en las que personas e instituciones parecen competir para demostrar quién es verbalmente más generoso.

Pero, como suele ocurrir con las cosas de la ONU, una cosa son las declaraciones y otra muy distinta la realidad.

Al mismo tiempo que jerarcas e instituciones de todo el mundo hacían gárgaras con los derechos de los niños, en Gaza, Palestina, la población civil –compuesta en buena medida por niños- era indiscriminadamente bombardeada y atacada por uno de los ejércitos mejor armados del mundo, el de Israel. 

Probablemente, si Hamas dispusiera de armas similares a las de Israel, una mortandad similar se produciría de los dos lados (de hecho, Israel también ha recibido diariamente cantidad de disparos de misil). Pero la realidad es que, quizá por las diferencias de armamento, las muertes de niños, mujeres y civiles se producen abrumadoramente del lado palestino. Al punto que uno se pregunta por qué las Naciones Unidas, tan preocupadas por los derechos de los niños y tan proclives a enviar “cascos azules” a los territorios en conflicto, en este caso se limita a lamentarse y a hacer débiles y frustrados llamados a la paz.

Claro, detrás de Israel está el apoyo de los EEUU, que (¡oh, casualidad!) es uno de los poquísimos países, son sólo dos o tres en el mundo,  que no han ratificado la Convención de Derechos del Niño, al parecer porque no está dispuesto a modificar sus políticas de minoridad, que, por ejemplo, incluyen el juzgamiento como adultos y las condenas a cadena perpetua para los  menores de edad.  

Más allá de esta digresión, sobre la relatividad y desigualdad del sistema jurídico internacional, la celebración de los derechos de los niños plantea otro problema inquietante.

El “discurso de los derechos”, que campea en casi todos los ámbitos de la vida social, ha llegado también al de la niñez. Así, los derechos de los “niños, niñas y adolescentes” han ingresado  a los programas de enseñanza, son tema de espectáculos infantiles y se han convertido casi en el único mensaje que el mundo adulto envía a los niños: “sos un niño, tenés derechos”.

El “discurso de los derechos” se caracteriza por traducir todas las relaciones sociales en términos de “derechos”.  “Derechos humanos”, “derecho a la no discriminación”, “derecho a la igualdad de géneros”, “derecho a la igualdad racial”,  “derechos económicos y sociales”, “derecho a la diferencia”, “derechos culturales”, “derechos de la naturaleza”… la lista es infinita.

Además de infinita, la lista es innecesaria. Porque, a poco que se mire, la mayor parte de esos derechos (salvo los de la naturaleza, que plantean otros problemas) se reducen a dos viejísimos derechos fundamentales: el derecho a la libertad y el derecho a la igualdad.  Siempre insuficientemente cumplidos. Y que no se cumplirán más porque se los diversifique y se les cambie el nombre.

El discurso de los derechos pasa por alto muchas cosas. Tal vez la más importante sea que ninguna relación humana puede fundarse exclusivamente en derechos. Un club de fútbol, una pareja, una sociedad comercial, un grupo de amigos, un país, no subsisten si cada uno de sus integrantes ingresa a la relación exclusivamente para recibir y hacer valer sus derechos. Los derechos son necesarios para que el colectivo no aplaste a la persona. Pero el colectivo necesita, de cada uno de sus integrantes, un aporte de obligaciones, de deberes, de sacrificios y de participación que son los que hacen posible su existencia.  La supervivencia de cualquier colectivo depende de las obligaciones que sus integrantes están dispuestos a asumir y de los aportes que están dispuestos a dar.

Desde el punto de vista social, centrar el mensaje educativo dirigido a los niños exclusivamente en sus derechos es sencillamente suicida. Porque, en lugar de formar ciudadanos conscientes de su obligación republicana de aportar a, y participar en, la sociedad, estaremos formando acreedores egoístas, sólo interesados en lo que la sociedad debe reconocerles y darles.

Las consecuencias futuras de esta concepción de la niñez y de los derechos pueden ser muy lamentables para la sociedad uruguaya en su conjunto.

Estamos a tiempo todavía. Pero es necesario repensar el tema     

 

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